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No las veas solo: 14 películas de terror (sin derramar una gota de sangre)

Atormentar al espectador sin recurrir a la facilona explosión de vísceras es muy difícil. Estos filmes lo consiguen. Y dan mucho miedo

'Babadook' (2014), o cómo una madre y su hijo viven permanentemente atormentados.
'Babadook' (2014), o cómo una madre y su hijo viven permanentemente atormentados.

Al igual que el abrumador erotismo sin desnudos de Los fabulosos Baker boys (1989), o la extravagante acción de la saga Misión Imposible sin que Ethan Hunt mate a nadie, el cine de terror ha jugado retorcidamente con nuestro subconsciente sin llegar a mostrar violencia explícita. Ya sea por pretensiones artísticas grotescas, a menudo inspiradas por el expresionismo alemán, o para conseguir una calificación PG-13 (que permite adolescentes en la sala pero que decreta que no puede haber muertes en la pantalla), el director debe manipular con astucia la cámara para empujarnos a algo peor que el gore: nuestra imaginación. Estas películas lo demuestran.

The Ring (Gore Verbinski, 2001)
Naomi Watts ha cometido muchos errores en su carrera, pero pocas encarnan a la madre coraje como ella. The Ring es angustiosa por su sencillo pero efectivo recurso de que el espectador sabe perfectamente qué va a pasar, pero no sabe cuándo. Como todos los remakes americanos (la original es la japonesa El Círculo, 1998), es visualmente estilizado y está protagonizado por gente muy guapa. Como el público objetivo eran los adolescentes, la violencia se reducía a cuerpos secándose como una pasa.

El diablo sobre ruedas (Steven Spielberg, 1971)
Un terror tan cotidiano como gente picándose y jugándose la vida en la carretera acaba llevando a su protagonista al borde de la locura y al borde de un acantilado. La sencilla premisa esconde a un director, Steven Spielberg, que no se conformaba con utilizar la tensión, sino que disfrutaba creándola. Apostando por la deshumanización del conductor del camión sin rostro, recuerda incluso a La cabina (Antonio Mercero, 1972) en el tono y en la explotación de un escenario reconocible para cualquier espectador convertido en un agente hostil.

M, el vampiro de Düsseldorf (Fritz Lang, 1931)
El actor Peter Lorre puso su inquietante presencia física al servicio del caso real de un obseso sexual que mató a varios niños y que durante el juicio declaró haberse bebido su sangre, lo cual le otorgó el apodo que dio título a la película. El genial director Fritz Lang traiciona al espectador dándole al depredador una mirada asustada, que se torna amable cada vez que le compra chocolate a los niños. Ese inofensivo ritual acaba convirtiéndose en un estímulo ante al cual el espectador, como el perro de Paulov, reacciona asqueado.

El proyecto de la bruja de Blair (Eduardo Sánchez y Daniel Myrik, 1999)
Este fenómeno es díficil de creer si no lo viviste. El primer éxito del found footage (ficción que aparenta estar rodada por un videoaficionado) recaudó 4.000 veces su presupuesto, porque todo el mundo hablaba de ella y había que verla en grupo. Fue además una de las primeras campañas planteadas íntegramente por Internet, jugando con la idea de que efectivamente los hechos narrados son reales. El miedo a todo lo que no estás viendo, y el realismo de una cámara que no paraba de moverse la convirtieron en una experiencia eufórica que compensa un final abrupto. Sus dos secuelas, desganados intentos de explicar el origen mediante el terror convencional, sepultaron la carrera de sus dos directores, que llegaron a ser tratados como genios en 1999. Hoy poco se sabe de ellos.

Los sin nombre (Jaume Balagueró, 1999)
Una estructura clásica del thriller (madre de niña asesinada pide ayuda a investigador taciturno) encierra una de las resoluciones más perturbadoras que se recuerdan. La crónica negra española que traumatizó a toda una generación a través de ¿Quién sabe dónde? y Paco Lobatón es el vehículo para un ejercicio puro de atmósfera, algo en lo que el director catalán Jaume Balagueró tiene mucha visión (Rec, OT La película, Mientras duermes).

Aracnofobia (Frank Marshall, 1990)
Frank Marshall, productor de Indiana Jones, Regreso al futuro y Los Goonies, debutó como director con una película que es imposible ver sin revolverse en el sofá. Una marabunta de las arañas más peludas y vengativas de Venezuela siembra el pánico en un apacible pueblecito americano. Son pequeñas, rápidas y letales, y por tanto uno nunca está a salvo de que le salten a la cara. Una peli de serie B que apela a un miedo interior de todo ser humano: nada que tenga tantas patas puede ser de fiar.

Enterrado (Rodrigo Cortés, 2010)
Un hombre se despierta dentro de un ataúd con un teléfono móvil y una linterna. El público se queda encajado en sus butacas y contiene la respiración gracias a un montaje, una planificación y una iluminación que artesanalmente consiguen que parezca que efectivamente la película está rodada dentro de una caja. La imposibilidad de movimiento e incertidumbre resultan tan asfixiantes que hasta olvidamos que el enterrado tiene la hermosa cara de Ryan Reynolds.

