El nivel de inglés en España sigue a la cola de Europa

Según el reciente informe EF EPI 2021, España ocupa la 33ª posición mundial de un ranking cuyo ‘top 10′ está dominado por los países europeos. La tendencia es a la baja desde 2014

Una profesora universitaria imparte clases de inglés a sus alumnos.
Una profesora universitaria imparte clases de inglés a sus alumnos.JohnnyGreig (Getty Images)

“Inglés, nivel intermedio” ha sido quizá una de las afirmaciones más repetidas en los currículos de los españoles a lo largo de las últimas décadas. Lo que, en algunos casos, no era del todo cierto, sí fue poco a poco reflejando un aumento progresivo de las competencias lingüísticas en ese idioma, y que hoy se sitúan todavía por debajo de la media europea: con 540 puntos, España ocupa una más que discreta 33ª posición dentro del EF EPI 2021, el ranking mundial de inglés que ha evaluado la compresión auditiva y lectora de dos millones de personas en 122 países. Italia, con 535 puntos, es la única entre las grandes economías del continente que se sitúa por detrás en una lista encabezada por Países Bajos (663), Austria (641) y Dinamarca (636), y en la que nueve de los 10 primeros son europeos. Portugal, quinta, obtuvo 625.

“Desde hace ocho años, el nivel de los españoles está estancado y no mejora, una situación preocupante que evidencia el fracaso de las políticas educativas”, afirma Xavier Martí, director de EF Education First en España. El nivel competencial, de por sí, no es malo (está en la zona intermedia), pero evidencia una falta de mejoría que sí han experimentado muchas otras naciones europeas. “Históricamente, los países del norte de Europa adoptaron el inglés mucho antes y de forma más completa que el resto del continente, tanto en las escuelas como en el lugar de trabajo. Tenían una ventaja”, cuenta Martí, que señala cómo esa distancia ha ido recortándose progresivamente. El problema de España, apunta, no radica tanto en los adultos como en la gente más joven: “Los mayores de 30 años han mejorado de manera constante desde 2015, cuando comenzamos a pedir datos por grupo de edad, pero los jóvenes no y, de hecho, los de 18 a 20 años han perdido competencias. Esto indica que el entorno laboral es un motor muy poderoso para la adquisición del inglés. Las personas usan el idioma en el trabajo, lo que les ayuda a mejorar; y necesitan el inglés para avanzar en sus carreras, lo que les impulsa a seguir estudiando”.

Su importancia, en cualquier caso, ha ido evolucionando hasta convertir el manejo del inglés en una competencia básica y un requisito laboral casi universal, que aumenta en más de un 30 % la probabilidad de encontrar trabajo, y en más del 50 % si se trata de puestos directivos”, asegura Martí. Un dato que no ha hecho sino acentuarse con motivo de la pandemia: “Siempre que hay un periodo de relativa incertidumbre, las personas se esfuerzan para obtener algo que demuestre que tienen las habilidades necesarias para darles ventaja si han de buscar trabajo. Por lo tanto, incluso con la pandemia se veía la necesidad de certificar el nivel de inglés”, esgrime David Bradshaw, responsable de servicios de evaluación de Cambridge Assessment English para España y Portugal.

Pero ¿cómo ha cambiado la enseñanza de las lenguas? El Marco Común Europeo de Referencia, introducido por el Consejo de Europa en 2001, ha hecho que esta evolucione (y siga haciéndolo) desde una metodología abrumadoramente teórica a otra “basada en la capacidad de comunicarse y en una adquisición de las destrezas lingüísticas más allá de un dominio de la gramática”, explica Bradshaw, que confía en que las nuevas generaciones demostrarán un mejor nivel de inglés de forma mucho más generalizada. Eso sí, recuerda que aprender un idioma “es una carrera de fondo, no los 100 metros lisos. Y a lo largo de esta carrera es importante incluir marcas intermedias para evaluar el progreso”. Instrumentos como, por ejemplo, el informe PISA, que desde 2025 incluirá la opción de una prueba de lengua extranjera (inicialmente el inglés).

