_
_
_
_

Cinco chistes sin gracia sobre Richard Pryor

Un nuevo libro arroja luz y una posible película de Lee Daniels reavivan el interés por la trágica figura del provocador cómico

Pryor junto a Gene Wilder en su película más memorable, 'No me chilles que no te veo'
Pryor junto a Gene Wilder en su película más memorable, 'No me chilles que no te veo'

 “El hombre más divertido de América” (o así lo anunciaba Columbia Pictures en los ochenta) era “hijo de un chimpancé y una prostituta”. Aunque esto otro no lo decía la productora, sino el propio Richard Pryor durante su legendario monólogo de 1982 Live on the Sunset Strip.

El cómico protagonista de 'No me chilles que no te veo' y 'Superman III' creció en el prostíbulo de su abuela.

En el ensayo sobre el monologuismo yanqui The Legacy of the Wisecrack: Stand-Up Comedy as the Great American Literary Form, el autor compara ese célebre show nada menos que con la Divina comedia de Dante. Sátira de los vicios y personajes de su sociedad, descenso al submundo, forcejeo con todos sus demonios, llamada al cambio y luz (o foco) en la superficie. El escritor de ese estudio lo explicaba en clase y sus alumnos le contestaban:

–Ya, pero Dante no decía 'hijo de puta' en cada frase.

Pryor sí, y también fue de los primeros en soltar nigger una y otra vez. Pero es que antes de que él lo hiciera, junto con otros como George Carlin, morían muchos gatitos e infartaban muchos ejecutivos cada vez que se nombraban esas palabras. Su importancia radica tanto en el valor de sus libelos, en la crítica de los abusos hacia su raza y en sus autorretratos poco amables, como en la forma eléctrica y visceral, y terriblemente triste y tronchante, con la que transmitía sus ideas. En cómo salió de la selva (sus palabras, de nuevo) para codearse con una alta sociedad bohemia espoleada por el consumo ingente de cocaína (la moda del monólogo en el Hollywood de los setenta y ochenta habría acabado con las cumbres nevadas de los Alpes) donde bombeó la autocompasión y la hipocresía hacia su raza.

Los hermanos David y Joe Henry, guionista y músico (además de cuñado de Madonna), acaban de publicar Furious Cool: Richard Pryor and the World That Made Him, una biografía tortuosa del genio que falleció en 2005, cuando el género que había cultivado vivía otro momento dulce (después del 11-S, el consumo de stand-up se volvió a disparar un 20%), mientras él languidecía en una mecedora aquejado de esclerosis múltiple y viendo El silencio de los corderosuna y otra vez.

Una vez, en Las Vegas, orinó encima de las adineradas primeras filas. Durante la grabación de una película llegaba al rodaje tras no dormir durante cinco días.

La edición coincide con ciertos picos de actividad en el cardiograma de un proyecto eternamente pospuesto, el de la película sobre su vida. El biopic, que tuvo como título de trabajo Is It Something I Said, ha pasado por los escritorios de estrellas y productores como Adam Sandler y Forest Whitaker. Incluso se canceló un intento que parecía asegurado con Bill Condon hace tres años. Sin embargo, los Weinstein parecen haberlo revitalizado (las películas que abordan mitos afroamericanos dan últimamente grandes cifras de taquillas y muchos galardones): ya han hablado con Lee Daniels (director de Precious y El mayordomo) para que se ponga al frente de una cinta que se centraría en su ascenso al éxito masivo. ¿Candidatos a protagonizarla? Eddie Murphy (nombre que se baraja cada vez que surgen rumores), Michael B. Jordan y Damon Wayans.

Estas son las claves de este esperado libro.

1.- La canción. El proyecto arrancó con una canción publicada en 2001. Joe Henry pidió permiso a la esposa de Pryor para poder editarla. No solo se lo dieron, sino que le permitieron usar la imagen del cómico en la portada. Una revista le encargó un artículo sobre la canción. Después de leerlo, el matrimonio Pryor le preguntó si estaría dispuestro a escribir un guion para un biopic. Eddie Murphy hizo la prueba para convertirse en el protagonista, pero Richard lo rechazó. Billy Bob Thornton incluso había aceptado dirigirla. Pero las negociaciones quedaron estancadas. Finalmente usaron todo el material recopilado para el libro que ahora se edita, gracias al consejo de la esposa de Tom Waits, Kathleen Brennan.

