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Europa deja atrás la crisis energética

Dos años y medio después, el suministro europeo de gas y petróleo está hoy asegurado. Los precios también han dejado atrás lo peor, pero seguirán por encima de lo habitual en los próximos meses

Una regasificadora portátil, Wilhelmshaven (Alemania).
Una regasificadora portátil, Wilhelmshaven (Alemania).DAVID HECKER / POOL (EFE)
Ignacio Fariza

Justo se empezaba a dar esquinazo a la pandemia cuando llegaron las primeras curvas de una nueva crisis que, como la sanitaria, prácticamente nadie vio venir. El precio del gas natural y con él, el de la electricidad, arrojó las primeras señales de alarma el verano de 2021, mucho antes de que los primeros cazas rusos empezasen a bombardear indiscriminadamente Ucrania. El cambio de época, sin embargo, lo puso Vladímir Putin medio año después, con una reducción sustancial en los envíos de gas a sus antaño socios europeos que elevó el estallido de precios a otra dimensión: la mayor crisis energética desde que hay registros. El petróleo se contagió. La inflación se desbocó, con reminiscencias —exageradas— de los años setenta. Y los bancos centrales se vieron obligados a aplicar su analgésico más potente: la subida de tipos de interés más abrupta en cuatro décadas.

Todo eso está a punto de pasar de los titulares de prensa a los libros de historia. El suministro de gas natural y de diésel —por mucho, los eslabones más críticos— parece garantizado. La bestia de los precios se ha domesticado. Y los popes de la política monetaria emiten las primeras señales, todavía tentativas, de cambio de régimen.

“La peor parte de la crisis energética en Europa ha quedado atrás”, sentencia Carlos Torres, vicepresidente y jefe de gas y electricidad de la consultora energética Rystad. “La UE ha logrado convertir una parada cardíaca con riesgo vital —racionamiento, escasez de energía para calefacciones y hundimiento industrial— en un fuerte dolor de cabeza —precios altos—”, completa Henning Gloystein, jefe de energía y clima de la también consultora Euroasia.

“La crisis está contenida. E incluso sabiendo que en cualquier momento puede llegar algo nuevo que cambie esta tranquilidad, la sensación es que hemos aprendido a manejarla”, remata Ana Maria Jaller-Makarewicz, analista del Instituto de Economía Energética y Análisis Financiero (IEEFA). “Hemos dejado atrás lo más difícil. La guerra de Ucrania continúa; también la de Oriente Próximo. Europa, sin embargo, ha aprendido a manejarse en este nuevo entorno”. Un nuevo paradigma marcado, en las últimas semanas, por la escalada de ataques a buques occidentales de transporte en el mar Rojo, que amenaza con provocar un aumento —aunque contenido— en el precio del gas y el petróleo procedentes del golfo Pérsico, pero también de muchos productos manufacturados en China.

El gas natural, el principal detonante de todo lo sucedido en los dos últimos años, sigue siendo el mejor termómetro de la tensión en los canales de aprovisionamiento energéticos. Y es la mejor prueba de que se ha cruzado el Rubicón. Por paradójico que pueda parecer, el precio de este combustible es hoy —en invierno, cuando el consumo de gas se dispara por las calefacciones— más bajo que en verano. Flirtea, de hecho, con sus mínimos en dos años, antes incluso de la invasión de Ucrania: los poco más de 30 euros por megavatio hora (MWh) de hoy son diez menos que los más de 300 euros alcanzados en agosto de 2022, el peor momento de la crisis.

Entremedias, una larga ristra de factores que, juntos, han permitido al bloque sacar adelante la bola de partido energética más complicada a la que se han enfrentado nunca. Una inédita caída de la demanda: doméstica, para generación de electricidad y, sobre todo, industrial. Un esfuerzo, también sin parangón, para levantar infraestructuras —sobre todo en Alemania, en Países Bajos y en Italia...— de recepción y procesamiento del gas que llega por barco desde medio mundo, y así poder reemplazar el que suministraba Moscú. Y un esfuerzo denodado para traer este gas licuado (el que viaja por barco, conocido como GNL en la jerga energética) desde prácticamente todos los rincones del mundo: de Estados Unidos a Australia; de Australia a Trinidad y Tobago; de Omán a Malasia.

