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“Mi Nepal. Antes y después del temblor”

Este es un capítulo del libro 'Cuando Nepal tembló. Relatos de supervivencia'. Lo que se obtenga de su venta se destinará a ayudar a los damnificados por el terremoto de 2015

Cristina Po, voluntaria de una ONG, junto con otros cooperantes.
Cristina Po, voluntaria de una ONG, junto con otros cooperantes.

Llevo 20 días en Nepal. Poco tiempo, la verdad, aunque me da la sensación de que no me fui nunca, de que los últimos tres meses no llegaron a pasar. Están tan lejanos... Sin embargo, la vida antes del terremoto parece que transcurriera ayer. Es asombroso lo rápido que se adapta el ser humano a la realidad que le toca vivir en cada momento.

He vuelto a Bhaktapur porque lo considero mi segundo hogar y porque me parecía impensable dejar atrás a los nepalíes y olvidarlos. Si ya experimenté un sentimiento de culpa inmenso por marcharme, no me quiero ni imaginar si no hubiese vuelto.

El 25 de abril de 2015 yo llevaba seis meses de voluntaria en la maravillosa e histórica ciudad de Bhaktapur, a 14 kilómetros de Katmandú. Colaboraba con la ONG Círculo de Cooperación ayudando en la gestión y funcionamiento de una pequeña escuela, la Saraswati English School. Buscábamos mejorar la calidad de la educación en la escuela y crear un proyecto sostenible, intentando aumentar nuestro número de alumnos con recursos para así poder dar becas a niños que no los tuvieran.

Tenía mi trabajo, mi casa, mis amigos, mi comunidad de vecinos... En fin, había creado allí una vida que me encantaba. Y entonces sucedió el terremoto. Dos días después, mi compañera Ruth y yo nos fuimos a España en el avión fletado por el Gobierno, para sacar ayuda de donde fuese y para concienciar a la gente sobre la catástrofe que había sucedido.

Me sentí tremendamente culpable en el momento en que tomé la decisión de marcharme. Había ido de voluntaria y ahora, en el momento en que más ayuda necesitaban, ¿me iba? Pero hablé con el presidente de la ONG y me di cuenta de que por mucho que me doliese y me quisiera quedar, seguramente iba a ser un estorbo más que una ayuda. No era médico, ni tenía idea sobre construcción. Me comería su comida, me bebería su agua, y si me ponía enferma sería su responsabilidad. Había estudiado marketing, y sería de más ayuda desde España.

'Cuando Nepal tembló'

“Mi Nepal. Antes y después del temblor”

Lo que se recaude por las ventas del libro Cuando Nepal tembló. Relatos de supervivencia, editado por Kolima Books, se destinará a ayudar a las víctimas del terremoto que asoló este país, que ya era pobre antes, y cuanto más. después del 25 de abril de 2015, día en el que tembló la tierra. 

Editorial Kolima.

Precio: entre 9,99 y 18 euros.

Número de páginas: 238.

Y eso hice. Junto a Ruth, madrileña y guerrera, amiga y compañera con la que viví el terremoto, nos pusimos manos a la obra desde el momento en que aterrizamos en el aeropuerto de Torrejón. Charlas, actos en colegios, función benéfica en el Teatro Lara, conciertos, escritos, correos electrónicos, contactos… entrevistas en varias radios y en una televisión. Seguíamos trabajando con la misma ONG con la que yo había estado colaborando, Círculo de Cooperación. El presidente y uno de los coordinadores seguían en Katmandú, lo que facilitaba mucho el trabajo. Y todos los días hablaba con alguno de mis amigos. Cada vez que veía a alguien conectado a Facebook le bombardeaba con preguntas.

Nuestra ONG se asoció con un grupo local llamado Earthquake Action Bhaktapur, y más tarde con una ONG nepalí, Youth Action Nepal, que había conseguido movilizar a 500 voluntarios y que no sólo repartía ayuda de emergencia, sino que trabajaba en labores de reconstrucción, edificación de refugios temporales, campamentos motivacionales para la gente joven afectada y en la construcción de escuelas temporales. Canalizábamos los fondos a través de ellos y cada día veíamos cómo los proyectos iban avanzando, lo que nos daba más fuerza para empujar y concienciar a la gente.