 2.- Las visitas al maestro. Los hermanos Henry visitaron varias veces al protagonista de su libro. Allí se encontraban al icono que azotó la noche hollywoodiense atrapado en su silla de ruedas viendo en bucle El silencio de los corderos. Pasó sus últimos años en una modesta casa en Encino (California) sin que sus vecinos supieran qué leyenda tenían al lado. Era fácil, ya que, aquejado de esclerosis múltiple, no podía salir de casa, ni siquiera hablar. Los hermanos que han firmado su biografía lo visitaban a media tarde, le hablaban y le ponían discos de jazz.

3.- La infancia en el prostíbulo. Según David Henry, la gran mayoría de personajes y anécdotas venían del lugar donde creció: Peoria, Ilinois, en el corazón de la América menos proclive a aceptar cambios: insultos racistas, negros sumisos y visitas a mujeres que practican vudú. Como el protagonista de Mad men, él creció en un prostíbulo, pero el del actor de No me chilles, que no te veo era de su abuela. Si Don Draper tiene sus desmorones emocionales durante la serie por culpa de ese pasado, imaginen a Pryor, que además tuvo que lidiar contra el desprecio racista.

Pasó sus últimos años en una modesta casa de California, atrapado en su silla de ruedas y viendo en bucle 'El silencio de los corderos'.

4.- Dilo alto: soy negro y estoy orgulloso. Eso cantaba James Brown, pero la retórica de los monologuistas no suele ser tan clara. Si Chris Rock, su heredero natural, carga contra los suyos a veces –“siempre se están quejando de los medios de comunicación, pero a mí estos no me quitaban la merienda cada día cuando salía del colegio: eran los otros negros”–, Pryor también supo usar la autoparodia para un tema que se tomaba, eso sí, muy en serio.

En 1967 abandonó una sala de Las Vegas cuando se dio cuenta de que su familia no podría entrar y que él lo tendría que hacerlo por la puerta de la cocina: “Esos cabrones no le harían un sitio a mi abuela ni aunque les pusieran un arma en la cabeza”. Entonces, pasó un tiempo en una habitación vacía escuchando solamente discos de Miles Davis y Charlie Parker y leyendo discursos de Malcolm X. Cuando regresó, con un late-night de radio, empezó a usar la palabra de la N. Se presentaba así: “Soy Richard Pryor, y soy un nigger”. Aun así, accedió a participar en películas de ideología tan dudosa como Toy (aquí sonaba aún peor: Su juguete preferido), en la que un niño blanco rico se pide a un negrito gracioso (él) como juguete. Su familia aún no entiende por qué lo hizo y blasfema (y tilda de racistas) contra todos aquellos que dicen que es su obra favorita.

5.- Las drogas blancas. Pueden entender más sobre la conexión entre la comedia espídica, de retórica micromachine o de anuncio farmacéutico, la algarada incontrolada y los chistes muy muy gruesos, y el consumo de cocaína en el documental Sunset strip, de Hans Fjellestad. La punta de lanza del consumo en esa calle, en la que siempre había en los setenta y principios de los ochenta una felatriz bajo la mesa y un paso de cebra de cocaína encima de la misma, era, precisamente, Pryor. Según los autores, no se puede entender a Pryor sin ese consumo desfasadísimo, del mismo modo que no se podría analizar su obra sin reparar en los mil abusos que padeció de niño. En un especial caritativo del Hollywood Bowl se enzarzó con el público diciendo que acababa de felar a un extraño, para, ante la risa mecánica de la audiencia, decirles que mientras los negros eran quemados en Watts ellos habían estado divirtiéndose tomando cócteles. En un show anterior de Las Vegas se había empezado a mear (literal y metafóricamente) encima de las adineradas primeras filas. Durante la grabación de la película Locos de remate (Stir Crazy), llegaba a grabar después de no dormir durante cinco días seguidos. Su compañero de reparto Charles Weldon dice no recordar la filmación de un montón de escenas. Joe Henry cita a un músico de jazz para explicarse cómo napias podían actuar tan drogados: “Oh, es que también ensayo colocado”.

Extra: El libro arranca con una escena: Richard Pryor corre por una calle en San Fernando Valley después de quemarse a lo bonzo. Él llegó a bromear con ese episodio, dijo que le había explotado la pipa de marihuana, pero, explican los autores, en realidad iba fumadísimo y decidió rociarse con ron y prenderse fuego para intentar suicidarse. Hollywood se volcó con él y recibió muchas visitas en el hospital. Incluso Marlon Brando le llevó una tele al hospital para que Pryor pudiera ver los combates y pasar el rato… mientras su familia lejana saqueaba su casa.

Regístrate gratis para seguir leyendo

Si tienes cuenta en EL PAÍS, puedes utilizarla para identificarte
_

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_