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El virus del frenazo económico contagia a Alemania

La primera economía europea renquea por las menores exportaciones a sus socios globales

La intensa actividad de un viernes de febrero en el puerto de Hamburgo transcurre aparentemente ajena a la insistente lluvia y, sobre todo, a los nubarrones que anuncian un enfriamiento económico, también en la locomotora alemana. Camiones llegados de media Europa cargan y descargan mercancías del mar de contenedores de colores que las grúas suben y bajan de los barcos. Un tercio de los nueve millones de containers que se mueven al año en este puerto proceden de China. Rusia y Reino Unido son los otros grandes destinos, junto con los Países Bálticos y la República Checa, hacia donde parten desde Hamburgo ocho trenes al día cargados de mercancía.

Pasajeros esperan el tren en la estación de Ostkreuz durante la huelga del servicio municipal del transporte en Berlín, el 15 de febrero.
Pasajeros esperan el tren en la estación de Ostkreuz durante la huelga del servicio municipal del transporte en Berlín, el 15 de febrero. REUTERS

Esta gran puerta comercial que conecta Alemania y Europa con el resto del mundo es la viva imagen del modelo alemán: una economía abierta al exterior, donde las exportaciones representan casi la mitad del PIB. Esa cifra no ha dejado de crecer en cuatro décadas. Y esa hiperapertura al mercado global es la que ha permitido a Alemania un crecimiento envidiable durante casi una década mientras otras economías vecinas flaqueaban.

Pero su exposición al mundo exterior corre ahora el riesgo de convertirse en debilidad en momentos de fuerte volatilidad como el actual, en el que las predicciones hablan de una desaceleración económica, también en Alemania. Las tensiones comerciales globales y las fricciones trans­atlánticas arrecian, mientras el Brexit más áspero empieza a vislumbrarse como una realidad. China, mientras tanto, modera su apetito importador.

El puerto de Hamburgo ejerce de sismógrafo, capaz de medir temblores financieros. “De momento, no sentimos impactos negativos, pero no sabemos qué va a pasar”, explica Ingo Egloff, presidente de la plataforma que representa los intereses de 300 empresas que operan en el puerto. “Si el Gobierno chino decide rebajar el crecimiento, eso tendrá consecuencias en el puerto. No sabemos tampoco qué piensa hacer Trump, pero está claro que no puede dejar de importar piezas de un día para otro porque son procesos que llevan tiempo. Y Reino Unido es otro problema”, indica Egloff, quien recuerda que Róterdam o Amberes tendrán aún más problemas porque concentran el tráfico con el canal de la Mancha.

La torre de la televisión en Alexanderplatz (Berlín). Alec Soth
La torre de la televisión en Alexanderplatz (Berlín). Alec Soth

Puede que sobre el terreno la percepción dominante sea el bussiness as usual, pero lo cierto es que las predicciones y algunos datos han desatado la preocupación en el continente. El último, hace tres días, cuando Alemania logró esquivar la recesión técnica por la mínima, pero certificó el estancamiento. La oficina oficial de estadísticas publicó los datos del cuarto trimestre de 2018, en los que el crecimiento del PIB fue cero, después de que en el tercer trimestre la economía se contrajese un 0,2%. Esa cifra sucede a otra también preocupante que refleja una caída del 0,4% de la producción industrial alemana en diciembre, lo que supone un descenso por cuarto mes consecutivo. La entrada de pedidos en la industria habla también en diciembre de una caída del 1,6%, que se debe sobre todo a los pedidos de fuera de la zona euro. Mientras, la confianza de los exportadores alemanes ha registrado una importante caída, según el índice del Instituto para la Investigación Económica de Múnich.

Las exportaciones reflejan además una caída del 4,5% en diciembre respecto al mismo mes del año anterior, aunque el ejercicio acabó con una subida del 3% respeto a todo 2017. El mastodóntico y criticado superávit comercial alemán cayó a 227.800 millones desde los 247.900 del año anterior debido a un mayor aumento de las importaciones, según las cifras oficiales.