“Esta fase de la crisis, latente, con volatilidad y precios de la energía aún por encima de los de antes de 2021 continuará un par de años más, me temo”, matiza Lion Hirth, profesor de política energética en la Hertie School berlinesa. Aun así, se muestra “bastante relajado, tanto en términos de seguridad de suministro como en términos de subidas de precios”. Dejando, claro, a un lado, escenarios de cola como en su día fue la invasión rusa de Ucrania: “Las contingencias son siempre posibles: un gran accidente, un ataque físico o cibernético...”. Incluso ahora, con media Europa sometida a una poderosa ola de frío, la mayor prueba de fuego meteorológica en bastante tiempo, la reacción de los mercados está siendo bastante tibia.

Lo que mantenía la tensión de precios en el mercado del gas era la expectativa de un invierno frío, según el economista jefe de Repsol, Pedro Antonio Merino. “Pero ese riesgo no se ha materializado”. Agrega, además, un factor coyuntural que ha rebajado más si cabe la tensión: el impacto de la sequía sobre la circulación en el canal de Panamá, por el que pasan buena parte de los metaneros estadounidenses rumbo a Asia —donde están los tres mayores compradores de GNL del mundo: Japón, Corea del Sur y China—, está llevando a muchos exportadores a dirigir su gas a Europa. Un movimiento que también está presionando a la baja los precios en el Viejo Continente.

A falta de los meses más fríos del invierno, en los que “aún hay riesgo de ver un incremento en precios tanto de electricidad como de gas”, según Torres, los almacenes europeos de gas rozan hoy el 90% —y los españoles, cerca del 100%— y constituyen un importante elemento de “seguridad de suministro para el primer trimestre de 2024″ y, a la vez, un limitante del potencial incremento de precios. “Definitivamente, no se llegará a los niveles alcanzados durante el invierno de 2022″, sentencia el especialista de Rystad. Alude, sobre todo, al “significativo” despliegue de la eólica y la solar, que ha contribuido a reducir el uso de gas para generar electricidad y que también ha puesto su granito de arena para reducir los precios.

Dos viviendas, con paneles solares en el tejado, en Rheinberg (Alemania).
Dos viviendas, con paneles solares en el tejado, en Rheinberg (Alemania).SASCHA STEINBACH (EFE)

Tampoco hay comparación, ni remota, en el mercado eléctrico. Los más de 240 euros por megavatio hora (MWh) de media en Europa en diciembre del año pasado nada tienen que ver con los alrededor de 100 del mes recién terminado. Cifras, en ambos casos, mayores que antes de que llegasen las primeras curvas, pero incomparables con los momentos más tensos. Entonces, a las dudas sobre el suministro de gas ruso —y su sustitución por el que llega por barco desde otros destinos, que pareció poco menos que una quimera durante meses, pero que ha acabado siendo una realidad tangible— se sumaron un histórico parón en la nuclear francesa, que dejó fuera de juego a casi la mitad de su poderosísimo parque atómico y una sequía que redujo considerablemente la aportación de la hidroeléctrica. Dos factores que prácticamente han desaparecido del mapa.

El petróleo también ha ayudado lo suyo. El brent, el barril de referencia en el Viejo Continente, sumó en el tramo final de 2023 su mayor racha de caídas semanales en un lustro, aligerando la presión sobre el bolsillo de empresas y hogares. Y aliviando, también, el cuello de botella sobre el diésel, que a principios de 2023 al jefe de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) le parecía incluso más preocupante que el sacrosanto gas natural. Unas dudas a cuya desaparición también han contribuido las temperaturas —“depende mucho del frío; si sigue siendo invierno normal, no habrá problemas”, zanja Merino— y del cartel de productores de la OPEP+, que volverán a verse las caras a principios de febrero. Hasta entonces, calma chicha.

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Sobre la firma

Ignacio Fariza
Es redactor de la sección de Economía de EL PAÍS. Ha trabajado en las delegaciones del diario en Bruselas y Ciudad de México. Estudió Económicas y Periodismo en la Universidad Carlos III, y el Máster de Periodismo de EL PAÍS y la Universidad Autónoma de Madrid.
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