Pensaba en Nepal y trabajaba para sacar fondos todas las horas posibles del día. Lo primero que hacía al despertarme era encender el portátil y lo último antes de dormir, apagarlo. Ayudar a Nepal y conseguir dinero se convirtió en una obsesión. No tenía interés en quedar con mis amigos ni perder el tiempo haciendo nada que no fuese trabajar. Tenía tantas ganas de volver... Se lo repetía a todo el mundo: "En mes y medio vuelvo". Al final, ese tiempo se duplicó, y menos mal. También necesitaba desconectar. Al cabo de seis semanas de estar en casa empecé a tranquilizarme y a dejar de sentirme tan responsable por todo.

Me sentí tremendamente culpable en el momento en que tomé la decisión de marcharme"

Otros pensamientos empezaron a rondarme la cabeza: ¿De verdad quería volver? ¿Qué iba a poder hacer allí? ¿Mis amigos querían que volviese? Empezaron a surgirme inseguridades varias… pero hablé con la ONG y quedamos en que volvería, trabajaría cinco meses y ya veríamos. En mi cabeza ya empezaba a hacer planes post-Nepal. No me iba a quedar atada a un país. Iría, ayudaría en lo que pudiese y me iría a trabajar a otro lugar. A Italia, a Lisboa, al Caribe… ¡Inocente de mí! Fue aterrizar en Nepal y saber que de allí no me iba a ir tan fácilmente.

A principios de julio compré mis billetes. El 31 salía de Madrid y el 1 de agosto aterrizaba en Katmandú. Mi amigo Ángel vino a recogerme al aeropuerto. Sabía que me iba a hacer ilusión verle, pero no me imaginaba cuánta. Solté las maletas y me abalancé sobre él. Ese día no dejé de sonreír en ningún momento. Leo los mensajes que mandé a mi familia y a mis amigos durante el terremoto y los encuentro tan dramáticos que parecen de una película. ¿De verdad escribí eso? ¿De verdad pasé tanto miedo? He contado la historia tantas veces en los últimos meses que parece que la he externalizado, y a base de repetirla sé perfectamente lo que sentí, lo que pensé, el miedo que pasé y, sin embargo, no me acuerdo de haberlo sentido ni de haberlo pensado. Está lejos y no tiene importancia. Pasó y punto. Ahora nos centramos en el presente y en el futuro.

Reconstrucción de una casa tras el terremoto.
Reconstrucción de una casa tras el terremoto.

¿Y qué ha sido de Nepal? Pues aquí sigue. Y al igual que yo, parece que la gente no quiere seguir pensando en lo que pasó, sino en el día a día y en cómo seguir sorteando problemas que ya existían antes, problemas de educación, de nutrición, de higiene, de agua, de electricidad, de protección del menor...

Al día siguiente volví al colegio y cuando los niños se abalanzaron sobre mí, cualquier temor que pudiera tener desapareció. Tras unas horas fue como si nunca me hubiese ido. Había unos diez niños más en la escuela, lo que me motivó muchísimo. Nuestra meta todo el año anterior había sido conseguir aumentar el número de estudiantes, y había resultado.

Lo que me encontré a mi vuelta me encantó. El terremoto no había deprimido a las profesoras ni lo habían usado como excusa para aflojar y lamentarse. Al contrario. Todo el mundo parecía mucho más proactivo, motivado y fuerte. Las profesoras se implicaban más, la directora se había convertido en líder y los niños avanzaban rápido. «Parece que ahora tienen más ganas de aprender» me decía una de las docentes. Me sentí extremadamente orgullosa de ellas.

Los primeros días los pasé readaptándome, en el colegio por las mañanas, y por las tardes subiendo a las colinas con mis amigos en moto, bebiendo chang (cerveza de arroz) y observando la puesta del sol sobre el valle de Katmandú. El paisaje está precioso por el monzón. No se ve el Himalaya, pero los campos y las colinas son de un verde intensísimo, y cuando la luna asoma entre las nubes por la noche, es de un brillante espectacular. Tengo suerte de estar en un país muy bello.