“La economía alemana crecerá de nuevo por décimo año consecutivo. Se trata del periodo más largo de expansión ininterrumpida desde 1966”, anunció moderadamente complaciente un portavoz del Ministerio de Economía a finales de enero, para a continuación constatar que “los vientos soplan en contra” fuera de las fronteras y que “el crecimiento se espera menor este año”, cifrándolo en el 1% del PIB, una rebaja sustancial frente al 1,8% inicialmente previsto.

Pesimismo general

En general, las previsiones de crecimiento económico para la UE, pero también para Alemania, no son buenas. Bruselas corrigió a principios de febrero a la baja sus estimaciones para 2019 en la zona euro, del 1,9% al 1,3%, previendo que la desaceleración continúe. En el caso de Alemania, el Ejecutivo comunitario cifró en un 1,1% del PIB el crecimiento previsto para este año, lo que supone un 0,7% menos que en otoño y por debajo de la media de la zona euro.

“Las vacas gordas se han terminado”, había adelantado el ministro de Finanzas alemán, Olaf Scholz, a principios de enero en el semanario sensacionalista Bild. Se refería Scholz a la balanza fiscal, a los cinco años consecutivos de abultado superávit en el reino del rigor fiscal y la devoción a los presupuestos que respeten el famoso Schwarze Null, es decir, la ausencia de déficit. El de Alemania es, como reconocen en Berlín, un apretarse el cinturón relativo porque es una economía que parte de una situación de bonanza continuada. Pero a la vez los políticos son muy conscientes de que en un contexto de emergencia neonacionalista cobra especial urgencia evitar cualquier cosa que se parezca a una crisis. No se les escapa que la gran crisis financiera ha servido en Europa de caldo de cultivo de las fuerzas populistas que campan con creciente asertividad en el continente.

Por su apertura, pero también por el tipo de socios comerciales, Alemania tiene especiales papeletas para ser víctima de la volatilidad. Porque lo cierto es que sus cuatro grandes destinos exportadores —Estados Unidos, Francia, China y Reino Unido— atraviesan turbulencias que amenazan con ir a peor.

El caso de China y su desaceleración es tal vez el más evidente. “La economía alemana es muy sensible a lo que pase en China porque hay una exposición y una dependencia desproporcionada de la gran fábrica asiática. Hay preocupación y es evidente que tenemos que diversificar nuestras exportaciones”, sostiene Thorsten Benner, director del Global Public Policy Institute de Berlín. Benner explica que cerca del 20% de los ingresos de algunas grandes compañías proceden exclusivamente de China.

La preocupación, coinciden los expertos, no es necesariamente inmediata, sino que tiene que ver más con el medio y largo plazo. La carrera por la innovación podría dinamitar la relación comercial con China, que hasta ahora había sido complementaria. Pekín compraba sobre todo productos con alto valor añadido y vendía bienes de consumo baratos. “Pero ya no. Cada vez son más competitivos, y Alemania se ha dado cuenta de que tiene que invertir mucho más en inteligencia artificial o, por ejemplo, en baterías para coches eléctricos”, piensa Benner. Y añade: “Nos hemos beneficiado mucho de estas relaciones con China, pero igual ha llegado el momento de reconsiderarlo”.

El Gobierno alemán ha presentado este mes su nueva estrategia industrial con la que pretende hacer frente al desafío asiático. La idea es crear supercampeones nacionales y europeos que cuenten con apoyo estatal. La propuesta sucede a una serie de reformas con las que Berlín trata de controlar la adquisición de empresas alemanas por parte de extranjeras —­es decir, chinas— y corre el serio riesgo de chocar con las leyes europeas de competencia.

La entrada en recesión técnica se salvó por la mínima con un PIB plano en el último trimestre

La preocupación por la salud de la economía alemana se agravó al conocerse las cifras del tercer trimestre. El fantasma de la recesión técnica planeó sobre Berlín y se desataron las especulaciones. Sin embargo, según explican los expertos, esas cifras responden a una coyuntura muy concreta. Por un lado, la sequía prolongada del verano y el otoño pasados provocó una importante disrupción de la cadena de suministro en el Rin, por donde circulan el 70% de las mercancías que utilizan el transporte fluvial. Hubo tramos en los que los niveles de agua fueron los más bajos desde que existen registros, explican en la Administración de tráfico fluvial alemana (WSV). Eso hizo que, a pesar de que hubiera demanda, no se pudiese producir porque los barcos no podían navegar los ríos con menor calado. El transporte de químicos y combustibles fue el más afectado. “Los barcos más pesados simplemente no pudieron funcionar”, explica Andreas Sömmel, de la Asociación de Transporte y Logística de Renania del Norte-Westfalia (VVWL).

