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PUNTO DE OBSERVACIÓN

¿Se atreverá el Consejo a ignorar a Schulz y a Juncker?

Con las elecciones europeas se verá si los Gobiernos siguen empeñados en el actual criterio de decisión del más poderoso

Estas elecciones europeas van a ser distintas. Lo dice la consigna, pero puede ser verdad. No solo porque el nivel de participación nos ayudará a valorar al estado de ánimo de los europeos, o por las nuevas mayorías que se puedan formar. También porque en las semanas siguientes se va a ver si los Gobiernos tienen voluntad de impulsar la integración política y el método comunitario a la hora de diseñar la salida de la crisis, o si van a seguir empeñados en el actual sistema de decisión, intergubernamental, con el que se impone, sin fisuras, el criterio del más poderoso.

A los españoles nos debe importar mucho. Si somos un país que tiene que pedir ayuda a la Unión para salir de la crisis, es lógico que la UE decida, en parte, cómo debemos hacerlo. Pero una cosa es que lo haga la Unión, con su mecanismo comunitario reforzado, en el que los poderosos tienen gran influencia, pero en el que podemos hacer oír nuestra propia voz, y otra, que las reglas las marquen directamente esos tres o cuatro países, de acuerdo con sus propios ritmos e intereses.

La primera prueba de fuego será la elección del nuevo presidente de la Comisión. ¿Se atreverán finalmente los jefes de Estado y de Gobierno de los 28 países de la Unión a nombrar, a puerta cerrada, un presidente de la Comisión que no sea ninguno de los candidatos designados por los grupos del Parlamento Europeo?

Los grandes pasos de la UE nacieron en presidentes de Comisión que tenían gran nivel político y criterio propio

¿Puede terminar el Consejo nombrando a un político, popular o socialdemócrata, según la tendencia que haya resultado ganadora en las elecciones del próximo mes de mayo, pero que no sea precisamente ni Jean-Claude Juncker ni Martin Schulz?

Cada vez hay más voces dentro de los países poderosos que sugieren que eso es precisamente lo que harán, para demostrar que no están obligados a cumplir con las expectativas del PE. “El método elegido por el PE es un método idiota”, aseguran que lanzó el primer ministro británico en reciente reunión. David Cameron no tiene el menor interés ni en Schulz (por supuesto) ni en Juncker, a quien considera demasiado integracionista.

Muchos creen que la canciller alemana aceptó a Juncker como candidato del Partido Popular Europeo para no armar lío entre sus correligionarios, pero que no se siente obligada a nada y que si tiene la menor ocasión de elegir a otro, es muy probable que lo haga. Además, comentaba recientemente Der Spiegel, como si se tratara de un asunto de caramelos, siempre cabe la posibilidad de dar a Schulz o a Juncker otros cargos distintos: quedan libre también la Presidencia del Consejo (el sustituto de Herman van Rompuy) y el Alto Representante para Asuntos Exteriores (sustituto de Catherine Ashton).

Sabemos que quien realmente importa es el presidente de la Comisión, cuya independencia puede resultar molesta, pero cuya capacidad de liderazgo puede ser trascendental en momentos estos, sobre todo para países como España. Es verdad que la Comisión funciona como una especie de colegio, con responsabilidades compartidas, pero la experiencia demuestra que su presidente puede ser un gran impulsor político de la integración y que la mayoría de los pasos dados en ese camino nacieron en personas que ocuparon ese puesto y que tenían un alto nivel político, convicción y criterio propio.

Todo este embrollo de nombres y siglas puede parecer farragoso. Pero en el fondo es muy simple: ¿se toman en serio los responsables de la Unión Europea a los ciudadanos? ¿Creen que se puede estar hablando durante meses de dos candidatos a presidir la Comisión y después nombrar a un tercero, acordado en una reunión opaca, sin que pase nada? ¿Piensan que semejante demostración de poderío tiene mucho que ver con la democracia? Todos ellos tienen sobradas muestras de cómo reaccionan las opiniones públicas cuando se sienten engañadas: con la desafección por la política y la aversión por sus instituciones. Seguramente Europa ya tiene suficiente dosis de desapego, y ya hay suficientes ciudadanos que empiezan a verla como un problema y no como una solución.

sol@elpais.es

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