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La desigualdad que viene

Para una parte importante de la población, la salida de esta crisis se alejará bastante de la famosa forma de V

Tomás Ondarra

Con el inicio de la pandemia hace un año, no solo se detuvo bruscamente la recuperación de la economía española tras una larga y profunda crisis, sino que también lo hizo la moderada tendencia a la reducción de la desigualdad de ingresos, que tan rápidamente había crecido durante la Gran Recesión.

Cuando estalló la crisis de la covid-19 ya partíamos, por tanto, de niveles altos de desigualdad y lo sucedido desde entonces invita a mirar con preocupación el posible impacto sobre la distribución de la renta. El parón forzoso inicial y las restricciones posteriores han dejado al descubierto las debilidades en la principal fuente de ingresos de los hogares, que son las rentas del trabajo. Con la pandemia ha aparecido una nueva forma de dualidad en el mercado de trabajo: en un amplio número de actividades económicas, en las que se registra una importante concentración de trabajadores con bajos salarios, las posibilidades de teletrabajo son muy limitadas; como contraste, en otras actividades, en las que hay más trabajadores cualificados, con mejores y más estables remuneraciones, el acceso a esta forma de trabajo es mucho más directo.

La crisis también ha revelado las carencias de un contexto laboral en el que un gran número de hogares vive al día. Casi una cuarta parte de la población tenía grandes problemas para hacer frente a gastos imprevistos antes de la pandemia y muchas dificultades para afrontar los gastos relacionados con la vivienda. Se trata de trabajadores sin contrato o de muy corta duración, con bajos salarios y acceso limitado a la protección social.

No disponemos de fuentes oficiales de información que permitan valorar con datos recientes el impacto distributivo de la pandemia. No obstante, lo que pudimos aprender de crisis previas sobre las consecuencias del deterioro de la actividad económica y, sobre todo, de la reducción de las horas trabajadas, hace posible anticipar un efecto importante y negativo de esta nueva crisis. Existen, además, fuentes complementarias que pueden contribuir a la elaboración de un retrato suficientemente ajustado del impacto.

Una de ellas es la simulación de los efectos de la pandemia a partir de distintos supuestos sobre los cambios en la distribución salarial. Los resultados de los primeros estudios realizados muestran que las singularidades de la estructura productiva hacen de España uno de los países donde menores son las posibilidades de teletrabajar y mayor el aumento esperado de la desigualdad. Las proyecciones de la Comisión Europea muestran también que España es el país de la UE-27 donde más habría aumentado la pobreza una vez que se tiene en cuenta el funcionamiento del sistema de prestaciones e impuestos durante la pandemia.

A estos resultados se añaden los que ofrecen algunas instituciones privadas que disponen de bases de datos propias. El programa de seguimiento de la desigualdad en tiempo real de Caixabank Research, a partir de más de tres millones de nóminas domiciliadas en dicha institución, ofrece una evolución de las diferencias salariales desde marzo de 2020 paralela a las olas de la pandemia: crecimiento muy rápido de la desigualdad salarial durante el confinamiento, estabilidad posterior, leve caída en la desescalada y nuevo repunte en la segunda ola. Los informes de Cáritas sobre la realidad de las familias acompañadas por esta institución, que incluyen a los hogares más vulnerables, revelan un repunte muy rápido de la pobreza en el confinamiento y su caída durante el verano, pero sin recuperar los niveles previos al inicio de la pandemia. Sus datos reflejan, además, el aumento de los problemas para pagar la vivienda y los suministros y la disminución del rendimiento escolar en los hogares con rentas más bajas.

Finalmente, contamos también con encuestas que, aunque sin datos de renta, nos pueden servir de aproximación al impacto de esta nueva crisis. La Encuesta de Población Activa recoge trimestralmente el número de hogares sin ingresos del trabajo, prestaciones de la Seguridad Social o prestaciones de desempleo. Su volumen aumentó muy rápidamente en los primeros cien días de la pandemia, cayó con la recuperación de la actividad durante el verano y volvió a crecer en el último trimestre del año, recogiendo los efectos de la segunda ola y de parte de la tercera. Un dato muy negativo, por sus posibles consecuencias adversas en el largo plazo, es que el aumento de esta forma de pobreza fue sensiblemente mayor en los hogares con menores de edad.

Todas las aproximaciones coinciden, por tanto, en mostrar un rápido incremento de la desigualdad y la pobreza como consecuencia de la pandemia. El riesgo, como en recesiones anteriores, es que este aumento dé lugar a formas estructurales de ambos problemas. La experiencia de otras etapas de rápida desaceleración, como la de 1992-94, cuando la tasa de desempleo pasó del 14% al 22%, revelan que incrementos rápidos de las distintas manifestaciones de vulnerabilidad económica pueden dar lugar a que sus indicadores permanezcan durante períodos prolongados en niveles muy elevados, incluso aunque el empleo vuelva a cobrar un ritmo notable de crecimiento.

El carácter asimétrico de los efectos del ciclo económico sobre la desigualdad y la pobreza, con rápidos crecimientos de ambas realidades en las recesiones y descensos más pausados en las expansiones, permite anticipar que, para una proporción importante de la población, la salida de esta crisis se alejará considerablemente de la famosa forma de V pronosticada para el conjunto de la economía. Las mareas altas no son suficientes para sacar a flote a los hogares situados más al fondo.

Luis Ayala es catedrático de Economía en la UNED


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