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Lagarde se estrena en el BCE con un ligero optimismo sobre la economía

La presidenta del organismo lanza un mensaje de continuidad respecto a Draghi y mantiene intactos los tipos de interés y la compra de bonos

La presidenta del BCE, Christine Lagarde. En vídeo, declaraciones de Lagarde.

Hace ocho años, Mario Draghi se estrenó en el BCE con un puñetazo sobre la mesa. A los dos días de llegar a la presidencia, sorprendió con la primera de sus muchas bajadas de tipos. Christine Lagarde no ha querido emular a su antecesor. Tras su primer Consejo de Gobierno, dejó el jueves todo tal y como lo había dejado su predecesor, que en septiembre lanzó casi a la desesperada una batería de medidas para animar la actividad. Lagarde llegó a Fráncfort con una buena noticia en el bolso: por primera vez en mucho tiempo, el BCE ve síntomas esperanzadores y cree que el empeoramiento de la economía empieza a remitir.

Cada reunión de los grandes organismos económicos dejaba en los dos últimos años más o menos el mismo titular: los riesgos crecen. La guerra comercial y las incertidumbres geopolíticas pintaban el futuro de un tono cada vez más oscuro. Sin alejarse del todo de esa dinámica, Lagarde dejó ver un rayo de luz. Los datos de crecimiento e inflación de la eurozona son aún decepcionantes, pero el BCE detecta “síntomas iniciales de que la ralentización del crecimiento se estabiliza”. A Lagarde incluso se le coló la palabra “esperanzador” al hablar de la evolución de las tensiones comerciales y del Brexit. El organismo elevó una décima su previsión de crecimiento para este año, hasta al 1,2%, pero redujo en la misma cuantía la del próximo.

La rueda de prensa sirvió para observar cómo Lagarde piensa escenificar su liderazgo en el BCE, en el que probablemente sea el puesto más complicado de Europa. La francesa se alejó del estilo profesoral de Draghi, con un tono más cercano pero también más romo que el italiano.
Frente a los que auguran una presidencia más parecida a la de Trichet —con tendencia a buscar consensos— que a la de Draghi —con mayor iniciativa para impulsar lo que creyera necesario, incluso a costa de desgarrar el Consejo de Gobierno—, Lagarde quiso zanjar el debate desde el principio. “Tendré mi propio estilo”, dijo a los periodistas, a los que pidió no sobreinterpretar sus palabras, una dolencia muy extendida entre algunos seguidores del BCE.

“No soy ni una paloma ni un halcón”, añadió más tarde, en referencia a los choques cada vez más violentos entre el ala capitaneada por los alemanes y la de Draghi. Ella prefiere que piensen en ella como un búho.

El BCE de Lagarde echa a andar con cautela. El comunicado del jueves se parecía como una gota de agua al último de la era Draghi. Dejó los tipos de interés intactos —0% para el de referencia, y una tasa negativa del 0,5% para los bancos que depositan fondos en el eurobanco— y mantiene el ritmo de compras de bonos —20.000 millones al mes, susceptibles de aumentar si las cosas se tuercen aún más—.

En realidad, nadie esperaba otra cosa de la reunión. Lagarde llega al BCE tres meses después de que Draghi impulsara una batería de medidas que costó sacar adelante por las dudas sobre los tipos negativos, cuyos efectos preocupan a un número creciente de banqueros centrales. Hace tiempo que el BCE acepta que estas medidas extraordinarias conllevan riesgos crecientes. Lagarde admitió que esta era una de sus preocupaciones.

Pero esto no significa que Lagarde vaya a levantar ya el pie del acelerador. Nadie confía en una pronta subida de los tipos. “No voy a hacer una revisión del pasado. Las decisiones adoptadas continúan”, dijo tajante. Desde que se aprobaron en septiembre, ni la situación ha empeorado tanto como para justificar nuevas inyecciones monetarias, ni ha mejorado como para desandar el camino recorrido.

Lagarde puede aparentar calma, pero tiene una agenda repleta de asuntos espinosos. La eurozona no acaba de despegar. El BCE está muy lejos de conseguir que la inflación se sitúe cerca del 2%. Y las dudas en torno a la capacidad del organismo de cumplir su único objetivo hacen mella en su credibilidad. Lagarde insistió en un mensaje que tanto ella como Draghi llevan tiempo lanzando: la necesidad de que los Gobiernos se involucren con la política fiscal, a la vista de que la monetaria es cada vez menos efectiva.

Es aquí donde la nueva jefa del BCE choca con su primer gran dilema: ha de convencer a los inversores de que aún dispone de herramientas para hacer cumplir el objetivo de estabilidad de precios, pero al mismo tiempo recuerda a los Gobiernos que su margen de maniobra está muy cerca de agotarse, que el BCE prácticamente ya no da más de sí.

Una ambiciosa y complicada revisión de la estrategia

Christine Lagarde llega a un BCE exhausto. Mario Draghi estiró al máximo las herramientas del organismo, hasta conseguir alejarlo de la sombra del Bundesbank y convertirlo en un banco central moderno. Pero su sucesora ya no dispone de margen para continuar por ese camino. Y cree llegado el momento de repensar la estrategia del eurobanco, algo que no se había hecho desde 2003.

La nueva presidenta dio el jueves algunas pistas sobre esta revisión: los trabajos comenzarán de inmediato, a partir de enero, y no deberían alargarse demasiado. Lagarde quiere que estén listos a finales de 2020. Y sus ambiciones son altas. Quiere revisar todos y cada uno de los aspectos relevantes para un gran banco central del siglo XXI. No solo se estudiarán las vías para cumplir el mandato único —intocable, ese sí— de la estabilidad de precios. Para ello se repensará la actual formulación de “por debajo pero cerca del 2%”. También quiere abordar los grandes retos de la sociedad actual: del cambio climático a la revolución tecnológica pasando por la desigualdad. El camino promete estar lleno de trampas. Su idea de involucrar al BCE en la lucha por el medio ambiente ya ha encontrado un sinfín de críticos que le achacan querer involucrarse en asuntos propios de los políticos, cuando el banco no es capaz de lograr los objetivos que están dentro de su mandato, es decir, que los precios crezcan cerca del 2%.

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