¿Y si el calimocho fuera lo más?
La especialista en bebidas del 'New York Times' se rinde al calimocho y lo califica de "maravillosamente refrescante"


Qué semana, de verdad. Estoy pasando más miedo que si me hubieran mandado a explorar más-allá-del-Muro en Juego de tronos. Primero, la comparecencia de Florentino Pérez, cuya serenidad de padrino me produce escalofríos. Luego, la entrevista a José María Voldemort Aznar, que volvió de las sombras acompañado de sus mortífagos Paco Marhuenda y Gloria Lomana. Y de postre, la noticia de que en una pastelería de EE UU la ingeniería genética ha creado un monstruo capaz de destruir a la humanidad: el cronut, híbrido de cruasán y donut.
Por si no fueran suficientes sobresaltos, acabo de ver en el New York Times una noticia sobrecogedora. Siendo sincero, me la ha mandado mi amigo tuitero Julen Robles, que tampoco soy yo de los que se leen de pe a pa la susodicha biblia del periodismo. Su titular reza: Wine and cola? It works. Es decir, ¿Vino y coca-cola? Funciona. Se trata de una loa al calimocho escrita por una especialista en bebidas del diario, Rosie Schaap, que afirma desmelenada: “Su efecto es sorprendentemente sangriesco sin todo el rollo de cortar las frutas y esperar, y maravillosamente refrescante”.
Schaap sabe cuán arriesgadas son sus afirmaciones: “Algunos consideran el calimocho un placer culpable; he recibido más de una mirada escéptica cuando lo he pedido en bares en Nueva York”. Normal. Pero ella ha decidido resistir a la presión social: “Yo no siento ni un ápice de arrepentimiento cuando bebo este clásico del País Vasco”. No contenta con salir del armario calimochero, termina dando la receta del elixir a sus compatriotas: mitad cola, mitad vinacho, más el toque finolis del chorrito de zumo de limón.
¿Se dan cuenta del alcance de este asunto? El periódico más influyente del mundo ha bendecido nuestra bebida más zarrapastrosa. Si me lo cuentan en las fiestas de Bilbao de 1984, cuando mis ojos adolescentes vieron cómo en las txoznas lo preparaban en barreños gigantes para servirlo horas después reposado y probablemente fermentado, no me lo creo. Y si se lo cuentan a los cracks que renombraron el “Rioja libre” para convertirlo en la bebida oficial de la muchachada borrachuza, se preguntarán por qué no patentaron la idea.
En cualquier caso, no sé qué me da más pavor del éxtasis del Times ante el calimocho: que se estén equivocando al promover una guarrerida española, con el consiguiente daño a nuestra maltrecha imagen internacional, o que nos hayamos equivocado nosotros despreciando como vulgar una invención genial.
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