¿Quién decidió que la ciencia no era para ellas?
La brecha de género no empieza en la universidad, sino mucho antes: en la escuela, en la escasez de referentes y en los mensajes que empujan a muchas niñas a descartarse antes de tiempo


Imagina despertar en un mundo sin wifi, sin vacunas, sin test de ADN o sin órbitas trazadas hacia la luna. Un mundo donde el código informático nunca nació porque Ada Lovelace jamás escribió la primera línea. Donde la estructura del ADN sigue siendo un enigma porque Rosalind Franklin nunca fotografió su doble hélice. Donde nadie calculó con precisión el viaje de los astronautas porque Katherine Johnson no rompió barreras en la NASA. Donde no existen pruebas PCR ni fecundación in vitro, porque Margarita Salas no desarrolló su polimerasa revolucionaria ni Anna Veiga ayudó a nacer al primer bebé probeta de España.
Sería una realidad más lenta, más enferma, más desigual. Sin la radiactividad de Marie Curie, sin las investigaciones sobre envejecimiento y cáncer de María Blasco, sin los avances en neurobiología de Mara Dierssen o sin las aplicaciones médicas de Piedad de la Cierva. Todo ello podría haber pasado si ellas no hubieran existido nunca. Por eso, cada vez que una niña duda si puede ser científica, la pregunta es otra: ¿podemos permitirnos una ciencia sin su mirada?
Mariana tiene 13 años, vive en Valencia y no sueña con cambiar el mundo desde un laboratorio. Le gusta el deporte, se le dan bien las matemáticas, dibuja, canta y, como casi todas las chicas de su edad, aún no tiene claro qué quiere ser de mayor. Hace un par de años, cuando estaba en sexto de Primaria en el CEIP Camí de L’Horta, en Benimàmet (Valencia), participó con sus compañeros en el programa Girls4STEM, una iniciativa de la Universidad de Valencia: entrevistaron a Maribel Cubel, ingeniera informática; prepararon preguntas; compusieron una canción sobre su vida y la subieron a YouTube, ganando un premio por ello. No recuerda todos los detalles técnicos, pero sí la sensación: “Fue una experiencia muy bonita”, resume. Y añade algo que, sin saberlo, condensa el sentido de muchas iniciativas educativas: “Si me propongo algo, puedo hacerlo”.
Historias como la de Mariana explican por qué, cada 11 de febrero, el calendario vuelve a marcar el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. No como una efeméride simbólica, sino como un recordatorio incómodo: a pesar de los avances, la brecha de género en las disciplinas científicas y tecnológicas sigue abriéndose demasiado pronto. No aparece en la universidad ni en el mercado laboral, sino mucho antes, cuando las niñas empiezan a interiorizar que quizá no valen para las ciencias, que son demasiado difíciles o que no encajan con la idea que tienen de sí mismas.
Y ahí es donde entran en juego los referentes. No los nombres históricos que llenan los libros de texto, sino mujeres reales, actuales y cercanas, que trabajan hoy en ciencia, tecnología, ingeniería o matemáticas y que se sientan frente a una clase para responder preguntas. Verlas, escucharlas y hablar con ellas puede marcar la diferencia entre descartar una opción o mantenerla abierta. Antes de decidir qué estudiar, muchas niñas ya han aprendido qué no es para ellas. Y eso, como demuestra la experiencia de Mariana, no siempre tiene que ver con la capacidad, sino con las oportunidades —o la falta de ellas— para imaginarse en ese lugar.
Cuando empieza la brecha: el momento en que muchas niñas dejan de verse capaces
La brecha de género en las ciencias no aparece de golpe ni se manifiesta, de entrada, en forma de decisiones académicas. No empieza cuando hay que elegir carrera y ni siquiera cuando toca optar por un bachillerato u otro. Empieza antes, mucho antes, en edades en las que aún no se habla de vocación pero sí de autoestima, de expectativas y de la idea —a veces invisible— de quién encaja y quién no en determinados ámbitos del conocimiento.
