Editorial
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Romper inercias

La escasa movilidad y la tendencia a la endogamia lastran el sistema universitario

En la sociedad del conocimiento, el progreso social y económico de un país depende de disponer de estructuras capaces de crear y movilizar talento. Las universidades son las instituciones que deben ejercer esa importante tarea. Pero para ello las propias universidades deben ser eficientes en su cometido y capaces de adaptarse a unos criterios de competitividad cada vez más exigentes. Aunque en los últimos treinta años las universidades españolas han mejorado en muchos aspectos, el conjunto del sistema está lejos de alcanzar las cotas de excelencia esenciales. Lo demuestra el muy discreto lugar que las mejores universidades ocupan en las clasificaciones internacionales de calidad investigadora y docente.

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Este es un problema estratégico; hay que abordarlo como una cuestión de Estado. Los frentes en los que habría que intervenir son múltiples pero atañen sobre todo a la gobernanza, a los corsés funcionariales y a los mecanismos de selección y promoción del profesorado.

Entre los factores que inciden de forma más negativa está la falta de movilidad. Resulta sorprendente que el 73% de los profesores e investigadores que ejercían el curso pasado en las universidades públicas habían hecho el doctorado en el centro en que impartían clase. Este dato no sería indicativo de endogamia si estos profesores hubieran pasado antes por otras universidades. De hecho, algunos de los mejores campus del mundo presentan porcentajes también altos de profesores que se han formado en ellos, pero no porque tengan un sistema endogámico, sino porque, siendo excelentes, retienen a sus mejores talentos. No es este, en general, el caso que nos ocupa. Pese a que en 2007 la creación de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA) introdujo un sistema centralizado y objetivo de acreditación del profesorado universitario, la selección de los docentes por parte de las universidades depende de mecanismos en los que con mucha frecuencia intervienen factores de fidelidad y relación personal que nada tienen que ver con la búsqueda de la excelencia. Un estudio ha mostrado que en el 95% de las plazas que se ocuparon en 2010, el docente que las ganó ya trabajaba en ese centro. Y el 70% la obtuvo sin tener que enfrentarse a ningún contrincante.

A esto hay que añadir que, salvo algunos centros que han introducido fórmulas de exigencia de resultados, no hay mecanismos eficientes de evaluación de la capacidad investigadora y docente de los titulares de esas plazas. La ausencia de rendición de cuentas, o de consecuencias si el rendimiento es bajo, crean una cultura acomodaticia que tiende a perpetuarse con la complicidad de todos los estamentos implicados. Además de afectar a la igualdad de oportunidades, este sistema implica un mal uso de los limitados recursos disponibles. Urge consensuar reformas valientes que incentiven la excelencia y permitan romper las inercias y corporativismos que ahora la dificultan.

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