A la sequía de los ríos se sumó la falta de adaptación de la industria automovilística a la nueva normativa de certificaciones, que provocó otro frenazo de la producción por causas ajenas a las leyes del mercado y que tampoco tiene que ver con el llamado dieselgate, el escándalo de las emisiones falsas. Tiene que ver con que el catálogo de modelos de los fabricantes alemanes es muy amplio y la adaptación a los nuevos test de emisiones en otoño de 2018 fue un proceso complejo que ya ha sido superado y que no se espera que vuelva a repercutir en la marcha económica del país.

Transformación

Pero al margen de adaptaciones técnicas y burocráticas, lo cierto es que el sector automovilístico alemán atraviesa un momento de profunda transformación plagado de incógnitas sobre su futuro. La carrera por la innovación de coches eléctricos y autónomos y el crecimiento de las plataformas de vehículos compartidos han puesto patas arriba un sector desprestigiado como nunca por el escándalo del dieselgate. Una serie de procesos judiciales en relación con la posible prohibición de ciertos coches diésel en grandes ciudades alemanas ha arrojado aún mayores dosis de incertidumbre en el sector. De cómo sea capaz la industria de reinventarse y adaptarse a la nueva realidad dependerá también en buena medida la marcha de la economía del país. Por eso, para algunos expertos, la gran preocupación no es tanto la salud de la economía este año ni el que viene, sino el medio plazo, cuando temen que el país pueda quedar rezagado en la carrera tecnológica que se libra con especial intensidad en el sector del automóvil.

Haber superado los dos grandes obstáculos coyunturales de la segunda mitad de 2018 —sequía y certificación de emisiones— no significa, sin embargo, que el horizonte se presente despejado ni multicolor. Es al menos lo que sostiene Isabel Schnabel, profesora de Economía Financiera en la Universidad de Bonn, quien explica que cuando se vio que el automóvil atravesaba problemas, cuando acabó el tercer trimestre en negativo, todo el mundo dijo que era una cuestión temporal y que habría recuperación en el cuarto. “Pero hemos visto que las exportaciones han bajado y que la desaceleración de la economía alemana tiene que ver con la situación global, sobre todo la debilidad de China y de otras partes de Europa”, añade Schnabel, quien piensa que, aun así, “habrá pronto una recuperación, sobre todo teniendo en cuenta los nuevos impulsos fiscales previstos para este año y que empujarán el consumo”.

A la vez, la experta también interpreta que la economía alemana se asienta sobre unas bases todavía muy sólidas. Las predicciones para el mercado laboral son buenas, dice. “La demanda interna va a permanecer bastante fuerte y los salarios crecen a un ritmo relativamente rápido. El mercado laboral ha mejorado en todos los aspectos, también en los sectores más precarios. Muchos trabajos temporales y precarios se han transformado en puestos convencionales”.

La tasa de desempleo es del 3,1%, la más baja desde la reunificación alemana. El gran problema es el contrario, la falta de trabajadores. Un informe de la Fundación Bertelsmann presentado esta semana calcula que hacen falta 260.000 inmigrantes al año durante las próximas cuatro décadas para poder hacer frente al envejecimiento de la población. El Ejecutivo presentó en diciembre un paquete legislativo cuyo fin es atraer mano de obra de otros países. Las cifras del Instituto para la Investigación del Mercado de Trabajo y el Empleo (IAB), dependiente del Ministerio de Trabajo, indican que hay 1,2 millones de puestos vacantes en el país.

Alemania puede presumir además de que los refugiados —cerca de 1,2 millones de demandantes de asilo han llegado desde 2015— se han integrado mucho mejor de lo esperado en el mercado laboral. Uno de cada cuatro refugiados tiene trabajo, según las cifras publicadas el año pasado por el IAB, dependiente del Departamento de Trabajo. Sin ellos y en general sin los extranjeros —trabajadores del este y del sur de Europa—, el crecimiento registrado del empleo no hubiera sido posible.

