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EDITORIAL

Rajoy y Mas

A la espera de comprobar el ‘efecto Pujol’, para evitar el fracaso hay que aplazar los desacuerdos

Del próximo encuentro entre los presidentes del Gobierno, Mariano Rajoy, y de la Generalitat, Artur Mas, no se debe esperar un éxito basado en grandes acuerdos. La reunión debería fijarse un objetivo más modesto: mantener abiertas las puertas de un diálogo continuo; acotar los puntos de disenso y explorar cómo avanzar en los consensos, dejando para lo último los obstáculos insalvables. Esta es la pretensión más sensata. Pero no es la que predomina en las cúpulas de ambos poderes y partidos.

La tentación de utilizar para el catastrofismo el controvertido encuentro viene de lejos: ya su gestación fue patética, pues ambas partes se arrogaban flexibilidad e imputaban al otro el maleficio del enquistamiento. Además, condiciona a Rajoy el incentivo de mostrar rotundidad contra la consulta para no poner sobre la mesa ninguna oferta que pueda interpretarse como una cesión a la presión de los convocantes: hasta que quede excluida. Esa posición puede favorecer la ausencia de movimientos.

También le sucede a Mas, únicamente interesado en lo que su interlocutor no le ofrecerá, un pacto para el referéndum secesionista. A Mas le coarta, asimismo, su servidumbre al consenso de los partidos más radicales ante quienes comprometió la insensata pregunta de la consulta, como si encabezase una asamblea y no una democracia representativa, como si fuera un delegado de curso y no el presidente de una gran institución.

Si ambos líderes dispensan mejores oídos a los extremistas que buscan secuestrarles de la mayoría de ciudadanos, deseosos de soluciones flexibles y legales y de pactos dignos, la reunión fracasará. Rajoy tiende a considerar que solo con un palmetazo a la consulta fortificará su posición negociadora, incluso una posterior flexibilización; Mas otea el encuentro como la última oportunidad para justificar el definitivo desencuentro y la coartada a su numantinismo. Un factor nuevo opera a favor de esta inútil actitud: su necesidad de hacer olvidar la catástrofe moral que supone para su partido la confesión de su antecesor, Jordi Pujol, de haber cometido fraude fiscal durante 34 años. Por eso Mas fantasea con grandes novedades inconcretas (quizá la entrada de Esquerra en su Gobierno; quizá unas elecciones falsamente plebiscitarias, ya que una elección jamás es un plebiscito), en vez de fiarlas a su capacidad de convencer y negociar.

Todavía faltan 48 horas para evitar el fiasco. Para ello habría que movilizar, como en toda negociación seria, a los respectivos sherpas, pactar la continuidad, un esquema del comunicado, los desacuerdos y los asuntos sobre los que el diálogo pueda seguir de forma estructurada. Lo hay: la financiación, la carga de la deuda, las invasiones competenciales, las medidas recentralizadoras, los desafíos de las nuevas “estructuras de Estado”, la cuestión lingüística y escolar. ¿Por qué no dejan la cuestión de la consulta para cuando ya hayan roturado terrenos de encuentro en lo demás? No debería ser imposible entre dos fuerzas que muchas veces han sido cómplices.

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