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punto de observación

Elogio de la razón

No tenemos por qué ser una nación intelectual, pero tampoco comportarnos como idiotas

Hace cien años (los cumplirá en 2015) nació una revista, The New Republic, que se etiquetaba en Estados Unidos como “liberal” es decir, de izquierdas. Decidió abrir sus páginas con un elogio de la razón: “En estos tiempos de naufragio y ruina, el único poder que puede fortalecernos es un pensamiento inteligente y claro”. No era una declaración banal, escribe ahora, para celebrar el centenario, su actual editor literario, porque hay personas que prefieren el pensamiento ardiente al pensamiento claro; el pensamiento fiel al pensamiento sin más. “Hay personas que prefieren las autenticidades indiscutibles del corazón, sea corazón de individuo o corazón colectivo, a la razón”.

La revista, que fue comprada hace un año por el número dos de Facebook, Chris Hughes, que tiene 31 años y, por lo que se ve, larga memoria, ironiza con quienes creen que el pensamiento y la razón son cosa de elites e intelectuales. “No necesitamos ser una nación de intelectuales, pero no hay que ser una nación de idiotas”. También con quienes confunden razón y tecnocracia: los tecnócratas son gente muy poco dialogante, armada con sus estadísticas y su creencia absoluta en la mecánica de las causas y efectos. La razón necesita del diálogo y la duda y ofrece ejemplos en los que personas racionales logran romper con esa cadena de causa-efecto que seguramente rige la naturaleza, pero no, necesariamente, las sociedades humanas.

El mundo no ha sufrido nunca por un exceso de razón

El pensamiento claro que reclamaba The New Republic es siempre incompatible con la dictadura y nunca propone soluciones finales, sino que confía en el gradualismo. En lo más duro de una batalla, busca siempre armisticios. Nos indica el peligro que rodea a quienes en lugar de hablar de cómo mejorar la prosperidad y libertad, se empeñan siempre en zanjar antes grandes cuestiones filosóficas, grandes cuestiones de principio e identidad que normalmente exigirán grandes sacrificios y seguramente acarrearan mucho dolor.

El mundo no ha sufrido nunca por un exceso de razón, decía Thomas Mann, convencido de que nada corta más rápidamente el diálogo y la conversación que las emociones.

Ahora que se abren nuevos periodos electorales, parece que aquel llamamiento de The New Republic tiene toda su vigencia. Lo que nos puede ayudar es la razón. Los ciudadanos razonablemente informados tienen ya en sus manos muchos elementos para actuar como seres racionales, que huyen de quienes ofrecen soluciones definitivas y que examinan con atención la de quienes proponen mejoras y repartos proporcionados. Para huir de quienes siempre creen que los grandes sacrificios son el mejor camino a donde sea.

Utilizar la razón exige ver lo que se tiene delante. Negarse a que se desvíe nuestra mirada hacia horizontes lejanos, que se vislumbran a través de caminos estrechos y, claro está, caminos que siempre son únicos y excluyentes. Antes de mirar hacia esos puntos lejanos hay que mirar hacia los abarrotados bancos de alimentos, a las familias sin ingresos que se pretende que subsistan con 400 euros, a los desahucios y las viviendas construidas con ayudas públicas que casi se regalan ahora a fondos de inversión buitre. Mirar cuidadosamente a los recortes en la sanidad pública (los segundos mayores de Europa). Al dinero, montañas de dinero, inyectado en el sistema financiero que los ciudadanos están condenados a pagar (ellos y sus hijos) porque, aunque los jueces determinen que todo es producto de fraudes y engaños, nadie dice saber cómo recuperarlo. A la situación del sistema educativo y en detallar cómo podría mejorar con mayores y mejores inversiones (algo que, incluso, acepta el gobierno conservador británico). A los trabajos que duran pocos días o semanas y que se retribuyen con salarios que no sacan de la pobreza.

Todo esto pertenece al mundo de la razón y del pensamiento claro y al mundo de la razón deben pertenecer las propuestas que se nos presenten para paliarlo, reconducirlo, mejorarlo o cambiarlo. El mundo de la razón exige un pensamiento lo más lejano que se pueda del pensamiento fiel. Fidelidades, ninguna. A nada. Cuanto más abierta esté la mente, mejor. No hay por qué comportarse como una nación de idiotas.

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