"Nosotras tenemos la culpa"

'Mujer pira de rodillas' (2002), obra de Kiki Smith. Foto: Luis Alberto García
'Mujer pira de rodillas' (2002), obra de Kiki Smith. Foto: Luis Alberto García

Por LAURA FREIXAS

Llevo una docena de presentaciones de mi libro El silencio de las madres (y otras reflexiones sobre las mujeres en la cultura) en distintas ciudades, y en casi todas ellas ha pasado lo mismo. Ahora ya no me sorprende. Sé que cuando se abra el coloquio y se empiece a hablar de la desigualdad, tarde o temprano una levantará la mano y dirá: “Nosotras mismas tenemos mucha parte de culpa”…

No es que el argumento sea nuevo. De hecho, nos lo dan constantemente. “Son las madres las que educan a los niños, si salen machistas, algo habrán tenido que ver ellas”. “¿Que el lenguaje es sexista? ¡Pues son las madres las que enseñan a hablar!”. O cuando la asociación por la igualdad de género en la cultura a la que pertenezco, Clásicas y Modernas, se dirige a alguna entidad cultural para señalar el escaso porcentaje de mujeres en su programación (en torno a un 15 % es lo habitual), sabemos que en algún momento nos van a decir: “Pues este ciclo de conferencias lo ha organizado una mujer”, “en este periódico trabajan muchas mujeres”, “las agentes literarias son todas mujeres”…

En realidad, no sé muy bien qué nos quieren decir quienes usan ese argumento. ¿Nos están dando a entender que no hay injusticia; que el hecho de que el 85 % (es el porcentaje habitual) de los puestos de más poder, de más prestigio y mejor pagados los ocupen hombres no es fruto de injusticia alguna, sino de una imparcial apreciación del “mérito y la capacidad” como dicen los neoliberales? ¿O piensan que el patriarcado, sea justo o injusto, es el sistema preferido, libre y conscientemente, por la mayoría de las mujeres? ¿O que lo produce la naturaleza; que el hecho de elegir a hombres y no a mujer como conferenciantes es algo que dictan las hormonas? ¿O se trata de un ejemplo más de esa mentalidad según la cual los temas se dividen en dos: los generales, que afectan a todo el mundo (aunque casualmente sean casi siempre hombres quienes los debaten, analizan y deciden), y los “de mujeres”, que aunque impliquen a ambos sexos, como la (des)igualdad, son responsabilidad exclusiva de ellas?

La presentación de un libro no es la mejor ocasión para debatir nada en profundidad; por eso, cuando alguna asistente hace esa observación, aunque siempre hay respuesta (mía o de otra mujer del público), se quedan muchos cosas en el tintero. Ahora, en el silencio de mi estudio, quiero apuntar algunas.

Las mujeres tienen, desde luego, un cierto poder en muchos ámbitos, del mundo editorial a la educación de la prole. Pero es un poder muy limitado: no basta para ir a contracorriente de todo el entorno. Si hablamos de la infancia, déjenme que les recuerde lo que le oí contar a Nuria Varela. Entró un día en una tienda de muebles y pidió una de esas mesas con cajones que sirven para cambiarle el pañal a los bebés. “¿Niño o niña?”, le preguntaron. Y ella, estupefacta: “¡Si es un bebé de meses!... ¿Qué diferencia hay?”. La había: los muebles para cambiar bebés se dividían en dos tipos, los de niña, en los que los tiradores de los cajones tenían forma de corazón, y los de niño, con tiradores en forma de barco.

Supongamos a una directora literaria que debe elegir qué libros publica. Como todo el mundo, esta mujer ha estudiado una historia de la literatura en que solo aparecen escritores hombres (porque a las autoras se las borra, no porque no las haya) y vive en una sociedad en la que los académicos, los premios Nacionales de Narrativa, los premios Cervantes y los premios Nobel son también varones en un 90%, esta mujer sabe, conscientemente o no, que es mucho más rentable invertir en un autor varón que en una autora: aunque no venda, tiene futuro. En el futuro de las escritoras se confía mucho menos.

Dado que la cultura masculina y/o machista es dominante, y la femenina y/o feminista es marginal, ¿qué alternativas tiene, en la práctica, quien se resiste a someterse al patriarcado? Pocas. Me pondré como ejemplo yo misma. Voy de vez en cuando al cine con mi hijo adolescente, y vemos espantosas películas de guerra. ¿Por qué? Porque es lo que él quiere ver: cómo no, si le presenta a hombres invencibles, como a él le gustaría ser. Y porque no tengo alternativa. No existen (o casi) películas equivalentes: producidas con todos los recursos de Hollywood, estrenadas en todo el planeta, reforzadas por una megacampaña publicitaria, compartidas por millones de adolescentes…, pero que den protagonismo a hombres y mujeres por igual. Que no presenten a un grupo de hombres, de distintas profesiones y edades, compitiendo o aliándose entre sí, y algunas mujeres, pocas, todas jóvenes y sexys y que no se relacionan entre sí sino únicamente con los hombres.

