Por una Holanda sin abusos ni mafias

Si la UE es la economía a la que más daña la guerra comercial, al ser la más abierta del mundo, también la crisis europea mellará sus economías más abiertas, entre las que destaca la holandesa

El primer ministro holandés, Mark Rutte (der.), y el ministro de Sanidad y Deportes holandés, Hugo de Jonge, este miércoles.
El primer ministro holandés, Mark Rutte (der.), y el ministro de Sanidad y Deportes holandés, Hugo de Jonge, este miércoles.BART MAAT / EFE

La Holanda humanista de anteayer, la europeísta de ayer y la inteligente de hoy se alza en tromba contra las posturas ultras, nacionalistas y xenófobas del núcleo duro de su Gobierno. Así, dos de sus socios, una carta-manifiesto de más de 70 economistas, el gobernador de su banco central y el líder laborista han repelido las insidias del ministro de Economía, Wopke Hoekstra, contra el sur y su defensa de los eurobonos.

Piden “un cambio de rumbo”, volver a “un enfoque europeo”. Y sostienen que “trabajar juntos va en interés de cada uno”. Cierto, va en interés de todos, porque los viejos postes fronterizos de Maastricht no detienen la pandemia. Y porque una fuerte recesión europea tampoco respetará a Holanda. Pues si la UE es la economía a la que más daña la guerra comercial, al ser la más abierta del mundo, también la crisis europea mellará sus economías más abiertas, entre las que destaca Holanda, con un grado de apertura del 152,8%.

Este país ostenta el más alto superávit en su balanza por cuenta corriente de toda la UE; un 10,8% en 2018 (por un 7,3% la RFA, Eurostat). Eso significa que el saldo entre todas sus exportaciones (bienes, servicios, rentas, dividendos...) e importaciones es el mejor de Europa. Y el 40% de lo que importa se destina a la reexportación, lo que consagra su rol de sencillo intermediario, sobre todo desde Róterdam.

Pero esa ventaja es también un perjuicio si capotan las economías vecinas. Holanda es, tras Alemania, la segunda beneficiaria del euro, y también lo es del mercado interior. Así que, desgajada de las políticas mancomunadas europeas resultaría muy vulnerable.

En realidad, el excesivo superávit exterior supone también un incumplimiento grave —aunque no castigado, como hace el Pacto de Estabilidad contra quien incurre en déficit presupuestario o deuda excesivos— de las reglas europeas. El Procedimiento de Desequilibrios Macroeconómicos lo fustiga, pues solo admite una horquilla de entre el -4% y el +6%, tope este último que también propugna el FMI.

Y eso es así porque un superávit excesivo implica que el ahorro nacional (obtenido en gran medida fuera) es exorbitante respecto de la inversión nacional. Al invertir poco, los super-superavitarios no tiran del carro y perjudican a sus socios.

Para más inri, ese superávit se alimenta asimismo de la evasión fiscal, como una de las “jurisdicciones que facilitan la planificación fiscal abusiva en el mundo”, según el Parlamento Europeo (Informe A-8-0170 de 8/3/2019). Es un “túnel” a los paraísos fiscales, un pulcro instrumento de la ilegalidad y el blanqueo, con triangulaciones mafiosas como el famoso sándwich holandés.

Esta competencia fiscal, desleal y repugnante, perjudica a España, a la que detrae, desviándolo hacia sí, un 4% de la recaudación del impuesto de sociedades, o a Italia (3%). Pero aún más a la RFA (7%), calcula Gabriel Zuceman (The missing profit of nations, NBER, junio 2018).

Bienvenidos, pues, los holandeses dignos, críticos de sus dirigentes infames.

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