La mejor manera de aprender el idioma

Para Martí, los datos demuestran que los cursos online no son suficientes para aprender una lengua: “Lo ideal es hacer una inmersión en el extranjero, ya que es la única manera de reforzar las capacidades lingüísticas y además ser consciente de la conexión que hay entre países, culturas, empresas y economías”. Una opción que, sin embargo, puede no ser demasiado factible una vez hemos entrado en las dinámicas del trabajo y las obligaciones familiares. Hay, efectivamente, otras opciones, aunque su efectividad dependerá del nivel de compromiso por parte del alumno: “La clave pasa por la constancia, el estudio –quizás poco tiempo, pero de forma regular, sin atracones–, y la repetición de ejercicios. Mucha gente busca una fórmula mágica, pero al igual que con las dietas rápidas, muchas ofertas que parecen divertidas y que prometen aprender enseguida realmente se basan en metodologías anticuadas y poco eficaces”, advierte Bradshaw.

En esta “carrera de fondo”, añade, es fundamental buscar el apoyo y la supervisión adecuada. Aunque es posible aprender de forma autónoma, es más difícil y requiere mucha fuerza de voluntad y autocrítica. “Es muy fácil convencerte que vas por buen camino y estar muy lejos de ello sin una guía”. “Lo que sí puede hacer mejor el adulto es analizar las necesidades que tiene, definir lo que necesita hacer con el idioma y concretar así metas más funcionales y realistas. Al tener un objetivo más alcanzable, es más fácil seguir trabajando hacia él”.

El progreso experimentado por las tecnologías educativas facilita, por otro lado, un proceso de aprendizaje en el que las clases de inglés puedan verse complementadas por una gran variedad de herramientas virtuales como Test&Train, Quiz Your English o Exam Lift (las tres de Cambridge), o Gymglish, el curso de inglés ofrecido por EL PAÍS; pero también por otras actividades que mezclen aprendizaje y ocio, como ver una serie en inglés por streaming o escuchar la letra de nuestra música preferida. Mantener una exposición constante al idioma usado en contextos reales puede, a la larga, marcar la diferencia en la adquisición práctica de las competencias comunicativas.

¿Funciona la enseñanza bilingüe?

La comunidad de Madrid comenzó a implantar su modelo de escuelas bilingües hace 17 años, en 2004. Otras la fueron imitando poco a poco y la novedad acabó por convertirse en todo un fenómeno: de los 240.154 estudiantes matriculados en esos programas en el curso 2010-2011 en las diferentes autonomías (excepto Cataluña, que no ofrece datos), se pasó a 1,4 millones en el 2019-2020, un aumento del 498%, según informaba el pasado mes de julio Ana Torres en EL PAÍS. Hoy, esta modalidad incluye a uno de cada tres niños españoles. Pero no todo son luces: casi 90 centros de Castilla-La Mancha, Castilla y León y Navarra se han salido de sus respectivos programas ante las dificultades de aprendizaje experimentadas por sus alumnos.

Las opiniones de los expertos son variadas. Para David Bradshaw, la variedad de programas bilingües en España (18 modelos diferentes, según la Asociación Enseñanza Bilingüe) hace que sea difícil evaluarlos de forma generalizada: “Hay programas que están consiguiendo muy buenos resultados, con alumnos alcanzando niveles de inglés muy altos (algunos llegan al C1 con 16 años), y hay estudios que demuestran que estos mismos alumnos tienen igual o mejor rendimiento en otras asignaturas en las pruebas de la EBAU”. Pero la educación bilingüe es difícil de ejecutar bien, y no faltan los docentes que consideran que eso es precisamente lo que falla en España, ya sea por la forma de implantarlo (la media de los programas bilingües es de solo cinco horas a la semana, más las de la propia asignatura), o por el nivel de inglés de los docentes (algunas autonomías como Asturias o Andalucía piden el B2, mientras que otras, como Madrid, requieren un C1).

“En general, los niños primero deben aprender a leer, escribir y hacer matemáticas y ciencias en su lengua materna”, afirma por su parte Martí. “Muchos estudios en África y Asia, en países que enseñan en un idioma colonial, muestran que la introducción de clases en el propio idioma de los estudiantes conduce a resultados académicos mucho mejores. El caso de España es diferente, pero [aun así] los estudiantes luchan por aprender material nuevo en un idioma que no entienden”.

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