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La viagra y el bótox

Patético signo adicional de los tiempos: el campeón mundial resultante de la fusión entre Pfizer y Allegran fija su sede en Dublín

Logotipo de Allergan en uan pantalla en Wall Street.
Logotipo de Allergan en uan pantalla en Wall Street. AP

Ridículos signos de los tiempos, no son conocidos como los gigantes de los anticancerígenos o el antisida, sino como los campeones de la turgencia sexual y la tersura dérmica: son los fabricantes del viagra (Pfizer) y del bótox (Allegran), fusionados para crear la primera farmacéutica del mundo. Patético signo adicional de los tiempos, el campeón mundial resultante fija su sede en Dublín. Para escarnio de los partidarios de pagar impuestos, la causa de esa relocalización es fiscal: pagará el 12,15% por impuesto de sociedades, en lugar del 35% en EE UU.

Cuando un gigante de un valor de hasta 272.000 millones de euros (casi un tercio del presupuesto español), con 110.000 empleados y que factura 60.000 millones al año, toma esa decisión, todos deberían temblar. Y tiemblan. El establishment norteamericano, unánime. Desde el ultra Donald Trump (“nuestros políticos deberían estar avergonzados”) hasta el presidente Barack Obama (la operación es “antipatriótica”) y la candidata Hillary Clinton (“hay que actuar contra las inversiones que corroen nuestro sistema fiscal”), todos se alarman. Aleluya. Quizá de este enfado resulte una aceleración de la estrategia contra la “elusión fiscal” iniciada por la OCDE al amparo del G-20, y que ha impulsado las multas de la Comisión Europea por los manejos de la Fiat y Starbucks.

El escapismo fiscal a Irlanda es sangrante. Beneficiaria del multimillonario rescate (67.500 millones en 2010) de la Unión Europea tras su dolosa quiebra bancaria, se negó no ya a armonizar sus impuestos con el resto, sino siquiera a acercarlos a la media (próxima al 28%). ¿Por qué los socios/acreedores aceptaron ayudar sin ningún gesto a cambio? Hoy sigue siendo un misterio. Quizá por el sacrosanto y estúpido respeto a la soberanía impositiva. Lo mismo que impidió que en 1990 no se acompañara la libre circulación de capitales de una armonización de los tipos impositivos.

Todo esto no es una broma: provoca un efecto de “desviación de comercio” artificial. Peor: de desviación de inversiones, por causas regulatorias y no reales. Y una competencia fiscal bajista que erosiona la recaudación necesaria para financiar al Estado de bienestar. Un doble efecto que perjudica a muchos. Qué bien que Trump y Obama y Clinton se enfaden. Estamos menos solos.

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