Una guerra fría económica que empieza a cristalizar

La retirada geoestratégica y el gasto centrado en Estados Unidos ofrecen a China una oportunidad única de ser la gran superpotencia

El presidente de EE UU Joe Biden se fotografía con sus seguidores en Pensilvania el pasado julio.
El presidente de EE UU Joe Biden se fotografía con sus seguidores en Pensilvania el pasado julio.Adam Schultz (Adam Schultz / Avalon / Contacto)

En La tormenta que se avecina, el primer ministro británico Winston Churchill (1874-1965) escribe una de esas máximas únicas: “Los hechos son mejores que los sueños”. El sueño americano ha terminado. Joe Biden dejó claro en Afganistán que la política exterior servirá solo a los intereses del país. Francia se ha dado cuenta hace poco. La presencia militar irá reduciéndose. Y el esfuerzo social y económico se destinará a enfrentar la emergencia climática, la inequidad y la modernización de las infraestructuras. En Siria ya le ha dejado el campo abierto a Rusia e incluso Israel busca nuevos aliados. Y el enemigo económico, porque Estados Unidos siempre ha tenido una idea hegeliana de su existencia, será, claro, China. “El país lleva algún tiempo en declive económico frente a las naciones asiáticas en particular”, reflexiona Dani Rodrik, profesor de Economía en la Universidad de Harvard. “Pero la competencia con China ha alcanzado nuevas cotas en los últimos años y determinará el futuro orden o desorden internacional”, prevé. O existe un entendimiento en temas como el control del cambio climático y la garantía de un régimen comercial o habrá “una nueva guerra fría económica”.

Este año, el PIB chino representará el 75% frente al de Estados Unidos, pero durante 2026 será un 89%. La “amenaza” resulta fácil de entender. Durante la Guerra Fría, la riqueza de la URSS apenas suponía el 46% de la estadounidense. “El empuje de China como poder económico y geopolítico es quizá el gran problema que afronta el país esta década y la siguiente”, revela el senador republicano Mitt Romney en The New York Times. En enero pasado lo dejó claro: “Nosotros innovamos, ellos roban la innovación. Nosotros jugamos de acuerdo a las reglas, ellos juegan con las suyas propias”.

Si en aquellos años de posguerra el centro era el átomo, hoy es la tecnología. Y ese sentido muy americano de que su nación —Estados Unidos creció un 6,6% en el segundo trimestre de 2021— gira alrededor del Sol. “Existe un interesante contraste entre la polarización política del país y su dinamismo en el sector empresarial”, aprecia Joseph S. Nye, decano emérito de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de Harvard y ex secretario de Estado de Defensa con Clinton. “Estados Unidos sigue produciendo más unicornios [empresas emergentes valoradas por encima de 1.000 millones de dólares] tecnológicos que ningún otro país”. Ese es el nuevo himno económico. “La idea de que seamos la referencia en la vanguardia tecnológica no resulta una cuestión bipartidista. Es como la defensa en los antiguos días”, advierte Chuck Schumer, líder de la mayoría demócrata del Senado.

La congresista californiana Ro Khanna ha propuesto una partida de 100.000 millones de dólares (85.200 millones de euros) los próximos cinco años para investigación en computación cuántica, robótica y biotecnología. No solo en Silicon Valley, sino también en universidades como las de Wisconsin o Míchigan, adelantando un cierto sorpasso a la bahía de San Francisco.

Pulso comercial

En 1988, Biden ya hablaba de “una nueva era de economía nacionalista estadounidense”. En los pasillos de Washington existe un sentimiento de que urge cambiar la política comercial. Esto afecta a la industria española. ¿Por qué importar, por ejemplo, aerogeneradores cuando se pueden fabricar en casa? Dependerá de la velocidad de la implantación. Si urge, tiene más sentido comprarlos fuera. El lugar, da igual. De lo contrario, las renovables españolas sufrirán. La secretaria del Tesoro, Janet Yellen, tiene un lenguaje muy preciso sobre este tema: “La tendencia a las globalizaciones se ha transformado en pérdidas para los trabajadores. El objetivo es [reducir] la inequidad y los bajos salarios tienen mucho que mejorar”.

