Las gasolineras de bajo coste redoblan su pulso a las tradicionales en plena escalada de los carburantes

Una de cada ocho estaciones de servicio en España ya son automatizadas. Los usuarios muestran una preferencia cada vez mayor por este tipo de suministradores para paliar parcialmente la subida de precios

Un hombre reposta en una gasolinera de bajo coste en Madrid.
Un hombre reposta en una gasolinera de bajo coste en Madrid.David G, Folgueiras

El encarecimiento del petróleo, con el consecuente aumento de la presión sobre el precio de los carburantes, ha disparado la preferencia de los conductores por las gasolineras de bajo coste. La tendencia a la sustitución de las grandes marcas del sector por enseñas menos conocidas —pero mucho más económicas— ya venía de atrás, pero la crisis sanitaria ha terminado de acelerarlo todo: las gasolineras automáticas, en su mayoría de bajo coste, ya son más de una de cada ocho estaciones de servicio en España. Y en las regiones en las que su presencia es mayor, como Cataluña o la Comunidad Valenciana, ya son una de cada cinco.

El cambio de hábitos en los meses en los que más golpeaba el virus supuso el primer impulso reciente para las gasolineras sin personal: muchos usuarios preferían no tener que mediar palabra con nadie, cargar ellos mismos el depósito y pagar con tarjeta en las terminales automáticas. Pero el factor definitivo en el cambio de hábitos de muchos ha llegado después, con la fuerte subida en el precio de los carburantes: en el último año la gasolina se ha disparado un 26% y el diésel, cerca de un 30%. Cada euro cuenta siempre; pero con estos precios, mucho más.

“El entorno de precios altos ayuda. La gente mira más por la cartera y busca alternativas”, reconoce Raúl Pacheco, responsable de Energía de BonÀrea, una cadena alimentaria catalana que tras abrir dos centros de repostaje de bajo coste el año pasado y otros tres este planea duplicar el ritmo de aperturas en los tres próximos años. Su crecimiento, con todo, está más condicionado por la obtención de permisos que por la demanda de los conductores.

Con las enseñas tradicionales centrando sus esfuerzos inversores en reconvertir, poco a poco, sus gasolineras en electrolineras e incluso en hidrogeneras para adaptarse a los nuevos tiempos de la automoción, las estaciones de servicio de bajo coste han encontrado terreno fértil para expandirse. “Estamos teniendo unos crecimientos importantes y aún hay mucho recorrido para sustituir a las tradicionales”, apunta Iosu Larraza, responsable de división de carburantes del grupo AN, una cooperativa que tiene más de 60 puntos de suministro en la zona centro y norte. “Algunos clientes siguen buscando la marca, pero cada vez hay más a los que les da igual a qué gasolinera ir o si hay o no hay: el precio es lo que más les importa”.

Según las cifras de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), en España la diferencia de precio entre las gasolineras más baratas —las de bajo coste, sin atención presencial— y las más caras —las de las marcas más reconocidas— es de entre un 15% y un 20% en el caso de diésel y algo menor, entre un 10% y un 15%, en el caso de la gasolina. En algunas ciudades, sin embargo, el ahorro supera ampliamente esas cifras. Desde el punto de vista del producto, la única diferencia entre la gasolina que suministran estas estaciones de servicio y las de marca son los aditivos que añaden.

“La gente ha perdido el miedo al concepto”

El de las gasolineras de bajo coste es un universo en constante expansión, pero también más atomizado cada día que pasa. Las que tienen presencia en buena parte del territorio español, como Ballenoil, Gas Express o Petroprix, no han dejado de abrir más y más estaciones de servicio. En paralelo, un buen número de distribuidores con presencia más regional, como las citadas BonÀrea —con presencia en Cataluña, Valencia y Aragón— o AN —concentrada, sobre todo, en Navarra y Castilla y León, pero con una presencia creciente en La Rioja, Aragón o Castilla-La Mancha—, han seguido creciendo a velocidad de crucero. Y tras Carrefour y Alcampo, los dos grandes grupos de distribución a escala nacional que primero echaron el lazo sobre el negocio de los carburantes, en los últimos años se han sumado a la fiebre E.Leclerc y Costco. A todas ellas hay que sumar un número no menor de empresas con solo una o dos gasolineras.

“La gente le ha perdido el miedo al concepto. Al principio había una leyenda urbana sobre la calidad del producto que estaban tratando de instaurar las gasolineras tradicionales, pero cuando el cliente ha visto que es el mismo producto, la cosa ha cambiado”, afirma José Manuel Costa, uno de los fundadores de Gas Express. “Continuamos ganando cuota de mercado frente a las tradicionales; sigue siendo una tendencia claramente al alza y creemos que lo seguirá siendo: una diferencia de 15 céntimos por litro es mucho dinero a final de año”, apunta al otro lado del teléfono. La compañía valenciana abrirá 10 gasolineras este año y otras 15 más el que viene, cuando superará el centenar de estaciones de servicio. “El problema es que cada vez es más complicado encontrar ubicaciones de calidad que no tengan cerca otras gasolineras automatizadas”.

Por encima de las expectativas

A pesar del parón en el consumo de gasolina que supuso el confinamiento, en 2020 Ballenoil abrió una veintena de nuevos emplazamientos hasta sumar un total de 135. Este año, en el que están “superando las expectativas”, confían en rebasar esa cifra. “La subida del precio del carburante, unida al contexto de pandemia en el que nos movemos, hacen que cada vez más españoles apuesten por este modelo como alternativa a otras gasolineras”, explican desde la empresa con sede en Alcobendas (Madrid).

Pese al fuerte repunte en los últimos tiempos, España sigue siendo uno de los países europeos en los que las gasolineras automáticas tienen una menor penetración: el 12,5% actual —según el último conteo de la patronal del sector, Aesae—, contrasta con el 60% largo de Suecia y casi el 70% de Dinamarca, las dos naciones europeas en las que las estaciones de servicio desatendidas tienen una cuota mayor. Sus críticos, en cambio, cargan contra la multiplicación de este tipo de gasolineras por la reducción del empleo que suponen: necesitan mucha menos mano de obra que una tradicional. Ese factor, sin embargo, también es clave para poder ofrecer precios bajos.

Competencia y barreras de entrada

Un estudio publicado por la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) justo antes de la crisis sanitaria concluía que la proliferación de este tipo de establecimientos aumenta la “presión competitiva” sobre las estaciones de servicio clásicas y obliga al resto a reducir sus márgenes para ofrecer mejores precios a los conductores.

El supervisor también aludía a la “regulación restrictiva” sobre las gasolineras automáticas y subrayaba que, pese a que algunas comunidades autónomas —las responsables de regularlas— han reducido algunas barreras a la competencia, también han introducido otras. Y consideraba “conveniente” revisar “en profundidad” las normativas que las regulan para “favorecer el nivel de competencia efectiva en el mercado en beneficio de los consumidores”.

Sobre la firma

Ignacio Fariza

Es redactor de la sección de Economía de EL PAÍS. Ha trabajado en las delegaciones del diario en Bruselas y Ciudad de México. Estudió Económicas y Periodismo en la Universidad Carlos III, y el Máster de Periodismo de EL PAÍS y la Universidad Autónoma de Madrid.

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