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La nueva musa latina

Escritora desde los 11 años. ‘Indie’ a la fuerza. Ha acompañado a estrellas como Shakira, Julieta Venegas y U2. Francisca Valenzuela emerge como nuevo talento iberoamericano. El Festival de Viña del Mar ha confirmado su vertiginoso ascenso.

Francisca Valenzuela posa durante su visita estival a Madrid en el mercado de Antón Martín. Ver fotogalería
Francisca Valenzuela posa durante su visita estival a Madrid en el mercado de Antón Martín.

Escasos minutos antes de subir al escenario, Francisca Valenzuela maquilla su lechosa y pulcra piel con sosiego. Enfrentarse a un público para el que, en su mayoría, ella es una desconocida, no la altera y conversa despreocupada con dos miembros de su grupo en los camerinos del Contraclub de Madrid. Las largas paredes rosas que la rodean se ocultan detrás de los carteles de noches de gloria pasadas, un sinfín de mensajes escritos a mano y listas de canciones de quienes allí se dejaron el alma. “Capaz que me arrepiento y cambio Run run [una canción de Violeta Parra] por Salvador en el último minuto”, comenta indecisa. “No, no, no”, le ruegan los ojos saltones y aterrados de Mauro Galleguillos, su batería, sentado en el sofá junto a ella. La selección de temas no evita, sin embargo, que una cortina de ruido flote durante parte del directo, algo impensable en Latinoamérica, donde la cantante se postula como uno de los talentos con mayor proyección nacional e internacional. Armada con un piano y letras que movilizan a las mujeres con su directo, la cantante nacida en San Francisco (Estados Unidos) cuenta a sus 26 años con un disco de platino en Chile (10.000 copias vendidas) y un segundo álbum que lo acaricia. Lo que comenzó con la publicación de dos libros siendo todavía una niña, hoy se traduce en miles de ventas, premios, dilatadas giras y la oportunidad de compartir escenario o abrir conciertos de figuras de talla mundial como Shakira o U2.

La inquieta y enérgica Francisca (Fran para los amigos) es la cuarta de los cinco hijos de una reconocida pareja de científicos: él, un investigador virólogo cofundador de la empresa biotecnológica Chiron Corporation y ganador del Premio Nacional de Ciencias Aplicadas y Tecnológicas de Chile 2002, y ella, una experimentada doctora en biología celular. Mitad chilena, mitad estadounidense, se educó en el colegio Park Day School de Oakland (California) y, bajo un techo inquieto, vivió la cultura desde su infancia de forma cercana. “Mis padres no son artistas, pero sí muy creativos. Nunca sentí que la cultura era menos respetada. La música no me la propuse, la exploré y nunca me frenaron”.

El nivel escolar y su entorno a caballo entre dos culturas pronto comenzaron a dar sus frutos. Con apenas 13 años, Francisca publicó Defenseless waters (Aguas indefensas), un libro de poesía en inglés con un prólogo de la superventas Isabel Allende. “A Estados Unidos le agradezco mi crianza porque no era raro que los niños fueran tan proactivos en sus proyectos, ¿cachai? [¿entiendes?]. Todos eran súper futbolistas, súper chelistas… A mí me decían: ‘Hay todo un mundo por explorar”, comenta con aspavientos, “pues cómo son los gringos”. Considerada como una especie de niña prodigio, este trabajo la condujo pocos meses después hasta los brazos de la reputada agente literaria Carmen Balcells, con quien editó su segundo libro: Abejorros/Madurar. “Allende me escribió en 1998 hablándome de Francisca, que entonces tenía 11 años, y ya escribía prosa, verso y canciones en español e inglés; en los informes de la agencia ya se decía que sus obras revelaban una mirada, unos recursos narrativos, una seguridad y una madurez muy superiores a lo habitual”, argumenta Balcells a través de un e-mail.

"“Tocar con U2 fue el surrealismo máximo. Yo creí que era algo que la prensa estaba armando”

En plena efervescencia creativa, la familia Valenzuela trasladó sus vidas a la capital chilena, donde Francisca pasa la mitad del año que no disfruta en Los Ángeles. En Santiago, la artista retomó las clases de piano clásico. Durante 10 años, figuras como Schubert compartieron estantería con bandas de pop, jazz, soul y rockabilly. “Era fanática de cantautoras poco conocidas que rozaban el estrellato como Liz Phair o Emm Gryner… Escuchaba a Sheryl Crow, Violeta Parra, harto Brad Mehldau, harto pianistas…”.

