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El BCE ultima una revolución en su objetivo

Es un cambio de apariencia meramente técnica. Pero es trascendental desde un punto de vista material, pues facilitará automáticamente una política monetaria mejor pegada a la coyuntura

El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, el pasado septiembre.
El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, el pasado septiembre. Reuters

El BCE ultima una revolución. Lo insinuó su cúpula en el reciente sexto Fórum de Sintra, pero el consenso para emprenderla está, en realidad, ya muy cocinado. Se trata de fijar el objetivo de aumento de la inflación en el 2% anual.

Es un cambio de apariencia meramente técnica. Pero es trascendental desde un punto de vista material, pues facilitará automáticamente una política monetaria mejor pegada a la coyuntura. Y eliminará el sesgo en favor de las políticas restrictivas incorporado a la formulación actual.

O sea, será menos ardua la toma de decisiones en un sentido estratégico expansivo, para lo que ahora hay que dar rodeos, desplegar paciencia y forjar acuerdos en el Consejo de Gobierno, complicados a veces por la renuencia de los halcones.

Algún lector fruncirá el ceño. ¿Acaso no era esta la cifra en que se materializa el objetivo? Sí y no. Veamos. El Tratado de Funcionamiento de la UE no fija un guarismo concreto. Se limita a establecer (artículo 127) que el “objetivo principal” del BCE “será mantener la estabilidad de precios”.

Fue el Consejo de Gobierno del BCE quien cuantificó esa “estabilidad de precios”. Lo hizo en octubre de 1998: un “aumento anual en el índice armonizado de precios al consumo para la eurozona por debajo del 2%”; y computado “a medio plazo”.

El final de la burbuja de las compañías puntocom provocó un debate sobre esa —digamos— orientación bajista (lower bound). Así que en mayo de 2003 se flexibilizó, concretando la estrategia inflacionaria en un objetivo “por debajo, pero cercano al 2% en el medio plazo”. Era una definición menos astringente: antes valía cualquier cifra por debajo del 2%; a partir de entonces, debía ser cercana a esa barrera.

Pero aún ganando en flexibilidad para combatir la baja inflación, y no solo la alta, la consigna resulta confusa. Las palomas tienden a considerar la cercanía en el entorno de unas pocas décimas. A los halcones prusianos y holandeses les ha tentado considerar que se puede aplicar el concepto de cercanía a un alza de un 1%. Y así restringir la disponibilidad de liquidez en mano del público al mínimo, lo que entraña un sesgo deflacionario.

El examen de los 20 años de unión monetaria ha enfatizado la comparación con la mayor fluidez adaptativa del marco monetario en que la Reserva Federal toma sus decisiones: su objetivo es del 2% a secas, de forma flexible tanto para los deslizamientos hacia arriba como hacia abajo.

Es la “asimetría” europea (también del Banco de Inglaterra) del objetivo de inflación (imperativa contra la alta inflación, menos evidente con la bajísima, que es el problema actual) con lo que se pretende terminar. Para adoptar un criterio “simétrico”, como el de EE UU, anunció Mario Draghi.

La Fed goza de otra ventaja. Considera tanto la inflación general (que incluye precios muy volátiles, como alimentos o energía, sobre todo el petróleo) como la subyacente (que los excluye). Esta última es la que prefigura mejor el futuro, pues incluye solo los productos y servicios más estables.

En su discurso de Sintra —uno de los principales que ha brindado— Draghi justificó que al inicio, cuando el BCE era una institución nueva, debía desgañitarse más que los demás (con un objetivo más duro) para “anclar las expectativas de inflación” y lograr “credibilidad”.

Pero “retrospectivamente” puede concluirse que eso perjudicó a los europeos tras la segunda ola recesiva de 2011. Para más detalles del razonamiento, entren en la web del BCE (en inglés), cliquen sobre ECB Forum on Central Banking, y en su Programa encontrarán el texto Twenty years of the ECB's monetary policy. Merece la excursión.

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