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Máximo toma la palabra en nombre de los Kirchner

Hijo de presidentes, en plural, siempre ha vivido en silencio y en la sombra ha manejado los hilos del poder. Pero hace unos días se subió al estrado

Faltan once meses para las primarias en las que se elegirá al sucesor de su madre y parece que ha llegado su momento. La dinastía quiere perpetuarse en Argentina

La presidenta argentina Cristina Fernández abraza a su hijo Máximo.rn
La presidenta argentina Cristina Fernández abraza a su hijo Máximo.

Máximo Kirchner y su hermana menor, Florencia, son los únicos argentinos que en la historia han tenido a sus dos padres gobernando su país, Néstor Kirchner (2003-2007) y Cristina Fernández. Pero El Maxi como le llaman en su terruño de la provincia sureña de Santa Cruz— es, además, uno de los principales consejeros de la jefa de Estado y quien construye desde hace 11 años —con un bajo perfil— una de las principales bases del poder kirchnerista, el colectivo juvenil La Cámpora. Este movimiento agrupa a decenas de miles de personas en las calles, las villas (barrios de chabolas), las escuelas secundarias y las universidades. Entre ellos funcionarios de menor rango pero también altos cargos como el ministro de Economía. Sin embargo, él nunca ha sido candidato a nada ni ha ocupado un cargo público ni en La Cámpora, que rescata el nombre de un fugaz presidente argentino, el peronista de izquierdas Héctor Cámpora (1973). Máximo Kirchner no había hablado jamás en público hasta que hace una semana debutó por sorpresa como orador principal de un acto multitudinario en el estadio Diego Maradona, el de Argentinos Juniors, en Buenos Aires.

“Se terminaron un montón de mitos como que solo juega a la Play Station, etcétera, etcétera”. Así celebró el debú de Máximo la única mujer que integra la mesa de seis conductores de La Cámpora, la diputada Mayra Mendoza. El hijo de los Kirchner, de 37 años, vive en pareja con una odontóloga que este año ha sido nombrada funcionaria y con un hijo de un año, Néstor Iván Kirchner. La familia reside en la capital de Santa Cruz, Río Gallegos, en la casa donde se crió. Allí trabaja en su oficina, en la inmobiliaria de unos amigos de sus padres, desde la que controla la fortuna familiar. Milita en una unidad básica (como se llaman las sedes del peronismo en los barrios) y su despacho está decorado con una foto del expresidente fallecido en 2010 y otra de Eva Perón. Cuando viaja a Buenos Aires se aloja en la Quinta de Olivos (residencia de los presidentes argentinos).

Máximo Carlos Kirchner nació el 16 de febrero de 1977 en La Plata, de donde es oriunda Fernández. Ella se había negado a aceptar que su marido le bautizase como Néstor Carlos, como se llamaban él, su padre y su abuelo. Kirchner y Fernández se habían conocido en La Plata como estudiantes de Derecho y militantes peronistas; se casaron allí y emigraron a Río Gallegos, la tierra de él, en una suerte de exilio interno tras el golpe de Estado de 1976. Para dar a luz, Fernández viajó sola a La Plata, donde contaba con cobertura médica y la ayuda de su madre y hermana. Pero quien no estuvo fue Kirchner. “Papá no pudo ir por cuestiones de seguridad”, recuerda Máximo en el libro Fuerza propia. La Cámpora por dentro, de la periodista Sandra Russo.

“De chiquito vomitaba para presionarte. Era manipulador”, contó su madre sobre él en un libro

Hasta el sábado pasado, cuando no habló de candidaturas sino de continuidad del proyecto político kirchnerista una vez que su madre deje el poder en 2015, al líder en la sombra de La Cámpora solo se le había escuchado en 2012 en un documental sobre su padre y en ese libro publicado en marzo pasado. En aquella película llamada Néstor, de la cineasta Paula de Luque, solo recuerda una anécdota de su infancia: “Jugábamos a los soldaditos y pasaba papá y rompía todo. Nosotros nos enojábamos, pero lo volvíamos a armar. Creo que nos estaba enseñando algo”. En el libro tampoco se explaya mucho: se refiere a Néstor y Cristina como sus “viejos” en las pocas referencias a su vida privada.

“Máximo era un chiquito que para presionarte, vomitaba. Era muy manipulador”, cuenta Fernández en otro libro de Russo, La Presidenta. “Cuando ya era más grande, cuando se enojaba, tiraba los anteojos [gafas] al piso y los pisaba. Hoy, cuando pierde el Racing [de Avellaneda, en la periferia de Buenos Aires], se enoja mucho, pero dejó de romper controles remotos [mandos del televisor]”, añade la jefa de Estado.

El hijo de los Kirchner dejó la casa de Río Gallegos, en la que había vivido hasta entonces, para ir a Buenos Aires a estudiar primero Derecho y después Periodismo. No acabó ninguna de esas carreras. Sin embargo, lee muchos libros políticos. En Fuerza propia cita al filósofo polaco Zygmunt Bauman y a la periodista e investigadora canadiense de gran influencia en el movimiento antiglobalización y el socialismo democrático Naomi Klein para explicar su estrategia política. En 2003, por encargo de su padre, comenzó a formar La Cámpora. Regresó a Río Gallegos, donde se unió a la odontóloga Rocío García —hija de otro peronista que, como Kirchner, había sido gobernador de Santa Cruz—.

Desde joven siempre discutió de política con sus padres, quienes ocuparon cargos públicos desde que él tiene memoria. También recuerda que la militancia los alejaba de su casa, pero la ensalza como un valor para salir del individualismo que él condena. “Salir en televisión nunca fue necesario, para mí” aclara quien se siente mejor entre el público en los actos políticos. “Si hay quienes hablan mejor para qué. El día en que se haga necesario se evaluará”, ha mantenido siempre Máximo Kirchner. Y ese día llegó. Faltan 11 meses para las primarias en las que ocho kirchneristas se batirán a duelo para definir el candidato a sucesor de una líder como Fernández.

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