Editorial
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Diálogo en Portugal

El conservador Marcelo Rebelo de Sousa tendrá que cohabitar con un gobierno de izquierdas

Marcelo Rebelo de Sousa saluda a sus seguidores tras conocer su victoria en las presidenciales.
Marcelo Rebelo de Sousa saluda a sus seguidores tras conocer su victoria en las presidenciales.FRANCISCO LEONG / AFP

La victoria del conservador Marcelo Rebelo de Sousa en las elecciones presidenciales celebradas en Portugal el pasado domingo coloca al país vecino en la necesidad de un entendimiento para garantizar la gobernabilidad y estabilidad entre la nueva Jefatura del Estado —con pocos poderes, pero importantes— y un Ejecutivo formado por una coalición de izquierdas.

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La cohabitación es vista en Portugal de forma más natural que en otros lugares (ya la ha habido en el pasado). Incluso en la delicada situación en la que se encuentra el país, con el choque entre las condiciones del rescate impuesto por la UE y el programa de los socios con los que el socialista António Costa llegó al poder en noviembre mediante una moción de censura, el nuevo presidente podría actuar de intermediario. Todo depende del grado de enfrentamiento al que se llegue. Resulta innecesario afirmar que el panorama político y económico portugués no es el español, pero en todo caso conviene tomar nota de las actitudes y los modos de los dirigentes políticos y de la sociedad portuguesas.

En una actitud digna de elogio, Rebelo ha basado su campaña —y se ha apresurado a reiterarlo— en el diálogo y el arbitraje para fomentar y la estabilidad del sistema. Un sistema que, a diferencia de Grecia, por ejemplo, ha sobrevivido a la embestida de la brutal crisis económica, lo que ha significado que la sociedad portuguesa siga confiando en sus instituciones. Portugal renueva así su Jefatura del Estado sin estridencias, con un conservador mediático que ha hecho una campaña electoral basada en la sencillez, en la que no ha prometido soluciones drásticas y rápidas sino unión y diálogo.

A pesar de las grandes dificultades que todavía quedan por delante, los portugueses —por cierto, con la habitual elevada abstención— han enviado un mensaje de estabilidad y pacto a sus políticos.

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