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Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Bravo-Two-Zero Formentera

Jacinto Antón
Marlon Brando en Dos seductores observa a una gaviota, mientras se pregunta cómo puede ser que se durmiera en una obra de Tennessee Williams y se despertara ahí.
Marlon Brando en Dos seductores observa a una gaviota, mientras se pregunta cómo puede ser que se durmiera en una obra de Tennessee Williams y se despertara ahí.

Una melancolía infinita empapa el regreso de las vacaciones en Formentera, más aún si, como yo, has tenido que hacerlo con escala de unos días en un pueblo tradicional de veraneo muy carca en la montaña: te hacen cortar el pelo, el bonito bronceado se te va cayendo chapuzón a chapuzón con el cloro de la piscina, vuelves a tener marca de bañador, pretenden que juegues al dominó o a las cartas... Un poco más y hasta voy a misa, de aburrimiento.

He sido feliz como nunca en la pequeña isla balear, como nunca y como cada año desde hace 25, que es el tiempo que llevo yendo a sentar mis reales en el reducido paraíso comprendido entre Sa Plageta y el chiringuito Pelayo, frente a los que el cielo y el mar se alían en un azul incomprensible del que brota, parafraseando a Lawrence de Arabia –en otro contexto arenoso– una dicha impenetrable. Vivo esas semanas estivales una gran aventura, para la que me equipo concienzudamente.

Me infiltro en el edén con el espíritu de un comando, verdadero Bravo-Two-Zero en Formentera. Como el célebre equipo de operaciones especiales del SAS británico desplegado tras la líneas iraquís en enero de 1991 durante la Guerra del Golfo, busco mimetizarme y ser uno con el terreno y el spirit of the place, sorteando esa otra Formentera espuria, muy chic, a la que soy tan (obviamente) ajeno y a la que trato de esquivar como los condecorados Ryan y McNab a las patrullas enemigas. Como un fantasma en bici evito las columnas de italianos en velomotores, las playas atestadas de famosos, a Paris Hilton y Vanessa Incontrada, los chiringuitos de moda con sus cuentas que de tan disparatadas devienen noticia (Juan & Andrea & Arsenio Lupin). Deambulo por la otra Formentera, la de las playas semivacías en las que medran viejos hippies de verdad, el hombre de una sola pierna, Vincent y su balandro, y el cormorán que se deja retratar; la de las hierbas con hielo en manteles de hule, la de los caminos solitarios entre pinares y sabinas que se abren al amor, los campos en los que duermen las cabras bajo la sombra de las higueras ante la mirada penetrante de los alcavaranes.

Si los chicos del SAS vestían sus uniformes DPM (disruptive pattern material, camuflaje, vamos), yo luzco unos vaqueros cortados que aún conservan el salitre de otros años, una vieja camiseta descolorida de la que se ha borrado ya casi la leyenda I love Formentera –además, me la pongo al revés–, baqueteadas abarcas, mi pequeño telescopio para observar a los chorlitejos junto al agua en Es Còdol Foradat, el viejo gorro adornado con plumas y con la cola de un lirón atropellado, los collares, las pulseras, el iPod cargado con Saint Germain, Gotan Project, Manolo Tena, Purcell, margaritas y mariachis; la máscara de bucear, las gafas de sol no polarizadas, la sombrilla terciada a la espalda cual espingarda, el pareo atado a la cintura como un bucanero y metido en él en vez de la daga un botellín de agua mineral. Si se añaden los tatuajes naturales de las múltiples rascadas en las rocas y en las caídas de la bicicleta –de las que nunca estás libre en los traicioneros senderos de Formentera– se completa la indumentaria básica.

De esa guisa iba a comprar el diario cada día a San Francesc –causando la natural alarma–, intentaba mi asalto postergado una y otra vez al agreste faro de Barbería, recorría arriba y abajo el Camí Vell de la Mola, deteniéndome a sonreír ante la ya casi desvanecida pintada Menos Lucía y más sexo, andaba por la pasarela del Vogamari, ebrio de luz, de pura vida y de recuerdos entrelazados. Fundiéndome con el alma de la isla, deviniendo progresivamente leyenda (“¡Papá, el indio de El llanero solitario!”). Y allí sigue mi yo de verdad mientras el otro trata, ay, aquí, de volver a la rutina, olvidar la felicidad y ponerse, otra vez, calcetines.

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Sobre la firma

Jacinto Antón
Redactor de Cultura, colabora con la Cadena Ser y es autor de dos libros que reúnen sus crónicas. Licenciado en Periodismo por la Autónoma de Barcelona y en Interpretación por el Institut del Teatre, trabajó en el Teatre Lliure. Primer Premio Nacional de Periodismo Cultural, protagonizó la serie de documentales de TVE 'El reportero de la historia'.

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