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Sin perdón

Para explicar todo lo que no podré perdonar jamás a los últimos Ayuntamientos de mi ciudad, necesitaría 10 columnas como ésta

El ridículo olímpico, por duplicado. El dinero que costó. El bochorno que nos deparó la alocución en inglés de la alcaldesa. La connivencia municipal en la privatización del Canal de Isabel II, el agua que bebemos todos. Un campo de golf en el centro del distrito de Chamberí. La resurrección forzosa de cofradías varias y desconocidas, hasta lograr que en la ciudad salieran más procesiones que cuando Franco estaba vivo. El exorbitante precio del traslado del Ayuntamiento al Palacio de Comunicaciones. La responsable indolencia con la que se consintió que se cerraran cines y teatros que habrían merecido protección. Los sensores de contaminación instalados en el parque del Oeste y en El Retiro para que nunca saltaran las alarmas. La inhibición del poder municipal en una huelga de limpieza provocada por el ERE salvaje que pretendían hacer unas concesionarias que cobraban contratas millonarias tras la privatización del servicio. La irresponsabilidad que provocó una tragedia en el Madrid Arena. Los recortes sistemáticos en servicios públicos para pagar los intereses de los bancos con los que se endeudó, hasta las cejas, Alberto Ruiz-Gallardón, especialista en promover obras públicas con sobrecoste garantizado. Los sueldos blindados de altos cargos y consejeros escogidos a dedo. El dinero del que, aquí y allá, no se ha vuelto a saber nada. Nací, vivo, trabajo, pago impuestos y he criado a mis hijos en Madrid, igual que hicieron mis padres, y mis abuelos antes que ellos. Para explicar todo lo que no podré perdonar jamás a los últimos Ayuntamientos de mi ciudad, necesitaría 10 columnas como ésta. Seguramente, la marquesa de Casafuerte lo sabe, y por eso escribe esas tonterías sobre la túnica del rey Gaspar.

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