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ANÁLISIS

Brasil: crisis sin fecha de caducidad

Los problemas son consecuencia del insuficiente estímulo de la inversión privada y la productividad

Brasil ha retrocedido a pasos de gigante en los últimos años. El ingreso por persona se redujo un 35%, desde su nivel máximo alcanzado en 2011, al medirlo en dólares. Tan solo el año pasado, un millón y medio de puestos de trabajo fueron destruidos. Las conquistas sociales recientes, tales como la reducción de la desigualdad y de la pobreza, están ahora mismo bajo la amenaza de ser revertidas.

Detrás del retroceso hay factores externos e internos. Por un lado, la moderación del crecimiento mundial, y en particular de China; la contracción del precio de las materias primas; las turbulencias financieras, y las dudas sobre la evolución de la economía global explican en parte la desaceleración de la economía brasileña. Por otro lado, los problemas son consecuencia del insuficiente estímulo de la inversión privada y la productividad, cuando la economía crecía a tasas positivas, y del excesivo énfasis del modelo de crecimiento anterior, centrado en la expansión del consumo, el crédito y el gasto público. Con respecto a este último aspecto, el activismo fiscal observado en los últimos años ha provocado un fuerte deterioro de las cuentas del Gobierno, contribuyendo a socavar la confianza en el país. Por tanto, son incompletos y parciales los análisis que se centran en los errores de política económica interna o en el entorno internacional, pero no en ambos, para entender los problemas que la economía brasileña afronta.

Asimismo, Brasil atraviesa una crisis económica que ha alimentado una crisis política, en la que destacan el inicio del proceso de destitución de la presidenta, Rousseff, y las investigaciones de una serie de escándalos de corrupción.

No hay razones para pensar que lo peor haya quedado atrás. Los problemas económicos y políticos seguirán alimentándose mutuamente, al menos a lo largo de 2016. Dado que no es probable que el entorno externo mejore y en vista de que la solución de los problemas fiscales internos parece distante, la economía seguirá debilitándose, lo que contribuirá a mantener vivas las tensiones políticas. Además, el proceso parlamentario para decidir si se destituye a la presidenta y las investigaciones sobre los escándalos de corrupción seguirán en el punto de mira, lo que mantendrá la incertidumbre y dificultará el necesario ajuste fiscal, afectando negativamente a la economía.

Las condiciones para que la crisis se profundice más este año están dadas. Se espera que la actividad económica caiga alrededor de un 3% en 2016, tras contraerse 3,8% en 2015. Marcando así el peor bienio en términos de crecimiento desde que hay registros. La economía podría volver a crecer, aunque de manera tímida, en 2017 debido a una política monetaria menos restrictiva (permitida por una moderación de la inflación, que sigue por encima de 10%), a una pequeña subida en el precio de las materias primas y a una reducción de la incertidumbre política, una vez el Congreso tome una decisión sobre la destitución de Rousseff. Sin embargo, el inicio de un nuevo ciclo de crecimiento sostenible tardará más en llegar, ya que todavía no se perfila en el horizonte una solución duradera para los problemas políticos y económicos del país.

Enestor Dos Santos es economista principal para América Latina de BBVA Research.