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Anís del Mono: la primera bebida energética vive una segunda juventud

La marca propiedad de Osborne cumple un siglo y medio convertida en un icono cultural que ha aumentado un 19% sus ventas en supermercados durante el confinamiento

Tanto la botella como la etiqueta de Anís del Mono se mantienen inalterables desde que se fundó la marca en 1870.
Tanto la botella como la etiqueta de Anís del Mono se mantienen inalterables desde que se fundó la marca en 1870.Osborne

Todo es susceptible de convertirse en mito, hasta una sencilla bebida energética para trabajadores a base de alcohol, azúcar y especias. En el origen de Anís del Mono conviven esas dosis justas de realidad y fábula que hace ya mucho que se hicieron leyenda. Dicen que el fundador, Vicenç Bosch, era tan amante de lo exótico que pidió que le enviaran “1 o 2″ monos desde América, pero el destinatario entendió 102 y eso fue lo que le mandó. Cuentan también que el empresario quiso replicar con esa botella adiamantada el perfume que compró para su mujer en la plaza Vendôme de París. Lo que es seguro es que Bosch fue tan visionario como para dignificar un alcohol popular hasta elevarlo a icono social, cultural y familiar. Ahora cumple 150 años.

Tanto tiempo después de ese 1870 que marcó el inicio de la marca en una fábrica modernista de Badalona, Anís del Mono es capaz de colarse en el imaginario colectivo español por recuerdos que van desde ese obrero que lo bebía a media mañana como chute vigorizante, al familiar que, cada Navidad, lo usa como instrumento de percusión de un villancico. Entre esas dos realidades cabe un universo tan amplio como para que la icónica botella del mono apareciese en el videoclip de Rosalía ‘Pienso en tu mirá’ (2018), su última contribución a una larga lista de creaciones culturales. Pero más allá de lo romántico, Anís del Mono es una marca que sigue funcionando hasta en pleno descalabro económico por la crisis del coronavirus.

2020 no está siendo un buen año para las bebidas espirituosas españolas. El sector —que habitualmente vende el 60% de su género en la hostelería patria, frente al 10% que supone este mercado en países como Alemania— ya acumula un 20% de caídas. El dato de contexto lo aporta Laura Díaz, brand manager de Anís del Mono en Osborne —grupo al que la firma pertenece desde 1975—, para dar otro porcentaje: “Hemos crecido en estos meses un 18,9% en el canal de alimentación [supermercados], lo que es una buenísima noticia”. “No sabemos si es porque la gente se lanzó a hacer rosquillas y dulces durante el confinamiento”, bromea Díaz.

El pintor Ramón Casas ganó el concurso convocado por Anís del Mono con su obra 'Mono y mona' en 1897.
El pintor Ramón Casas ganó el concurso convocado por Anís del Mono con su obra 'Mono y mona' en 1897.Osborne

Pero, hasta llegar a convertirse en esa bebida dulce que contenta al hombre de más de 45 años, a mujeres que lo usan para repostería y “capricho indulgente” o a jóvenes de ambos sexos interesados en su imaginario icónico —según los segmentos más habituales de clientes que maneja la compañía—, Anís del Mono tuvo primero que valorizarse como un producto de calidad. “A finales del siglo XIX había mucha producción de espirituosos. El anís lo bebían los trabajadores de Badalona y se servía en garrafas. Bosch fue un visionario y vio que se merecía algo más”, resume Díaz. Así fue como se le ocurrió envasar esa combinación de alcohol de origen agrícola, jarabe de azúcar y aceite esencial de matalhuva, anís estrellado y regaliz en una botella adiamantada.

Obsesionado por una presentación lo más cuidada posible, el fundador quiso que la etiqueta presentase al mono por el que era conocida su fábrica —dicen que, de ese centenar de simios, se quedó uno que vivía en la nave— y con rostro parecido a Charles Darwin en referencia irónica a su teoría de la evolución. También que fuese dorada, algo poco común en los alcoholes de entonces. Logró ambos propósitos, aunque la primera remesa de etiquetas llegó con un error tipográfico que aún hoy se mantiene en la palabra ‘Destillación’. “Ahora nos sirve para detectar fraudes. Si está bien escrito, es falso”, asegura Díaz. No es el único detalle histórico que Osborne mantiene en su anís. La propia fábrica de Badalona subsiste como patrimonio industrial modernista protegido y como centro de producción de ese aceite esencial de hierbas de color verdoso del que solo hacen falta unas pocas gotas por botella.

La zona de destilado de la fábrica de Anís del Mono en Badalona sigue operativa 150 años después de la fundación de la marca.
La zona de destilado de la fábrica de Anís del Mono en Badalona sigue operativa 150 años después de la fundación de la marca.Osborne

La indisoluble vinculación a la Navidad de Anís del Mono queda patente en su actividad frenética de estos días. Justo en los meses de octubre y noviembre, la compañía encara la elaboración de los dos tercios de una producción anual compuesta por 284.000 cajas (de nueve litros cada una). Ese stock se queda en un 98% en España, donde es la primera marca de anís en comunidades como Andalucía o Cataluña, tal y como apunta Díaz. En total, las ventas de la botella adiamantada suponen una contribución neta del 11% en la división de spirits y vinos de Osborne, una compañía que, en 2019, facturó 222,4 millones de euros —de los que las bebidas alcohólicas supusieron un 39%— y obtuvo beneficios por valor de 12 millones de euros, según la memoria interna del grupo a la que ha tenido acceso EL PAÍS.

El mono que no miente —como asegura el pergamino que sostiene en la etiqueta— ha llegado con esa buena salud a su 150 cumpleaños. La exposición El Diamante de Badalona recordó la gesta en el museo de la ciudad, primero, y hace lo propio ahora hasta el 11 de enero en la sede de la fundación que Osborne tiene en El Puerto de Santa María. Ahí están citados desde el bote de perfume que inspiró a Bosch al mobiliario de su despacho, pasando por reproducciones de los carteles de las manolas con las que el pintor Ramón Casas ganó un concurso convocado por el fundador en 1897: Mono y mona, Con falda de percal planchá y Dios los cría y ellos se juntan.

Luego llegaría Juan Gris con La botella de anís (1914) y hasta el mismísimo Pablo Picasso con Naturaleza muerta con botella de licor (1909), en el que el adiamantado del cristal se hace cubista. Desde el soniquete de un villancico, a afamadas obras de arte o un videoclip de exaltación cañí de Rosalía; todo cabe en ese bote con el que el Bosch aseguró querer perfumar “por dentro” lo que un perfumista era capaz de hacer por fuera. O al menos eso cuenta otra de esas leyendas que pueblan el icónico imaginario del mono con cara de humano que nació en Badalona hace un siglo y medio.

Sobre la firma

Jesús A. Cañas

Es corresponsal de EL PAÍS en Cádiz desde 2016. Antes trabajó para periódicos del grupo Vocento. Se licenció en Periodismo por la Universidad de Sevilla y es Máster de Arquitectura y Patrimonio Histórico por la US y el IAPH. En 2019, recibió el premio Cádiz de Periodismo por uno de sus trabajos sobre el narcotráfico en el Estrecho de Gibraltar.

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