Me da la sensación de que en Nepal tu mente está tranquila. Empiezas tu día con el ajetreo de los vecinos y cuando te vas a dormir lo cierras. Por mucho caos que haya, no siento estrés nunca ni me llevo las preocupaciones a la cama. He aprendido que en este país las cosas al final siempre salen. Todo a su debido tiempo. No merece la pena agobiarse.

Estoy sentada en la plaza Durbar, la plaza del palacio de Bhaktapur, dándome el capricho de venir a una pensión a comer algo mientras trabajo con el portátil. Hoy no ha llovido, hace un día precioso y me puedo sentar afuera. Me han servido un sándwich club digno del VIPS y me está sabiendo a gloria después de un mes a base de arroz, lentejas y fideos con verduras.

Un grupo de chicas con tacones se pasea por la plaza. Siempre me pregunto cómo pueden ser capaces de andar por este suelo medieval con esos zapatos. Los grupos de chicos dan vueltas con sus motos y las parejitas cuchichean sentadas en los porches y en las escaleras de los templos. Los ancianos se reúnen en corros, con sus calzas y sus sombreros típicos, apoyados en bastones de a saber qué año, y las mujeres pasean con sus niños y nietos, vestidas en coloridos saris. Y todo esto bajo la atenta mirada de los dioses hindúes que habitan en los templos centenarios de la plaza. ¿Quién diría que hace tres meses se derrumbó el mundo?

Cristina da instrucciones.
Cristina da instrucciones.

Pero sí, hace tres meses el mundo sí se derrumbó, y como es lógico, todavía se nota. Hay grupos enteros de casas destruidas en Bhaktapur, y tiendas de campaña y refugios temporales por todas partes. Miles de colegios aniquilados en el valle de Katmandú y familias que no saben cuándo podrán reconstruir sus casas. El Gobierno dará préstamos a las familias para que reconstruyan su hogar, pero, ¿y esa gente que no tiene dinero para devolver el préstamo? En el campo quizá sea más fácil. Reconstruirán con los recursos naturales con los que han construido desde hace años. Tienen sus cosechas, su ganado... ¿Pero en las ciudades? Los negocios, los sueños, los proyectos de futuro, se desvanecieron en medio minuto. Eso no quita que en las zonas rurales la gente también haya sufrido. El terremoto y las lluvias desencadenaron grandes corrimientos de tierra que se llevaron por delante pueblos y cosechas. El apoyo de las ONG y de los grupos de ayuda locales va a ser necesario durante mucho tiempo para que todo vuelva a la normalidad.

El otro día le pregunté a una de las profesoras cómo se sentía. "Mi vida ha vuelto a la normalidad, he vuelto a mi rutina. Pero cuando veo los escombros y los hogares destruidos siento a la muerte dentro de mí. Murió tanta gente… La ciudad era Patrimonio de la Unesco y un segundo después no era más que un desastre de ladrillos y maderas. Pero ya teníamos problemas en Nepal, y este es uno más. Qué le vamos a hacer". Y sí, esa parece la opción de muchos: no mirar atrás, sino adelante.

Y eso he notado estos últimos días, con las celebraciones del Gai Jatra, el festival de la vaca que conmemora a los fallecidos del año. Dicta la tradición que cada familia que haya sufrido la muerte de algún pariente, debe salir en procesión con una vaca por las calles de Katmandú, adorando a Yamaraj, el dios de la muerte. Sin embargo, la tradición ha ido cambiando poco a poco y el festival se ha ido transformando hasta convertirse en un carnaval.

Templo Bhimsen, en Bhaktapur.
Templo Bhimsen, en Bhaktapur.

Me encanta la forma en la que se celebra este festival que permite a la gente aceptar la realidad de la muerte, que ayuda a calmar el dolor y la pena, aunque sea un poco. Al ver a tanta gente en la misma situación, aquel que ha perdido a un ser querido sabe que no está solo en su desgracia.

