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La milagrosa República Checa se topa con la realidad

El país, con un PIB per cápita superior a España, ve truncada su marcha económica por los problemas en la industria alemana y la escalada del gas

Decenas de coches Skoda, del grupo Volkswagen, en una campa cerca de Mlada Boleslav (República Checa).
Decenas de coches Skoda, del grupo Volkswagen, en una campa cerca de Mlada Boleslav (República Checa).David W Cerny (Reuters)

Una de las mejores muestras de que las tornas llevaban tiempo cambiando en Europa llegó en 2018, aunque el habitual decalaje estadístico hizo que no se conociera hasta un par de años más tarde: la economía checa superaba a España en renta por habitante y consumaba un cambio de era. El sur hacía años —desde la crisis de deuda europea— que había dejado de ser un polo de expansión para convertirse, en el mejor de los casos, en una región de crecimiento modesto; el este, en cambio, seguía haciendo su propio camino —iniciado tras la caída del telón de acero y acelerado por su integración en la UE—, superando a gran parte del arco mediterráneo.

Ese éxito económico, del que República Checa ha sido mascarón de proa durante décadas, ha entrado abruptamente en pausa. Este país, uno de los grandes beneficiados por la externalización de procesos productivos de los gigantes industriales germanos, tiene ahora su talón de Aquiles en el mismo factor que durante años facilitó su imparable ascenso a los cielos: Alemania ha entrado en fase de contracción severa y —aunque las exportaciones siguen contribuyendo positivamente al PIB— ya está arrastrando al antiguo Ducado de Bohemia, el único socio de los Veintisiete que aún no ha recuperado el nivel de actividad prepandemia.

“Alemania es nuestro mayor socio comercial, y la economía checa es muy sensible a lo que ocurre allí. Aunque no es la única razón del estancamiento, su débil desempeño es un obstáculo para nuestro crecimiento”, explica a EL PAÍS Petr Král, director jefe del departamento monetario del banco central checo. Al parón alemán, Král suma el riesgo de caer en la llamada trampa del ingreso medio: el estancamiento de muchas economías tras un periodo de fuerte crecimiento y convergencia con los países de su entorno.

“El modelo de los últimos 20 años, basado en la mano de obra barata, pero cualificada, y en la proximidad a Alemania se ha agotado”, desliza Lukáš Kovanda, economista jefe del banco local Trinity, que ve “difícil de imaginar” un regreso a los crecimientos del 5% y el 6% de años anteriores. “Los políticos checos deberían estar preocupados por la desaceleración alemana y la amenaza de desindustrialización: no tenemos un plan b, y nuestra economía no puede funcionar bien sin el motor de Alemania”. Incluso cuando los lastres coyunturales desaparezcan, Pavel Sobíšek, jefe de análisis macro de la filial checa de UniCredit, teme que el crecimiento quede “por debajo de sus estándares históricos”: el crecimiento checo, aquilata, se está quedando atrás respecto a sus principales socios comerciales desde 2019, justo antes de la pandemia.

Frente a la robusta expansión de los países más volcados en el sector servicios, la economía checa se contrajo en la segunda mitad del año pasado y va camino de caer también en 2023, con el consumo de los hogares estancado y la segunda inflación más alta de la Unión (10,1% en agosto, solo por detrás de Hungría). Los altos precios de la luz y, sobre todo, del gas —la República Checa era uno de los países europeos más dependientes de Rusia— han hecho más mella aquí que en otros países del bloque. Por tres motivos: la alta dependencia energética de su industria —las firmas alemanas se llevaron allí muchos de los procesos que más necesitan de esta materia prima—, el agujero en el bolsillo de los hogares —a los que ha forzado a recortar otros gastos— y la subida acelerada de tipos del Banco Nacional de Chequia, que ha tenido que endurecer su política monetaria antes y más rápido.

Convergencia y mínimo paro

Este parón, sin embargo, no desmerece ni un ápice el éxito previo. En 1993, el año en el que Checoslovaquia saltó por los aires y dio lugar a dos Estados independientes (la República Checa y Eslovaquia, cada una por su lado), el PIB per cápita no llegaba ni a 4.000 dólares por persona. Hoy son ocho veces más —casi 32.000—, lo que configura una de las mayores historias de éxito económico en Europa en la historia reciente, solo a la altura de las tres repúblicas bálticas: Estonia, Letonia y —sobre todo— Lituania. Desde 2013, pandemia mediante, la renta per cápita checa pasó de menos del 86% de la media europea al 91%; un periodo en el que España ha bajado del 90% al 85%. Chequia es, además, el país con la menor tasa de paro del bloque: 2,5%, frente al 5,9% de media en la UE y el 11,5% de España.

“En 1989, tras la caída del telón de acero, el país tenía abundante mano de obra capacitada y educada, pero estaba rezagado en todo lo demás: capital tecnología, conocimientos empresariales...”, explica Hradil Vít, economista jefe de la gestora local de fondos Cyrrus. Gracias a su privilegiada posición geográfica y al mercado único europeo, el aterrizaje de empresas manufactureras alemanas en busca de mano de obra barata y cualificada se convirtió una constante en este país de poco más de 10 millones de personas y ubicado en pleno corazón de Europa.

Hasta allí llegaron, entre otros, el Grupo Volkswagen —dueño del icónico fabricante checo Skoda— o Bosch. Elevaron exponencialmente el peso de la industria sobre el PIB (hoy ronda hoy el 30%, frente al 20% de la media europea) y, en pocos años, el país se convirtió en una de las economías más abiertas de la UE.

En esa avalancha inversora, una industria, la automovilística, ha brillado con luz propia estos años: la República Checa es el cuarto máximo productor del Viejo Continente (tras Alemania, España y Francia) y el decimoquinto del mundo. “Esto resultó en un período de crecimiento económico bastante sencillo a medida que en Chequia se establecía una suerte de línea de montaje centroeuropea: los extranjeros traían sus ideas de productos, y los fabricaban cerca y a un precio relativamente barato... Por algo nos referimos a nosotros mismos como el 17º land [Estado federado] alemán”, bromea Vít. Pero cuando el gigante germano echa el freno, detrás va su vecino del sudeste.

Un camarero limpia la puerta de un restaurante del centro de Praga, en una imagen de archivo.
Un camarero limpia la puerta de un restaurante del centro de Praga, en una imagen de archivo.DAVID W CERNY (Reuters)

Un paseo de principios de otoño por la Praga más residencial, lejos de los focos del boyante turismo —otro motor del crecimiento en los últimos años—, es el mejor reflejo de su salto económico: el estirón, que solo ahora empieza a dar señales de agotamiento, es más que evidente. Pero también lo es que la prosperidad no ha llegado a todos los rincones de la sociedad. Y es que, pese al acelerón de los últimos años, la brecha salarial respecto a los países más prósperos de Europa sigue siendo sideral: en Chequia, el coste medio por trabajador ronda los 16 euros por hora, frente a los 39 de Alemania, los 23 de España y los 30 de la media europea. El bienestar, como contracara de la competitividad internacional. “Tenemos que transitar al inicio de la cadena de suministro, al I+D; o al final, a la prestación de servicios”, cierra Vít. “Mientras no lo hagamos, seguiremos estancados”.

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Sobre la firma

Ignacio Fariza
Es redactor de la sección de Economía de EL PAÍS. Ha trabajado en las delegaciones del diario en Bruselas y Ciudad de México. Estudió Económicas y Periodismo en la Universidad Carlos III, y el Máster de Periodismo de EL PAÍS y la Universidad Autónoma de Madrid.
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