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Desigualdad
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La dimensión local del bienestar

Las personas con mayor capital humano tienden a congregarse en las grandes ciudades, donde sus rendimientos son más altos

La dimensión local del bienestar
Diego Mir

Los grandes cambios económicos sucedidos en las últimas décadas han tenido un impacto desigual sobre las distintas áreas geográficas que forman el territorio español. Mientras en algunas zonas rurales y áreas metropolitanas pequeñas y medianas que antes eran prósperas ahora hay pérdidas de empleo y un lento crecimiento de la renta, en las grandes áreas metropolitanas el comportamiento ha sido más dinámico. Los cambios demográficos también han sido de diferente alcance en los distintos espacios y han llevado a diferencias de casi diez años en la edad media de la población entre algunas provincias.

Estas transformaciones han dado lugar a un aumento de las disparidades en los indicadores de desigualdad y bienestar cuando se miden tomando como referencia la perspectiva municipal. El VI Informe sobre la desigualdad en España, de la Fundación Alternativas, ha puesto cifras al alcance de estas diferencias. Los indicadores de mayor bienestar, medido en términos de renta, salud, educación y mercado de trabajo, se encuentran, sobre todo, en municipios de las provincias de Madrid y Barcelona, junto a otros situados en el País Vasco, algunos en Galicia y casos aislados, como las ciudades de Zaragoza o Logroño. La mayoría de las localidades con valores inferiores al promedio se sitúan en el sur peninsular y Canarias.

Estos indicadores no siempre se corresponden con un reparto de la renta más igualitario. La desigualdad en las grandes ciudades es muy superior a la de las zonas rurales. En el mapa municipal de la desigualdad en España sobresalen, por sus altos valores, el municipio de Madrid y su entorno, buena parte de las áreas del litoral mediterráneo y las islas, mientras que lo contrario sucede en la mayor parte de la cornisa cantábrica.

Tales resultados invitan a reflexionar sobre las razones del aumento de estas disparidades. La llamada nueva geografía económica ha proporcionado diferentes líneas teóricas para entender las relaciones entre los procesos económicos y sus efectos sobre las diferencias económicas territoriales. Un aspecto fundamental es cómo influye la ubicación de las empresas y de los trabajadores en el acceso a los grandes mercados. Cuando coinciden ambos flujos, se produce un proceso acumulativo de aglomeración en determinadas zonas que se corresponde con el vaciamiento de otras. En el primero de esos casos, esta concentración crea un gran mercado, que hace que la ubicación sea rentable para las empresas, a la vez que su llegada aumenta los salarios, lo que facilita que localizarse allí también resulte atractivo para los trabajadores.

Estas explicaciones no agotan la relación de determinantes de los cambios en la desigualdad y el bienestar en las distintas áreas. Existe una gama más amplia de elementos que dan forma al paisaje económico, especialmente algunos más difíciles de modelizar, como los de naturaleza social, institucional y cultural. Es particularmente compleja la identificación de los factores que explican la desigualdad cuando la perspectiva del análisis es más local.

Por un lado, la desigualdad en las grandes áreas urbanas ha aumentado sensiblemente en las últimas décadas. Esto ha hecho que mientras que la relación entre la renta y la desigualdad, ya sea tomando países, regiones u otra referencia espacial, se ha vuelto menos clara, sin evidencia de que en las zonas más ricas la desigualdad sea menor, la relación entre esta y el tamaño de la localidad resulta cada vez más estrecha, con mayores diferencias de renta en las áreas de mayor población.

España no es una excepción a la tendencia de aumento de las diferencias de renta en las grandes ciudades, generalizándose ese proceso desde el comienzo del siglo XXI y con crecientes bolsas de pobreza en estos espacios. Las personas con mayor capital humano tienden a congregarse en grandes ciudades, donde sus rendimientos son mayores y donde hay empresas más productivas que pagan mayores salarios. Existen, además, otras características relevantes para explicar las diferencias entre las grandes áreas urbanas y el resto, como el porcentaje de población inmigrante o el de determinados tipos de hogares, como los monoparentales, mayores en esas áreas urbanas. Por otro lado, las áreas rurales no están exentas de riesgos importantes. Algunas de sus características producen trampas espaciales de pobreza: una baja dotación de capital físico, social y humano reduce su capacidad de crecimiento.

En cualquier caso, la dicotomía entre lo rural y lo urbano no refleja completamente la diversidad de situaciones relacionadas con las desigualdades económicas y el lugar de residencia. Existe una heterogeneidad sustancial dentro de ambos espacios, que pone en entredicho algunas de las políticas que tratan de mejorar el bienestar mediante políticas de cohesión territorial. Mientras que el grueso de las ganancias del crecimiento económico se concentra en las ciudades más grandes y parte de las áreas rurales siguen recibiendo fondos de cohesión, hay un segmento amplio de territorios que se beneficia poco de unos y otros flujos. Esta realidad explica parte de la creciente ola de descontento que afecta a muchas áreas vulnerables.

Para mejorar el bienestar en esas áreas, no son suficientes las políticas que ponen el punto de mira en los territorios más que en las personas que residen en ellos. Las políticas redistributivas tradicionales tienen un impacto mayor sobre las desigualdades intraterritoriales que las dirigidas a promover el desarrollo social. La complejidad de los procesos citados aconseja más una combinación de ambos tipos de políticas que contraponer las basadas en los lugares a las que lo hacen en las personas.

Esa combinación parece especialmente necesaria en las áreas en las que la creciente acumulación de desventajas está provocando efectos severos en el largo plazo, que pueden exacerbar los desafíos intergeneracionales, económicos y sociales. El análisis de indicadores de bienestar locales que van más allá del nivel de renta y su reparto, cada vez más necesario, revela que persiste en España un número importante de localidades con niveles de bienestar muy bajos. A su necesaria identificación deberían seguir intervenciones públicas globales que den respuesta a desafíos sociales y económicos tan complejos.

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