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OPINIÓN

¿Por qué fracasan las regiones?

Andalucía, Baviera, Cataluña: la riqueza o la ruina llegan en periodos muy breves

Manifestantes en la plaza de de la Universitat de Barcelona.
Manifestantes en la plaza de de la Universitat de Barcelona.

La identidad muta. También la económica. A veces, muy rápidamente. La nacionalidad, región o land que ayer era potente hoy deviene débil; la rica se convierte en pobre. Y a la inversa, la más retrasada se coloca en cabeza.

Mirado con el catalejo de la historia, sucede a veces casi de repente. Andalucía era en 1800 la economía regional más potente de España: generaba el 24,75% del PIB total. En pocas décadas bajó a la mitad, y en 2016 se situó en el 13,3% (La decadencia económica andaluza, EL PAÍS, 6-3-1980; e INE).

Mientras el de Cataluña suponía el 8,28% en 1800, y desde entonces se ha duplicado largamente, hasta el 19% en 2016, a la vanguardia de las comunidades autónomas. En términos de riqueza per capita, los catalanes, aunque muy por detrás de los madrileños, aventajan a la media de los españoles en un 19,3%; los ingresos de cada andaluz son un 26,4% inferiores a la media española.

Baviera era en 1950 un land alemán pobre. Formaba entre los farolillos rojos, Schleswig-Holstein, Baja Sajonia y Renania-Palatinado, que registraban una media de PIB per capita del 23% inferior al alemán (Eastern Germany’s long haul, Robert Barro, TWSJ, 3-5-1991). Hoy es el tercero, tras la inalcanzable Hamburgo y casi empatado con el minúsculo Bremen: sus ingresos por persona superan (datos de 2015) la media alemana en un 16%.

Así que en periodos no tan largos, las regiones económicas suben y bajan, triunfan y fracasan. Nada está adquirido para siempre, contra lo que creen los supremacistas.

¿Por qué fracasan los países?, se preguntaron Daron Acemoglu y James Robinson en un famoso libro (Deusto, Barcelona, 2012). Fracasan si unas élites extractivas parasitarias sobreexplotan a sus poblaciones mediante crueles instituciones económicas (esclavismo, opresión colonial, miseria) dobladas de instituciones políticas excluyentes (dictaduras, virreinatos), respondieron.

También por la asincronía entre crecimiento económico y desarrollo político. Y por la “interacción de pequeñas diferencias institucionales con coyunturas críticas”, apuntaron.

Apliquemos el esquema. Andalucía emparejó en el Antiguo Régimen la hegemonía económica (agrícola) con mucho poder político en la Corte: aquel retranqueó tras la primera Revolución Industrial, quedando este cojo. Declinó. Baviera acompañó el crecimiento de los sesenta con influencia política y cultural propia (el canciller Ludwig Erhard, padre de la “economía social de mercado”), en caminos paralelos y retroalimentadores. Se catapultó.

¿Y Cataluña? Su éxito económico en dos siglos ha sido fulgurante, como resumen sus cifras básicas. Se rescató tras la precariedad institucional económica del franquismo. Acumuló empresas, banca, talento, cosmopolitismo, capitalidad cultural y olímpica.

Acompañó esa recuperación de una influencia política (con el PSC y CiU) muy significativa pero nunca dirimente. Adaptada a la globalización, pero desconcertada por la Gran Recesión (y por la centrifugación de responsabilidades que sobre ella perpetraron algunos dirigentes), se enfrenta al riesgo de abocarse a una senda de fracaso: por asincronía de una economía (hasta hoy) fuerte y una política que en vez de voluntad de Poder (con mayúscula), acaricia convertirse en Contrapoder.