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OPINIÓN

La sandalia

La sandalia del parlamentario se pone en el pie pero él la lleva en la mano. Esa dislocación es lo que la pone en el sitio del insulto

Uno tiende a estar de acuerdo consigo mismo, pero a veces exagera. El acuerdo total con lo que uno piensa o hace es el germen del desprecio al otro o al argumento del otro. Y el epítome dialéctico de esta tendencia del ego acostumbrado a decirse sí es la demagogia.

El colmo de esta tendencia a exagerar el acuerdo con uno mismo es la sandalia esa que hemos visto en el Parlament de Catalunya. El hombre que la blande está de acuerdo consigo mismo hasta tal punto que considera lícito servirse de tal calzado, que esgrime como un arma, para introducirse en la historia del otro y resumirla con el adjetivo con el que lo despide. Le dice: “Adiós, gánster”. Antes le ha preguntado si siente miedo. Es consciente, pues, de que puede amedrentarle, y herirle con sus gestos y palabras.

Usted es un gánster, le deja dicho. Se despide, pues, de un delincuente. O sea, él ya ha juzgado; el hombre que tiene delante no está allí en juicio ni el hombre que blande la sandalia es un juez, ni siquiera un fiscal; es un parlamentario; está allí ungido para que hable y escuche; entre los útiles que recibió cuando ocupó el escaño no está, seguramente, esa sandalia, y es improbable también que se le hayan procurado útiles distintos de los que cualquiera tiene en un pupitre.

Pero él se agrandó sobre sí mismo y decidió juzgar y amenazar. No me ha parecido bien. En realidad, no me parece bien ninguna clase de insulto; pero ahora parece que corre la especie de que el insulto es también una opinión. No es una opinión: es una agresión, aunque se haga sin sandalia. Quien insulta demuestra una estima muy alta de sí mismo; a partir de ahí no necesita información del contrario; si tiene público, además, recibirá de los otros que están con él, pues requiere aprobación, aplauso, la reverencia que se ofrece a los héroes autoimpuestos. Qué bien has estado, cabrón. Si el insulto contiene, además, alguna comprobación física (es que el tipo, además, es un enano, y mira cómo ha engordado, dale duro) para que la burla sea tan brutal como merece el contrario.

Por esa vía hemos llegado a la sandalia. Se ha estimulado ahora la sensación de que eso no se hace en un Parlamento, como si se pudiera hacer en la calle. Como si uno fuera por esos mundos con una sandalia en la mano para afear al taxista que te cobre de más o al panadero que te da un pan de la víspera. La sensación que a mí me produjo el hombre de la sandalia es la misma que me producen mis colegas, o yo mismo, cuando nos subimos al pedestal desde el que oteamos las falencias ajenas como si nosotros, el que escribe esta columna, otros que tienen igual privilegio, no hubiéramos recurrido a veces a la demagogia, con o sin sandalia; ¿somos perfectos incluso con la sandalia en la mano? La sandalia de este parlamentario es un objeto que se pone en el pie (qué cuento haría Cortázar de la sandalia fuera del pie), pero que él lleva en la mano. Esa dislocación de la sandalia es lo que la pone en el sitio del insulto. El hombre debería pedir disculpas y luego ponerse a buscar entre los papeles y las cifras el argumento que quería decir antes de que se decidiera por el nefasto argumento de la sandalia.

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