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Ángel y María Luisa

Un médico les dijo que no podían tener hijos y para fastidiar, tuvieron ocho

Ella empezó a olvidar las cosas. Todo, salvo la trigonometría; Había sido profesora

Ángel Junquera y María Luisa Llaneza el día de su boda, el 31 de diciembre de 1947.
Ángel Junquera y María Luisa Llaneza el día de su boda, el 31 de diciembre de 1947.

Una tarde, al abrir un álbum de fotos en la casa donde había nacido mi abuelo, empezaron a salir mujeres a diestro y siniestro: bellos retratos en sepia llenos de dientes y pestañas con aquellas inocentes dedicatorias de la época escritas primorosamente en las esquinas —“A mi buen amiguito Ángel, con el afecto de su amiguita Margot...”—. Ángel Junquera repasó una a una las fotos, en un silencio sepulcral, mientras el público —dos de sus hijos y yo misma— le miraba atónito. Finalmente, nos dedicó una mirada que no le habíamos visto nunca, llena de misterio, y una media sonrisa que tampoco le conocíamos. “Si vosotros supierais...”, venía a decir, a sus 86 años. Mi abuelo había seducido a una lista de mujeres que ni James Bond y no teníamos ni idea.

Tras torturarnos un poco más, explicó que eran madrinas de guerra con las que se había carteado en el peor momento de su vida, cuando siendo un chaval de 18 años tuvo que dejar su pueblo para morirse de miedo y aburrimiento detrás de una trinchera en la que, afortunadamente, nunca disparó ni recibió un tiro. Las había rubias y morenas, altas y bajas; de Burgos, de Ribadesella, de Gijón... Al terminar la Guerra Civil fue a verlas a todas, para darles las gracias. “Algunas se hicieron ilusiones”, nos informó con una voz que tampoco parecía la suya, sino la de un galán de película 50 años más joven.

Pero mi abuelo tenía otros planes. Era el único niño de su aldea (Perlora, Asturias) que había ido al instituto. Sus profesores habían aconsejado a su madre que, pese a ser el hijo mayor, le permitiera seguir estudiando en lugar de encargarse de las tierras y las vacas. Fue en la Universidad, cursando Químicas, donde conoció a mi abuela. Probablemente, ella nunca supo cuánta competencia se había llevado por delante.

Cuando fue a elegir un tocado para su boda, a María Luisa le pasó lo que a Pretty Woman la primera vez que va de compras por Rodeo Drive: las dependientas pensaron que era lo que parecía, la hija de un carpintero, y no lo que era: la hija de un hombre humilde pero rabiosamente inteligente que se había deslomado para que sus hijos estudiaran y dejó frases que han sobrevivido varias generaciones, como “yo el padrenuestro me lo sé igual de bien que el Papa”. A mi abuela la despacharon de malas maneras, pero ella, como Julia Roberts, insistió y se casó con un elegante tocado de la tienda más pija de Oviedo el 31 de diciembre de 1947. Su luna de miel casi sale en los periódicos del día siguiente; según varias fuentes, rompieron dos literas seguidas en un albergue en Covadonga.

Un médico les dijo que no podían tener hijos y, para fastidiar, tuvieron ocho: cuatro chicas y cuatro chicos. Los álbumes que sí le conocíamos están llenos de estampas en las que mi abuelo hace todo tipo de composiciones con su amplia prole, de la que estaba muy orgulloso, aunque solo lo dijera en fotos.

Con mi abuela montó en Candás (Asturias), en 1947, una academia para niños y niñas cuando la enseñanza mixta estaba prohibida en España. Me los imagino muertos de miedo y de risa escondiendo a las niñas por la casa cuando les daban el soplo de que venía el inspector, y pagando con más orgullo que rabia las multas cuando no llegaban a tiempo.

Después de jubilarse se dedicaron a viajar y a mandarnos postales desde varios continentes. Un día, a ella se le empezaron a olvidar las cosas. Cada dos minutos le preguntaba a mi abuelo: “Junquera, ¿qué planes tenemos para hoy?”. Y él, con una paciencia y cariño infinitos, le respondía cada vez: “Ahora vamos a merendar, y luego, a dar un paseo...”.

Al principio ella disimulaba para que no nos diéramos cuenta de que no nos reconocía o que no estaba muy convencida de si éramos la madre o la hija. Unas Navidades en las que la enfermedad más cruel había avanzado mucho nos hizo llorar. Mi primo Alejo había suspendido matemáticas. Mi padre, que es profesor de esa asignatura, hizo una cosa muy suya, una pregunta a traición, para pillar: “A ver, Alejo, ¿cuál es la regla fundamental de la trigonometría?”. Y mi abuela volvió de ese lugar vacío donde pasaba ya la mayor parte del tiempo y dijo: “Coseno cuadrado más seno cuadrado igual a uno”.

Consiguieron becas para sus mejores alumnos hablando con las conserveras del pueblo. Muchos de ellos fueron agradecidos y emocionados a su funeral

Ella se fue el 27 de abril de 2005 y él, el 1 de agosto de 2014. Muchos de sus antiguos alumnos, para los que habían conseguido becas hablando con las conserveras del pueblo, se presentaron agradecidos y emocionados en su funeral: eran ya ingenieros o médicos jubilados.

En el salón de su casa sigue expuesta, como un trofeo, su orla universitaria. Los estudiantes, como es natural, miran al frente. Todos salvo dos. Mis abuelos, cuyos apellidos iban seguidos, Junquera y Llaneza, habían pactado posar girado a la izquierda, él, y a la derecha, ella, para salir mirándose el uno al otro en el documento gráfico de su graduación. Pero hubo un malentendido y salieron mirando uno al Este y otro al Oeste. Nos reímos mucho de ellos por eso. Nunca les importó.

A todos los que cuidan de personas que ya no les recuerdan.

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