La evidencia científica lleva años señalando ese punto de inflexión. A partir de los seis u ocho años, muchas niñas comienzan a percibirse a sí mismas como menos capaces para las ciencias, especialmente para aquellas disciplinas asociadas al esfuerzo intelectual, la abstracción o el error. No es una cuestión de resultados académicos —ya que las niñas suelen rendir igual o mejor—, sino de cómo interpretan esos resultados y de lo que esperan de sí mismas.
“Lo que muestran los estudios es que, a partir de esa edad, muchas niñas empiezan a pensar que no son lo suficientemente inteligentes para determinadas áreas, especialmente las matemáticas y las ingenierías”, explica Silvia Rueda, coordinadora del programa Girls4STEM. “A eso se suma una idea muy arraigada socialmente: que la ciencia es difícil, que es solo para personas brillantes y que equivocarse es una señal de que no vales. Esa combinación genera una ansiedad enorme, que en las niñas es mayor que en los niños, y hace que se vayan alejando de esos ámbitos incluso antes de planteárselos como una opción real”.

Ese alejamiento temprano no suele ser consciente. No hay una renuncia explícita, sino un descarte silencioso que se va consolidando con el tiempo. Cuando llega el momento de elegir, muchas decisiones ya están tomadas sin haberse verbalizado nunca.
Desde la experiencia institucional, Alicia Izquierdo, concejala del Ayuntamiento de Málaga y responsable del proyecto Leadingirls, lo observa con claridad en el trabajo con adolescentes: “Las niñas tienen un nivel de autoexigencia mucho más alto. Cuando se enfrentan por primera vez a una asignatura científica y no les sale perfecta a la primera, tienden a interpretar que no son buenas en eso. Los chicos, en cambio, suelen tolerar mejor el error y continúan”, señala la edil, que también es ingeniera de Telecomunicaciones. “Por eso insistimos tanto en que el problema no es la falta de interés, sino cómo interiorizan el fallo y cómo se les ha enseñado a leerlo”.
Ese mecanismo explica por qué muchas chicas se sienten más cómodas en disciplinas donde el propósito es inmediato y visible, como las ciencias de la salud o el ámbito social, y más ajenas a otras áreas científicas o tecnológicas cuyo impacto cuesta más identificar a primera vista. No porque no les atraigan, sino porque no encuentran en ellas un lugar en el que reconocerse.
“Cuando no ves a nadie que se parezca a ti, que tenga una vida normal y que se dedique a esto, es muy difícil imaginarte ahí”, apunta Rueda. “Si los únicos referentes que aparecen son figuras extraordinarias, casi míticas, el mensaje implícito es: ella sí, pero tú no. Por eso es tan importante llegar antes de que esa idea se solidifique y poner delante referentes reales, cercanos, personas normales que hacen ciencia y tecnología en su día a día”.
La brecha, por tanto, no se construye solo con estereotipos explícitos, sino con pequeños mensajes acumulados: quién levanta la mano en clase, a quién se anima a seguir insistiendo, cómo se explica el error o qué modelos se visibilizan y cuáles no. Cuando esas señales se repiten, el margen de elección se estrecha sin que nadie lo perciba.
“Si las niñas y los niños crecieran sin esos prejuicios y sesgos, lo lógico sería que encontráramos una distribución mucho más equilibrada en las profesiones científicas y tecnológicas”, resume Rueda. “No se trata de imponer vocaciones, sino de eliminar las barreras que hacen que muchas niñas ni siquiera se planteen esas opciones como posibles”.
Percibir la magnitud del problema pasa, en cualquier caso, por comprender que no se trata de una percepción aislada ni de un problema local. A escala global, las mujeres representan solo alrededor de un tercio del personal investigador y aproximadamente una quinta parte de los empleos STEM en los países más industrializados. La brecha no es anecdótica ni estructural, y se reproduce con patrones muy similares en contextos distintos. Cuando una niña empieza a dudar de si la ciencia es para ella, no lo hace en el vacío, sino dentro de un sistema que lleva décadas empujando en la misma dirección.
