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COLUMNA i

El abandono del bien común

¿A dónde nos llevan las exigencias de las autoridades y las élites políticas y económicas?

Corredores de Bolsa en Wall Street.
Corredores de Bolsa en Wall Street. EFE

El Banco de España insiste en el rigor científico de sus cálculos y mantiene sus advertencias sobre los efectos destructivos para el empleo de la subida del 22% del salario mínimo a principios de año. Al mismo tiempo, los responsables europeos avisan de los riesgos de la precariedad del mercado laboral con altas tasas de empleo temporal y a tiempo parcial y un elevado número de trabajadores pobres. Es decir, aquellos que reciben un salario insuficiente para salir de la pobreza. Nos recuerdan además los riesgos por las últimas alzas en pensiones y mejoras en prestaciones por desempleo.

En cualquier caso no deberíamos dudar de la profesionalidad de los economistas del Banco de España ni de los funcionarios europeos. Todo lo contrario. Gracias a los rigurosos informes de los inspectores que han diseccionado los bancos y cajas, a petición de los jueces, disponemos de una información independiente y bastante aproximada de las causas de la crisis que ha sufrido este país. Unos trabajos que, por cierto, no siempre han recibido el respaldo de sus jefes, aunque con muy honrosas excepciones.

Pero vayamos al fondo del asunto. ¿A dónde nos llevan las exigencias de las autoridades y las élites políticas y económicas? ¿Representan los requisitos obligados para lograr el bien común en el futuro? No parece muy creíble.

La realidad es que se habla muy poco del bien común. Christophe Guilluy analiza las consecuencias del “abandono del bien común” en su reciente libro No society. El fin de la clase media occidental (Taurus). Este geógrafo francés enmarca “el abandono del bien común en el proceso de secesión del mundo de arriba”.

En su opinión, la creciente dependencia del poder financiero “hunde a los Estados en la espiral de la deuda, ante la que justifica la necesidad de una reducción de los gastos públicos y el desmantelamiento, paso a paso, del Estado de bienestar”. Guilluy recoge las reflexiones del pensador estadounidense Noam Chomsky, para quien “nunca en la historia ha habido una organización que se hubiera dedicado a emprender la destrucción de toda vida humana organizada”.

En la obra del geógrafo francés hay ideas discutibles, pero el panorama que describe es inquietante: “En el punto de mira: el Estado de bienestar. Demasiado bien pagadas, las clases populares y medias ahora además están demasiado protegidas”. La estrategia es conocida. “En nombre de la eficacia social, se concentrarán los medios en los más pobres, lo que implicará la reducción al mismo tiempo de la cobertura social”. Para recuperar la idea del bien común habrá que volver a los clásicos, reivindicados estos días por Rana Foroohar en Financial Times. El economista canadiense se guiaba por su sentido práctico. “Donde el mercado funciona, estoy por eso. Donde el Gobierno es necesario, estoy por eso. Estoy a favor de lo que funciona en cada caso particular”. Si para las autoridades la única ley es el mercado, no queda espacio para el bien común.

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