Aun así, el reto demográfico sigue siendo monumental. Los baby boomers se acercan ahora a la edad de jubilación y los problemas se harán más visibles, sobre todo para el sistema de pensiones. Otra de las amenazas es el crecimiento de una burbuja inmobiliaria, provocada por una subida desorbitada de los precios de la vivienda y que tiene especial intensidad en ciudades como Berlín o Múnich.

Simon Junker, economista del DIW, el instituto alemán para la investigación económica, vaticina una pronta recuperación. “La situación general de la economía alemana es muy sólida. Habrá una desaceleración debido al enfriamiento de la economía global. A Alemania le afectará especialmente el Brexit y otros acontecimientos globales por su apertura, pero se recuperará el crecimiento porque la demanda sigue siendo alta y estable tanto la interna como la exterior”.

Junker cita además la estabilidad política del país como elemento tranquilizador, pero lo cierto es que ese vaso también puede considerarse medio vacío. Una debilitada gran coalición formada por conservadores y socialdemócratas gobierna en Berlín desde el año pasado. Puede que, comparado con la situación en Italia o incluso en Francia, la política alemana pueda parecer un balneario, pero el riesgo de inestabilidad existe. Es un secreto a voces que la Groko —como se conoce en Alemania a la gran coalición— es un matrimonio de conveniencia en el que nuca hubo amor, pero ahora además el riesgo de divorcio cobra creciente entidad. Con el relevo de la canciller, Angela Merkel, como presidenta de su partido, la Unión Demócrata Cristiana (CDU), hay voces que piden romper con su giro al centro. Y con el golpe de timón a la izquierda de los socialdemócratas (SPD), la convivencia se está volviendo cada vez más compleja en los despachos de Berlín.

Efecto Brexit

Junker y muchos otros expertos coinciden en que el divorcio que tendrá un impacto más tangible e inmediato en la economía alemana será el Brexit —Reino Unido es el cuarto mayor importador para Alemania—. La magnitud dependerá, claro, de en qué términos se acuerde. “Si baja la libra, evidentemente tendrá un impacto negativo en la demanda de productos. Eso afectaría también a otros países de la zona, que también reducirían su crecimiento, lo que a su vez afectaría a Alemania”, dice Junker. Un estudio reciente del Instituto para la Investigación de Halle (IWH) cifra en 100.000 los puestos de trabajo que podría poner en peligro un Brexit duro en Alemania, buena parte de ellos en el sector automovilístico.

Está por ver además cómo reaccionarán los consumidores. Porque una cosa es que se puedan permitir comprar y otra bien distinta que una población con especial querencia por el ahorro y la austeridad decida hacerlo en un contexto de inseguridad. “Los consumidores alemanes son muy cautelosos. Tienen un comportamiento muy particular, que tiene que ver con la hiperinflación, con los años treinta y la Segunda Guerra Mundial. La cautela y el ahorro están en el ADN alemán”, sostiene Egloff, de la plataforma de empresas del puerto. De momento, las cifras de ventas al por menor muestran una caída del 4,3% en diciembre —2,1% menos que el mismo mes en el año anterior—, la mayor en 11 años. Las predicciones oficiales son mucho más optimistas y vaticinan, sin embargo, que el consumo crecerá un 1,3% este año frente al 1% de 2018.

En el puerto de Hamburgo, mientras, las grúas siguen arriba y abajo y los empresarios se resisten a dejar de ver el vaso medio lleno. Egloff se frota las manos ante la apertura de cuatro nuevas líneas con EE UU y asegura que en el este de Europa, su patio comercial trasero, las economías crecen a buen ritmo. “Siempre ha habido subidas y bajadas, pero al final siempre acabamos creciendo un poco”, dice Egloff. A renglón seguido matiza: “Pero, claro, también en 2008 las predicciones hablaron de un futuro prometedor y entró la crisis de lleno y perdimos tres millones de contenedores. No lo vieron venir”.

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