Y ya puesta, voy a dar otro ejemplo de mi familia, que me sirve para explicar algo importante. Cuando mi madre me educó, insistió en que me mantuviera virgen hasta el matrimonio, mientras que no le exigía lo mismo a mi hermano. ¿Por qué? ¿Es que a ella le parecía natural y justa la desigualdad sexual entre hombres y mujeres? En absoluto; la odiaba. Pero me estaba educando para una sociedad desigual; y cuando jugamos, tenemos que conocer las reglas del juego, aunque no sean las que quisiéramos, por la cuenta que nos trae. También la madre de Sylvia Plath le regalaba a su hija para su cumpleaños un curso de mecanografía; sabía que Sylvia quería ser una gran poeta, no una secretaria, pero también conocía la sociedad en la que ambas vivían y sabía que una mujer ambiciosa tiene pocas probabilidades de triunfar (y suscitará mucha hostilidad).

Como bien explicaba ese teórico hoy olvidado que fue Wilhelm Reich en La revolución sexual, el oprimido oprime a su vez: ¿por qué? Por miedo. Le han instilado un verdadero pánico a la rebelión. Sométete, nos decían nuestras madres; es injusto, pero es más prudente…

Hoy, mi madre sabe que su nieta, mi hija, disfruta de libertad sexual, y le parece estupendo. ¿Es mi madre la que ha cambiado; es que a medida que envejecía, se ha hecho más progresista?... No; es que sabe que la sociedad ha cambiado. Ese comportamiento que hoy le parece bien ya le parecía bien hace cuarenta años, pero entonces temía que a la mujer que lo practicase le condujera al desastre, y hoy, por suerte (en este terreno sí hemos avanzado, afortunadamente) ya no.

¿Culpa nuestra? ¿O más bien resignación? ¿O realismo? ¿O estrategia para sacar el mejor partido de las malas cartas que nos han repartido?... Hacemos, en fin, lo que podemos.

El silencio de las madres y otras reflexiones sobre las mujeres. Laura Freixas. Editorial Aresta, 2015. 320 páginas.Precio: 19€

Comentarios

Parece ser que nada es blanco o negro, sino que existe una gama de colores y variantes intermedios entre todos los extremos que van evolucionando.Hacia lo que somos hoy las mujeres y los hombres, desde las familias y sus necesidades para subsistir.Desde el mismo momento de nacer.Niño o niña.Y así la ropa que se le pondrá después y lo que hará en la escuela, o de jóvenes en los oficios aprendidos.Para llegar a la madurez, y ser padres o madres.Dentro del contexto social que nos toca vivir, la cultura del consumo y la educación.La testosterona y el mercado.Empujan actitudes que llegado el caso se transforma en formas de ser, que pueden ser de respeto o también de supervivencia, ateniéndose cada cual a su naturaleza.Usando lo que se tiene, según sea la inteligencia, o la oportunidad del momento.Como hojas de árbol caídas sobre el río, que bajan a favor de la corriente a lo largo de los miles de años de la historia de la humanidad.Retratadas en un momento dado.
Pues yo no tengo culpa ningnuna. He tenido la suerte de nacer en una familia de matriarcas. Esto és bien comum en Brasil desde la época de la colonizacion portuguesa. El hombre portugués casava con una índia y era la familia de ella quien mandaba. Los historiadores llaman este fenómeno de "cunhadismo".En medio a 23 primos hombres y 13 primas mujeres de mi familia materna, las mujeres decian la ultima palabra en los juguetes e sabian dar una paliza.Soy madre de 2 varones que han tenido fogonzito como juguetes y hoy ellos saben cozinhar, lavar, planchar.Muchas brasileñas que han tenido un relazionamiento com europeos los definen: machistas, más machistas que sus novios brasileños...
mea culpa!! como siempre!!!
Coincido con Sherazade. Los que nos hemos criado en países del Nuevo Mundo pareciera que tenemos una mayor amplitud de criterios. De mi parte el haber vivido años en una ciudad progresista, liderada por socialistas, y donde también abundaron familias muy opulentas, no hemos vivido en sociedades machistas, sino mas bien matriarcales. La vida familiar ha girado siempre en torno a la figura de la Madre, amada y respetada por el Padre y con la devoción de los hijos. Luego ha habido siempre mucho diálogo, intercambio de ideas entre generaciones. Se entendía que el Padre estaba dedicado a traer el bienestar de la familia, por lo tanto los hijos hemos sido el proyecto de nuestra Madre, como predicaba Jacques Maritain. Y de nuestra parte continuamos de igual modo. También han habido mas escritoras , cuentistas, poetisas que el idem en versión masculina.
La culpabilidad nada tiene que ver con el sexo... cada parte cumple su rol; el varón aplica la seguridad física a todo el grupo (familia, clan, tribu o nación), y la mujer aplica la seguridad emocional de lo afectivo (en la nutrición, el aseo, el cariño, etc.). Ahora bien, la culpabilidad surge cuando, en cualquiera de las partes, se sobreponen la pre-potencia y el egocentrismo... en donde yo o tú se creen asistidos por la verdad absoluta. La relación padre/hijo, madre/hijo, padre/madre, etc., es esencial para sostener la vida, sea ésta individual o colectiva.
Creo que muchas mujeres sentimos la impotencia que mencionas ante ese gran monstruo que es el patriarcado, y creo que solo hay dos maneras de hacerle frente: te aislas totalmente de el y creas una realidad alternativa (como hicieran en su tiempo las amazonas) o te quedas, y luchas, poco a poco y en medida de tus posibilidades, desde dentro, desde la resistencia, el inconformismo y la rebelion, cuando puedas, cuanto puedas. Gracias a esa lucha, a menudo silenciosa ha avanzado la sociedad hasta ahora. Algunas diran que se ha evolucionado poco, que se podria hacer mas, de acuerdo, hagamoslo, sigamos haciendolo.

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