Él (Luis Buñuel, 1953)
Un exiliado Buñuel dirigió en México la que era su película favorita de entre su filmografía. Un melodrama de pasión y celos capaz de convertir una lujosa mansión en una cárcel, y unos golpes de bastón en escalofríos para el espectador. El psicoanalista Jaques-Marie Lacan la proyectaba como formidable ejemplo de la construcción de la violencia doméstica, pero además es un vibrante ejercicio de atmósfera opresiva avivada por actos que el espectador nunca ve ni escucha en realidad.

La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956)
Sabemos que estos humanos clonados en réplicas alienígenas incapaces de sentir nada son una parábola de algo, aunque unos teóricos mantienen que representan el lavado de cerebro de los regímenes comunistas y otros mantienen que en realidad es una crítica a lo impasible que era Estados Unidos ante la persecución de comunistas por parte del senador McCarthy. Lo que sí es seguro es que esta huída sin esperanza de dos seres humanos (que deben disimular sus reacciones para no ser descubiertos) explora miedos intrínsecos como la paranoia y la ansiedad de no poder confiar en nadie realmente.

Los otros (Alejandro Amenábar, 2001)
Tocar teclas similares a El sexto sentido no impidió que la tercera película de Amenábar contribuyese a su (hasta ahora) infalible visión comercial. Los otros fue la película española más taquillera de la historia en España (superada hoy por Lo imposible y 8 apellidos vascos) y en el mundo (récord que aún mantiene). Emma Suárez podía haber sido esta mujer que finalmente interpretó una Nicole Kidman en estado de gracia, madre protectora implacable que ante nuestros atemorizados ojos se va convirtiendo en una psicópata que está muy equivocada en la vida ("en la vida"). Pocas miradas gélidas representan tan bien el "por qué a mí" como la de Kidman en Los Otros, Moulin Rouge (2001) y Dogville (2003). Las dos primeras, además, las rodó simultáneamente y mientras su matrimonio se derrumbaba. El verdadero terror lo traía de casa.

Paranormal Activity (Oren Peli, 2007)
El género del terror se vio brevemente revitalizado por una original propuesta que apenas costó 15.000 dólares (13.000 €) y recaudó 200 millones (173 mill €). La cámara fija en el dormitorio de una sexy pareja (que grababa en visión nocturna) nos hacía testigos y víctimas de ese miedo que arrastramos desde pequeños a no poder dormir tranquilos sin que un espíritu intente matarnos. Un fenómeno que fue hasta parodiado en los Oscars por Alec Badlwin y Steve Martin y explotado en cinco secuelas anodinas, que no reducen el impacto de aquella frase promocional ("no la veas solo") que la convirtió en una de las películas del año. Aquí nos hemos permitido una licencia: al final de la cinta hay una camiseta manchada de sangre, pero el terror nunca viene de la violencia sino de la vulneración de la privacidad del hogar. Queda dicho.



Insidious (James Wan, 2010)
Como en todas las corrientes, ante el agotamiento de efectismos y la sobreexplotación de modas el género pide un regreso a los recursos clásicos y atemporales. Una puesta en escena elegante, sin apenas efectos digitales, música desasosegante y personajes carismáticos reconectaron con un público hastiado, que celebra el tono desenfadado del director James Wan. Insidious no se disculpa por ser un entretenimiento de terror y darle al público los sustos que ha venido a buscar. James Wan también dirigió Expediente Warren (2013), basada en hechos reales y doblemente aterradora porque cualquier cosa que pase en los años 70 siempre da más miedo, y ambas son ya un clásico en los maratones de Halloween.

Babadook (Jennifer Kent, 2014)
La sensación del cine de terror del año pasado disfrazaba un drama de familia disfuncional en el que una madre y su hijo hiperactivo (como si solo eso ya no diese miedo) vivían atormentados por una presencia siniestra. Como en las mejores películas de terror, la clave de Babadook radica en descubrir junto a su protagonista que el horror viene por otro lado.

It Follows (David Robert Mitchell, 2015)
La película de terror más comentada de este año empieza con una desconcertante y perturbadora escena de una chica muy mona que acaba descuartizada en una playa. Hasta aquí todo en orden. Pero esa sangre (la segunda, y última, concesión que hemos hecho en esta lista) es un señuelo, pues It Follows basa su terror en la angustiosa certeza de que alguien te sigue para matarte. Ni corre, ni se desplaza en el espacio o el tiempo, pero tampoco se detendrá nunca... hasta que te acuestes con alguien y le pases la maldición. Una sórdida vuelta de tuerca al “pilla-pilla” infantil o una cruenta parábola de las enfermedades de transmisión sexual, que hará que siempre desconfiemos de la gente que camina sola por la calle y de los rollos de una noche. Visto así, quizá no compense verla.

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