Unos 400.000 millones de dólares irán a fabricar equipos estadounidenses y 300.000 millones a I+D. Todo esto forma parte de la agenda Build back better. No resulta casual que los primeros encuentros de alto nivel de Biden en su transición fueran con Mary Barra, consejera de General Motors, y con Rory Gamble, hasta junio, presidente del sindicato United Auto Workers. El vehículo eléctrico circula por el centro de la autovía política. ¿Y los historiadores? “Si hiciera las matemáticas vería que todavía hay cuatro grandes economías mundiales: Estados Unidos, China, Japón y la Unión Europea. Igual que hace dos décadas. Solo que China sube y sube. Pero no han cambiado las relaciones entre América y Europa o Japón. Lo que todo el mundo mira es a Estados Unidos. ¿Se convertirá el país asiático en nada o empujará al dólar fuera de sus dominios?”, se pregunta Paul Kennedy, historiador británico de la Universidad de Yale.

Muchos economistas sostienen que el llamado “shock chino” es una anormalidad histórica. Un país muy pobre que tiene una intensa industrialización en solo una década. “Creo que puede haber una coexistencia económica pacífica. Pero, por desgracia, Biden está en el mismo camino que Trump al exagerar la amenaza china para los intereses vitales de Estados Unidos”, observa Dani Rodrik. Desde luego, el gigante asiático persigue el jaque: ¿mate? Su programa Made in China 2025 (robótica, vehículos eléctricos, biotecnología) quiere controlar la tecnología de vanguardia. De ese miedo, y de esa idea de que compañías como la estatal Chinese Airlines están recibiendo, acorde con Yellen, “ayudas ilegales”, ha estallado la guerra de los microchips. Las células nerviosas de la tecnología de nuestro tiempo. “Estados Unidos ha restringido el suministro a algunos fabricantes chinos, mientras China —el mayor consumidor de microprocesadores— quiere ser autosuficiente”, resume David Höhn, socio responsable de Transaction Services de KPMG en España.

Y mientras el país vierte sus problemas a un océano de distancia, ignora que los más graves habitan dentro. La población ha crecido a su segunda menor tasa en la última década desde la fundación de la nación. La bajada de los inmigrantes y el descenso de la fertilidad (casi un 20% desde su máximo en 2007) provocan que cada vez haya menos trabajadores activos para pagar las pensiones. Y la carga recae sobre las generaciones más jóvenes. Todo el mundo, menos la Administración, parece saberlo. “El crecimiento de la población es uno de los motores económicos del desarrollo económico a largo plazo”, alerta Oren Klachkin, economista jefe para EE UU de Oxford Economics. Y agrega: “Una demografía envejecida reducirá el crecimiento del país”. China también envejece, pero no a esa velocidad, no a esos niveles. Vivimos una década en la que EE UU ha ignorado La tormenta que se avecina dentro y fuera de casa.

Militarización

Hay tantos libros que auguran la pérdida, la caída o la demolición del poder económico de EE UU que casi constituyen un género literario. El país, a pesar de su poderío, lleva tiempo deshilvanándose. Las profundas fracturas políticas que ahora resultan tan evidentes jamás estuvieron lejos de la superficie. Sus ciudadanos se han matado entre ellos y varios presidentes han sido asesinados. Cómo no vamos a ir, según Emilio Ontiveros, presidente de AFI (Analistas Financieros Internacionales), “hacia una globalización que cada vez destinará más dinero a gastos militares”. Al fin y al cabo, en esta desoccidentalización de la economía mundial, “América siempre ha tenido un éxito enorme en el poder duro”, recuerda Federico Steinberg, investigador principal del Real Instituto Elcano. ¿El coste de la guerra? Desde 2001 ha gastado dos billones de dólares en Irak y Afganistán. ¿La pérdida de vidas?, no caben en un Excel.

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