El “bicho del profesionalismo” picó a la cantante tras una breve estancia estival en la Berklee College of Music. Entonces decidió armar, como le encanta decir, una selección de cuatro temas, que le sirvieron para actuar en salas de Santiago de Chile como La Berenjena o la jazzera Thelonious. Aquí conoció al por aquel entonces director de un programa de radio Marcelo Aldunate. “Me apadrinó y enseñó todo. Dijo: ‘tienes que armar una banda, una demo, e ir a los sellos…’. Lo hice todo. Iba a la universidad entre semana, y el fin de semana, a tocar, tocar, tocar”. Con la ayuda de los rockeros Los Bunkers, Francisca se encerró en un estudio para grabar tres temas entre los que figuraba su primer gran éxito: Peces. En cuestión de meses, y tras una intensa divulgación en radio y redes sociales como MySpace, la cantante dio a luz Muérdete la lengua (2007), su primer trabajo de forma independiente. “Nadie me firmó. Fue así desde el principio. Después de que desaparecieran discográficas interesadas en mí quedé con cuello [con las ganas]”, explica gesticulando y torciendo el gesto, “fue súper decepcionante. Pensé: ¿cómo voy a hacer carrera sin discográfica?”. Cuatro años después, la cantante reeditó formato ante nuevas negativas y la volatilización de sellos con Buen soldado. Para ella, ser indie nunca fue una opción, sino una necesidad. “Hicimos una rueda de contacto con las discográficas a nivel internacional y no se llegó a nada. Los acuerdos eran tan leoninos… [se detiene para pensar]. Había cláusulas que para mí no se podían admitir. Ya tenía una experiencia independiente exitosa en Chile y no estaba dispuesta a sacrificar ciertas cosas”.

En el transcurso de su concierto en Madrid, el piano melódico y pegadizo de Francisca amansa al público durante el recital. Respaldada por Galleguillos y el teclista Martín Benavides, su interpretación transcurre entre la delicadeza en las canciones más sentimentales y un derroche de energía en aquellas con mensajes feministas. La atención de la audiencia al final de la noche es total.

Gracias a LAs melodías, que ha presentado este verano en España, Francisca y sus cuatro acompañantes han disfrutado de largas giras por Latinoamérica y Europa. A ambos lados del charco, el quinteto puede presumir además de haber participado en la celebración del 200 cumpleaños de Chile en el teatro de Pompeya (Roma), tocar con el fenómeno mexicano Café Tacvba o de cantar One tree hill con U2 en el estadio Nacional de Santiago. “Fue el surrealismo máximo. Salía de un taller de la universidad y me llamaron de la discográfica Universal para hacer algo con ellos. Creí que era algo que la prensa estaba armando. Me llevaron al estadio y entra Bono, y yo con la mochila en la mano. ‘Hola, señor Bono’; ‘Gracias por venir en such short notice [con tan poco tiempo de aviso, se le escapa en spanglish]”. Una sonrisa cubre su cara y las palabras no logran salir de su garganta al evocar el momento. “Esta gente, que está en la cúspide de su éxito, tiene soltura y relajo. Son humanos y cercanos”.

Pero Francisca no se ciñe a la música. Junto al lanzamiento de una línea de ropa para la firma Foster, la chilena participa activamente en la lucha por los derechos sociales de los homosexuales. “Me interesaba como ciudadana y lo perseguí cuando estudiaba periodismo. También existe un problema en la desregularización de las universidades. Hay que eliminar el lucro y que haya una educación pública, gratuita, de alta calidad e integrada”.

Esta defensa es, sin embargo, un espejismo para Marcelo Contreras, crítico musical del diario chileno La Tercera. “Es parte del paquete de los artistas pop. Es un producto muy bien manufacturado con conocimientos de música notorios por el dominio del piano, guitarra y voz, pero es consciente de la imagen”, argumenta al teléfono.

Al tercer disco parece quedarle poco tiempo de cocción, y Francisca anuncia un tanteo por nuevos terrenos. “Es el desafío de hacer algo que no he hecho: algo fun, fun, fun [divertido], más libre y positivo. Aparecerá el inglés, pero de forma complementaria”. El nuevo álbum supone además el reto de la consagración de una estrella que aún puede crecer más. “Todo indica que debería estallar, dar un salto mayor, pero para eso tendrá que hacer algo más bailable. Le falta algo de nervio y espontaneidad para romper porque está todo sobrecalculado”, opina Contreras.

La verborrea y velocidad a la que huyen las palabras de la coqueta cantante forman parte de una personalidad que atrapa. Cinco minutos a su lado bastan para sentir que uno la conoce desde hace varios años. Con la bonhomía del artista más desconocido, Francisca se muestra optimista y poseedora de una honda paciencia. ¿Que se retrasa la sesión fotográfica? No pasa nada. ¿Que la tecnología traiciona y la cámara deja de funcionar? “Pues vamos a comer”. Nada le arranca una mala palabra o un mal gesto. “Ojalá el próximo año venga una temporada a España con el lanzamiento del disco”.

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