El poder de los referentes (y por qué Marie Curie no basta)
La importancia de llegar a tiempo explica también por qué muchas de las iniciativas que tratan de reducir la brecha de género en la ciencia ponen el foco no tanto en los contenidos como en las personas. En mostrar quién está detrás de la bata, del algoritmo o del laboratorio. No se trata solo de explicar qué es la ciencia, sino quién puede hacerla hoy, porque la ausencia de referentes no es neutra: también educa, aunque sea en silencio.
“Cuando una niña entrevista a una científica, cambia la mirada”, esgrime Rueda. “Deja de ver la ciencia como algo abstracto o inaccesible y empieza a entender que hay personas normales y corrientes que se dedican a esto; mujeres que tienen una vida parecida a la suya, con aficiones, dudas y trayectorias no lineales. Eso rompe de golpe muchas ideas preconcebidas”. En el caso de Girls4STEM, ese contacto no es pasivo: son las propias alumnas quienes preparan las preguntas, investigan previamente el perfil de la profesional que van a conocer y construyen después un relato sobre su trabajo. “No es una charla que escuchan y olvidan al día siguiente. Es un proceso que se alarga en el aula y que implica también al profesorado y a las familias”, explica.
Aquí, la diferencia entre escuchar y participar es clave. No solo para generar interés, sino para cambiar la forma en que las niñas se relacionan con el error, con la dificultad y con la idea de excelencia. “Si el único modelo que conocen es el de la científica excepcional, la que parece haber nacido sabiendo, el mensaje implícito es muy excluyente”, apunta Rueda. “En cambio, cuando conocen a alguien que les cuenta que dudó, que se equivocó, que no lo tuvo claro desde el principio, la ciencia deja de parecer un club reservado para unas pocas”.
No siempre hubo esos referentes. Sara Martín Frechina, ingeniera telemática y voluntaria de Girls4STEM, recuerda que su relación con la ciencia fue “positiva, pero bastante solitaria en cuanto a referentes”. Le gustaban las asignaturas científicas, pero no tenía modelos femeninos visibles a los que mirar. Ahora participa en talleres precisamente para acortar esa distancia. “Cuando tienen referentes cercanos y un entorno que las anima, su confianza crece muchísimo”, señala.
Ese mismo enfoque es el que inspira Leadingirls, el programa impulsado desde el Ayuntamiento de Málaga que conecta a chicas de secundaria, bachillerato y formación profesional con empresas y profesionales del ámbito tecnológico y científico. Desde esa experiencia, Izquierdo insiste en que el problema no es la falta de capacidad, sino la dificultad para identificar el sentido de determinadas disciplinas: “Muchas chicas se mueven por propósito. Necesitan ver para qué sirve lo que están aprendiendo, qué impacto real tiene en la vida de las personas”, explica. “La tecnología y la investigación se han contado durante mucho tiempo como algo frío, abstracto e incluso aislado de la sociedad. Y eso aleja”.
En los talleres de Leadingirls, ese propósito se hace visible a través de ejemplos concretos, desde ciberseguridad hasta inteligencia artificial, robótica, realidad virtual o emprendimiento tecnológico. “Cuando entienden que la tecnología mejora la vida de las personas, que tiene una aplicación social clara, el interés aparece”, señala Izquierdo. “Y también es importante que vean que no tienen que renunciar a ninguna parte de su identidad para dedicarse a esto. Que se puede ser científica, ingeniera o tecnóloga sin dejar de ser quien eres”.
La cercanía, el contexto y la diversidad de los modelos que sirven como referentes importan tanto como los contenidos. Porque, antes de elegir qué estudiar, muchas niñas ya han aprendido a cerrar opciones. Y revertir ese descarte temprano pasa, en gran medida, por ampliar el imaginario de lo posible. No diciéndoles qué deben ser, sino mostrándoles todo lo que podrían llegar a ser. Mostrar quién hace ciencia hoy y cómo lo hace no garantiza elecciones futuras, pero sí evita descartes tempranos. Y eso, cuando hablamos de brecha de género, ya es mucho.

