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EDITORIAL

Libia, un año después

Es imposible un Estado viable sin desmantelar la plétora de milicias que imponen su ley

Trípoli, la capital de Libia, y muchas otras ciudades y pueblos son hoy feudos de cientos de grupos armados sobre los que las autoridades libias tienen poco o ningún control. El propio Ejército nacional es, en este alarmante paisaje, poco más que otra milicia. El Gobierno provisional designado en noviembre pasado, paralizado por rivalidades personales y regionales, se ha mostrado hasta ahora incapaz de imponer su autoridad sobre estas milicias, abiertamente aborrecidas por los ciudadanos ordinarios, que constituyen la más abierta amenaza a la emergencia de Libia como un Estado de derecho. Tampoco ha conseguido instaurar un marco policial o judicial digno de tal nombre que impida las numerosas y flagrantes violaciones de los derechos humanos después de la guerra. Y EE UU y Europa, tras su intervención militar, parecen desentenderse.

Las detenciones arbitrarias y la tortura están a la orden del día a cargo de quienes ejercen a la vez de policías, jueces y verdugos. Miles de partidarios de Gadafi, la ONU los cifra en 8.000, permanecen secretamente detenidos por los milicianos. Uno de esos grupos armados, que controla también el aeropuerto de Trípoli, mantiene preso en su feudo sureño a uno de los hijos de Gadafi, Seif al Islam, con el propósito de obtener prebendas del Gobierno, que pretende juzgarlo en Libia y que asegura que será llevado a Trípoli cuando esté acabada la cárcel adecuada.

Gadafi se encargó de gobernar Libia sin construir un mínimo Estado que pudiera suponer un límite a su poder omnímodo. Un año después, Libia carece de los atributos que permiten funcionar a un Estado, se trate de un Ejército nacional, un aparato de seguridad o una embrionaria justicia. El caos y la inseguridad actuales no solo comprometen decisivamente su reemergencia como potencia petrolífera. En el corto plazo proyectan además una sombra más que inquietante sobre las elecciones previstas en junio para la Asamblea Nacional, que deberá redactar una Constitución. Esos comicios, que por primera vez anticipan una plétora de partidos políticos, deben sustanciar, como en el caso de sus vecinos Túnez o Egipto, la cuestión acuciante de la legitimidad del poder en el convulso país árabe. Pero la indispensable seguridad para la celebración de elecciones libres y representativas parece muy lejana hoy en Libia, con cientos de milicias rivales de gatillo fácil compitiendo por una parcela de poder.

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