Todavía no he ido a la plaza Durbar en Katmandú, ni a la estupa de Boudhanath, ni a Changu Narayan. Muchos de los sitios turísticos no los he visto todavía, pero he hablado con turistas que no los conocían antes del terremoto y les siguen pareciendo preciosos y espectaculares. Nepal es un país que vive del turismo, y el seísmo obviamente ha afectado en gran medida a este sector, pero es un país tan maravilloso y con tantísimo que ofrecer que no me cabe la menor duda de que pronto el viajero aventurero con sed de lo nuevo y misterioso volverá. Nepal es demasiado especial para perdérselo.

Muchos monumentos históricos han sido afectados, pero no todos. Y aquellos que sí están afectados se están reconstruyendo y siguen siendo bellos. Cuando llegué de regreso a Bhaktapur aún llovía todos los días. Había barro y escombros por todas partes, y cuando te salías de las calles principales veías el efecto destructor del temblor. Pero a las dos semanas, los escombros de las calles principales ya no estaban. Y ya está empezando a salir el sol. Se acerca el final del monzón y Bhaktapur volverá a brillar. La ciudad de ladrillo, de los templos en cada esquina, de ancianas en trajes típicos newari vendiendo cebollas y tomates, pesándolos en pesas de por lo menos cincuenta años. Cabritillos corriendo por las calles, pastores de patos, niñas vestidas con sus uniformes blancos cuchicheando mientras caminan hacia el cole y los adolescentes les toman el pelo. Mujeres cargando con fardos de hierba más grandes que ellas mismas. Ancianos fumando en las esquinas y observando el mundo pasar. Te saludan: "¡Námaste, Námaste!", y sonríen, enseñándote una gran cantidad de huecos en sus dentaduras.

Y el atardecer, con esos porches en tantas esquinas, con lamparillas de aceite y diez hombres cantando y tocando los instrumentos tradicionales. Y luego la noche, la oscuridad, el silencio y esa luna. Aunque no llueva, se ven relámpagos lejanos en las montañas que iluminan el cielo durante unos segundos, y justo entonces ves volar por encima de tu cabeza una lechuza blanquísima, y ya sabes quién emite los chillidos que escuchas entre sueños. Bhaktapur te transporta a otro mundo, a una ciudad medieval donde parece que no pasa el tiempo. Pero de repente pasa por delante una Yamaha R15, con luces de neón y tres chavales subidos a ella, vestidos a la última y cantando música de Kanye West, y no puedes evitar reírte.

Mucha gente me ha dicho que tengo mucho valor por dejarlo todo y volver a Nepal. Pero sinceramente, no lo veo como si dejara atrás mi vida, sino como si regresara a otra vida paralela. Estoy volviendo a un segundo hogar, volviendo a mis amigos, a mis niños, a mi tipo de vida allí.

Me imagino quedándome en Nepal mucho tiempo y, por supuesto, trabajando en la cooperación. El trabajo ha aumentado debido al terremoto, pero como ya he dicho, los problemas ya existían antes, y uno de los más sangrantes, y que ha aumentado tras el terremoto, es el tráfico de niños.

Por eso, a cualquier persona que esté leyendo estas líneas y que tenga intención de aportar algo al desarrollo de Nepal, le recomiendo que investigue, lea y relea. Es muy importante entender dónde acabará su ayuda y el impacto que tendrá. Muchas veces queremos ayudar y al no saber cómo, hacemos más daño que otra cosa.

También os animo a que vuestras próximas vacaciones las paséis en Nepal. A pesar del terremoto, hay cientos de parajes bellísimos, templos, monasterios y rutas de senderismo que os marcarán de por vida. Y la esencia sigue aquí, una esencia centenaria que transmite la población a través de su cultura, su religión, sus festivales, su comida, y lo más importante, a través de conversaciones maravillosas en torno a una taza de té.

Yo por mi parte seguiré en Nepal un tiempo, no sé cuánto, pero me imagino que bastante. Mi cabeza no para de darle vueltas a nuevos proyectos e ideas futuras. Todavía no he saciado mi sed de Nepal.