Cuando la tecnología también va de cuidar
Una de las razones por las que muchas chicas se alejan de la tecnología tiene menos que ver con la dificultad real de estas disciplinas que con la imagen que se proyecta de ellas. Durante años, profesiones como la informática, la ciberseguridad o la ingeniería se han contado desde un imaginario estrecho: solitarias, frías, abstractas o desconectadas de la vida cotidiana. Un relato que no solo es inexacto, sino que deja fuera a quienes buscan en su trabajo un sentido social claro.
“Durante mucho tiempo, la ciberseguridad se ha contado muy mal”, explica Ángela García, técnica del teléfono 017 del Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE). “Se ha asociado a la figura del encapuchado vestido de negro, encerrado en su cuarto, sin vida social. ¿Cómo van a imaginarse ahí las niñas cuando sean mayores?”. La realidad, subraya, es muy distinta. “La ciberseguridad va de ayudar, de prevenir, de proteger a las personas que están al otro lado de la pantalla. Cuando entienden eso, el interés aparece de forma natural”.
Esa idea conecta directamente con lo que observan muchas de las iniciativas educativas centradas en vocaciones STEM: no es que falte curiosidad, sino lenguaje. Falta explicar para qué sirve la tecnología y a quién beneficia. En el servicio Tu Ayuda en Ciberseguridad, recuerda García, esa dimensión humana es central: “No solo resolvemos incidentes técnicos, sino que acompañamos, orientamos y nos ponemos en el lugar del usuario. Muchas veces el problema no es la tecnología, sino si la persona va a entenderla y utilizarla correctamente. Esa mirada marca la diferencia”.
También su propio recorrido profesional ayuda a desmontar estereotipos. “Siempre me gustaron las matemáticas, pero también necesitaba desarrollar una parte creativa. Durante mucho tiempo pensé que, al especializarme en ciberseguridad, estaba renunciando a eso”, cuenta. Y terminó por descubrir justo lo contrario: un campo en el que conviven rigor, análisis, lógica y creatividad, y en el que no hay una única forma de encajar.
Ese mensaje —que la tecnología no es una caja cerrada ni un territorio reservado— resulta especialmente relevante en edades tempranas, cuando muchas niñas empiezan a preguntarse, como Mariana, si aquello que les despierta curiosidad “es lo suyo” o no. “La inseguridad no es una señal de que no valgan”, insiste García. “Es normal. La curiosidad ya es un punto de partida enorme. Y aquí también hay sitio para ellas”.
Cuando llegar no basta
Las cifras no solo describen una brecha persistente; también explican por qué cuesta cerrarla. Por ejemplo, aunque la presencia de mujeres en la universidad ha crecido de forma sostenida en las últimas décadas, ese avance no se traduce de manera automática en una mayor representación en las áreas STEM más tecnológicas ni en los niveles más altos del sistema científico. A medida que se avanza en la carrera investigadora o profesional, la proporción femenina se reduce, especialmente en los espacios donde se concentran el poder, el reconocimiento y la toma de decisiones.
Estos desequilibrios no solo tienen que ver con cuántas llegan, sino con qué ocurre cuando lo hacen. A ese fenómeno se lo conoce como Efecto Matilda: la tendencia histórica —y persistente— a invisibilizar, minimizar o atribuir a otros los logros de las mujeres científicas. No es un problema del pasado sino un sesgo que, según numerosos estudios, sigue presente en ámbitos como la autoría de artículos científicos, el acceso a financiación o el reconocimiento del mérito. Llegar no siempre significa ser vista; destacar no siempre garantiza ser reconocida.
Esa cara menos visible del sistema científico es también la que retrata el documental Picture a Scientist, que pone el foco en las barreras que muchas investigadoras encuentran a lo largo de su carrera: desde la discriminación cotidiana hasta el acoso o la penalización por salirse de los moldes establecidos. Su impacto fue precisamente ese: desmontar la idea de una meritocracia neutral y mostrar cómo la desigualdad se reproduce incluso en entornos que se perciben como objetivos.
La brecha, en definitiva, no se cierra solo despertando vocaciones; también exige revisar las reglas del juego cuando esas vocaciones llegan, crecen y reclaman espacio. Porque el talento está ahí desde el principio; lo que sigue fallando es el sistema que decide cuánto vale y hasta dónde puede llegar.
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