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OPINIÓN i

La desconfianza como disolvente social

La ética utilitarista basada en el objetivo de “maximizar el valor para los accionistas” asesina al capitalismo de mercado

La desconfianza como disolvente social

¿Puede un militante de Podemos votar a Vox? La pregunta me sorprendió en el coloquio de una conferencia en Santander. En principio, parece contradictorio que una persona de izquierdas vote a un partido percibido como de extrema derecha. Pero quizá no lo sea tanto en estos tiempos. El parámetro clásico de izquierda–derecha ha perdido capacidad para explicar la conducta electoral de muchas personas.

En los movimientos de protesta —como los “chalecos amarillos” franceses— participan personas de izquierdas y derechas, jóvenes y mayores, hombres y mujeres, nativos e inmigrantes. Y lo mismo ocurre entre los votantes del Brexit, de Trump o de Bolsonaro. No son votantes de extrema derecha o fascistas, sino antisistema.

Si esos patrones clásicos ya no sirven, entonces, ¿qué rasgo comparten las personas que votan a dirigentes populistas autoritarios? En mi opinión, la desconfianza en el sistema político y económico tal como ahora funciona. Muchas personas perciben que las reglas de la política y de la economía liberal están actuando en su contra. Y tienen motivos. La desconfianza es un poderoso disolvente del pegamento que la democracia y el capitalismo de mercado necesitan para tener apoyo social. Esa desconfianza es la que está detrás de los movimientos políticos antisistema y de los movimientos “anticapitalistas”.

En la medida en que lleva a dar una patada a todo lo existente, la desconfianza puede ser una conducta autolesiva. Los más perjudicados por las rebajas fiscales de Trump a los más ricos son algunos de sus votantes. Pero si se le pregunta si no se dan cuenta del riesgo que corren con su voto a dirigentes populistas autoritarios, su respuesta podría ser, ¿Y no se da cuenta usted cómo me ha ido hasta ahora con las políticas que ustedes han hecho? La desconfianza es el resultado del sentimiento de desamparo que lleva a muchas personas a la desafección hacia el sistema.

La ética utilitarista basada en el objetivo de “maximizar el valor para los accionistas” asesina al capitalismo de mercado

¿Cuál es la raíz de esta desconfianza? Lo habitual es señalar a la política y a las políticas públicas. Y, en parte, así es. Pero, a mi juicio, la raíz profunda está en el funcionamiento del capitalismo de las últimas décadas, ya sea el de las grandes corporaciones tradicionales o los nuevos monopolios digitales. El aumento de la desigualdad y la aparición de los nuevos trabajadores pobres —con un salario que no da para llegar a fin de mes, y menos aún para sostener o crear una familia— tienen su principal raíz en dos causas económicas. La primera, la injusta e ineficiente distribución del excedente empresarial entre salarios, retribución de la alta dirección y dividendos. La segunda, la disminución de la competencia en muchas actividades que hace que los precios de bienes y servicios respondan más a lógicas de monopolio que de competencia.

Además de luchar contra esas prácticas monopolistas, es necesaria una nueva ética empresarial. La ética utilitarista basada en el objetivo de “maximizar el valor para los accionistas” asesina al capitalismo de mercado. Necesitamos una nueva ética de la responsabilidad. En este sentido son esperanzadoras algunas voces desde dentro del sistema. Una de ellas es la de Larry Fink, el presidente de BlackRock, la mayor gestora de fondos de inversión del mundo. En su carta anual de 2019 a los directivos de las empresas en las que el fondo es accionista les advierte de que la “confianza [de la sociedad en la empresa] decae” y de que la presión sobre los directivos será cada vez más intensa: “Angustiada por los cambios económicos y la incapacidad de los gobiernos para brindar soluciones duraderas, la sociedad está esperando cada vez más que las compañías, tanto cotizadas como no, aborden asuntos sociales y económicos apremiantes”. De ahí que les exija fijar el “propósito” que debe perseguir su empresa: “El propósito no es un simple eslogan o una campaña de marketing, es el motivo fundamental de la existencia de la compañía: lo que está haciendo todos los días con el fin de crear valor para todos los stakeholders [accionistas, empleados, proveedores, clientes, comunidad]”. Y sigue, “El propósito no es únicamente la búsqueda de la rentabilidad, sino la fuerza que nos impulsa a lograrla”. Voces similares, y movimientos en favor de un “capitalismo consciente”, son cada vez más numerosos. Se trata de salvar al capitalismo de los capitalistas.

Los defensores del capitalismo de mercado han de ser conscientes de que el núcleo moral que legitima este sistema es su capacidad para ofrecer oportunidades a todos, especialmente a los que más lo necesitan. Si fallan en ese objetivo, la desconfianza social se convertirá en un poderoso disolvente anticapitalista.

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