Alimentación

Galletas del siglo XV para revitalizar una comarca rural en Galicia

Lugar da Veiga se sitúa entre las empresas europeas que más crecen aplicando la economía social en la elaboración de un alimento que ya comían los marineros hace siglos

Trabajadores de Lugar da Veiga, en la fábrica de Chantada (Lugo)
Trabajadores de Lugar da Veiga, en la fábrica de Chantada (Lugo)óscar corral / EL PAÍS

En el interior de Galicia se hornean galletas inspiradas en una receta marinera del siglo XV al calor de una fábrica pionera en conciliación y teletrabajo. La empresa Lugar da Veiga, SLL nació en 2005 en Chantada (Lugo) con solo cinco empleados para cumplir el sueño de seis hermanos, empeñados en revitalizar la comarca rural que los vio nacer aplicando los principios de la economía social. Hoy factura 6,5 millones de euros, emplea a 83 personas y se sitúa entre las empresas europeas que más rápido crecen: entre 2014 y 2019 lo hizo a un ritmo medio que supera el 50%.

“El resultado de nuestro proyecto demuestra que la economía social y el rural tienen futuro”, proclama Xosé Lois Lamazares, coordinador general de la firma, sobre un modelo de gestión empresarial que no busca el lucro a toda costa y prioriza valores como la integración social, la ecología o la participación democrática. Lugar da Veiga es una sociedad limitada laboral, en la que los trabajadores pueden convertirse en socios o dejar de serlo cuando lo deseen. Así lo han hecho actualmente 47 miembros de la plantilla, con una aportación que supone más del 70% del capital social. Aunque no entren en la propiedad, los empleados tienen derecho a acceder a la información sobre la marcha de la empresa y a participar en la toma de decisiones relacionadas con la organización de la producción.

Lamazares defiende que “apostar por un modelo responsable desde el punto de vista de gestión empresarial no es una carga, sino que aporta ventajas”. “Las personas están más implicadas y es más fácil hacer frente a crecimientos grandes o a imprevistos, porque aporta mucha flexibilidad”, explica el cofundador de Lugar da Veiga. “Además la seguridad alimentaria y la calidad se consiguen mejor con un modelo de responsabilidad que fiscalizando a los trabajadores”.

Este experto en economía social dejó en 2005 su labor como asesor de cooperativas y técnico de desarrollo local en ayuntamientos y, del brazo de sus hermanos, dio el salto de la teoría a la práctica. Facilitar que los trabajadores concilien su vida personal con el trabajo es un objetivo “importante” en la organización del día a día de la fábrica, afirma. De hecho, no tuvo que llegar una pandemia para que se implantase el teletrabajo. Desde 2015 los empleados de oficinas tienen la opción de trabajar un día a la semana desde casa sin ningún tipo de justificación. Por motivos de conciliación, las tareas a distancia pueden ampliarse.

La jornada laboral es continua desde que se fundó la empresa. Se optó por esta fórmula pensando en “una mejor calidad de vida”, pero, como ocurrió con el teletrabajo al estallar la pandemia, resultó “una ventaja” cuando el fuerte crecimiento de las ventas a partir de 2013 obligó a aumentar la producción. “Solo hubo que crear otro turno”, explica la dirección de la empresa.

Actualmente el 47% de la plantilla está integrada por mujeres y la mitad son personas de más de 45 años. A los trabajadores del obrador no se les pide ninguna cualificación específica porque todos ellos son formados en la fábrica. “No acudimos ni a servicios de empleo ni a empresas de contratación, sino que incorporamos a personas que quedaron descolgadas del mercado laboral y que forman parte de nuestro entorno”, señala Lamazares.

La familia Lamazares, originaria del municipio de Rodeiro, limítrofe con Chantada, puso en marcha la fábrica con una inversión de 600.000 euros después de un viaje a Argentina. Visitando a uno de los hermanos que ejercía de panadero en el país austral, los fundadores de Lugar da Veiga descubrieron las galletas marineras, un producto introducido en América desde la Península Ibérica que prácticamente había desaparecido a este lado del Atlántico. Elaboradas de pan sin miga, fueron ideadas hace seis siglos para alimentar a los marineros y resistir sus largas singladuras. En Baleares el invento sobrevive con el nombre de quelitas y en el mundo anglosajón se instaló en la dieta como crackers.

Cambios en la receta

Cuenta Lamazares que para poder acudir a proveedores locales en la compra de materia prima y servir así de motor de desarrollo de la comarca, hubo que introducir algunas adaptaciones en la receta de las galletas marineras que se fabrican en Chantada. Las que hornea Lugar da Veiga incorporan, por ejemplo, mantequilla y aceite de oliva, aunque en los últimos años se han añadido otros ingredientes foráneos como la quinoa y una variedad ecológica. Se elaboran con productos naturales, sin aditivos, y de forma “semiartesanal”, apunta el responsable de la empresa, ya que la producción, con una capacidad de 6.000 kilos al día, “está mecanizada, pero no automatizada”.

Los trabajadores del obrador se sirven de máquinas para amasar, recortar o envasar, pero sus manos siguen siendo fundamentales en el proceso. Por eso todas las galletas son distintas y son sus ojos los encargados de vigilar y decidir cuándo están en su punto para salir del horno. En la búsqueda de reducir al máximo los residuos generados, los restos y descartes de galleta se trituran y sirven de pienso al ganado de la comarca.

Estas tortas de pan sin miga que se fabrican en Chantada se venden sobre todo en el extranjero. Más del 70% del volumen de negocio de Lugar da Veiga lo representan sus clientes de Portugal y Reino Unido. The Financial Times la ha incluido este año en su ránking de las 1.000 empresas europeas que más rápido crecen por tercera vez, pues ya lo había hecho en 2018 y 2019). Hace solo seis años su facturación no alcanzaba el millón de euros y actualmente rebasa los 6,5 millones.

Con estos números, los responsables de la compañía aseguran que está preparada para superar la embestida económica de la pandemia. En 2020 su crecimiento bajó al 3,5%, pero “el proyecto está suficientemente consolidado para afrontar esta situación”, asegura Lamazares, quien cifra los beneficios en un millón de euros. Parte de esas ganancias se destinan a la organización de seminarios y charlas para predicar las bondades de la economía social.

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