El sistema financiero internacional reclama ahora más regulación

Una veintena de grandes banqueros internacionales piden en un documento del Foro Económico Mundial más control público

Participantes en el Foro de Davos, el pasado 25 de enero, en la ciudad suiza
Participantes en el Foro de Davos, el pasado 25 de enero, en la ciudad suizaFABRICE COFFRINI (AFP)

A las teatrales promesas de refundación del capitalismo tras el estallido de la crisis en 2008 respondieron Europa y EE UU con miles de páginas de nueva regulación, y la industria financiera con un formidable ejercicio de lobby para dejarlo todo prácticamente igual. El sector cambia ahora de estrategia: una veintena de banqueros y otros actores en los mercados reclaman más reglas. En un documento alumbrado por el Foro Económico Mundial y firmado, entre otros, por Axel Weber (UBS) y Douglas Flint (HSBC), piden medidas “para mejorar la estabilidad financiera y reducir el impacto de futuras crisis”.

Con el cadáver caliente de Lehman Brothers, los líderes mundiales se conjuraron en 2008 para lo que el expresidente francés Nicolas Sarkozy bautizó como “la refundación del capitalismo”. Las autoridades respondieron al crash con una agenda de reformas frenética: más de 30.000 páginas de regulación financiera en EE UU y más de 60.000 en Europa. Y aun así el sistema sigue siendo casi el mismo: global, hipertrofiado, sobreendeudado, propenso a los riesgos excesivos y, sobre todo, capaz de abrazarse al Estado ya sea para obtener rescates multimillonarios o para reducir la efectividad de las medidas reguladoras.

La industria, que durante años ha tirado de chequera para hacer lobby con grandes resultados, alza ahora la voz en ese documento —obtenido por la Alianza de Periódicos Líderes en Europa (LENA), un grupo de diarios del que forma parte EL PAÍS— para promover más regulación macroprudencial: medidas para “limitar los riesgos sistémicos”; para ir, en definitiva, contra el viento: se trata de poner freno a los mercados en los años de burbujas y permitir más alegrías en los ciclos recesivos.

Los supervisores apuestan por ajustes de capital y liquidez

Los supervisores han intensificado el uso de herramientas macroprudenciales desde 2008. Basilea III introduce colchones de capital contracíclico: aumentan en épocas de crecimiento y se relajan en épocas de contracción. Suiza y Australia acaban de aprobar varias medidas: limitan el tamaño de la hipoteca respecto al valor de la propiedad (el precio de las casas ha dejado de subir en Suiza, por ejemplo), o a los ingresos del prestatario, o restringen el uso de los tipos de interés variable. Los reguladores apuestan por ajustes de capital y liquidez en función del ciclo, por evitar que todos los bancos estén expuestos a los mismos activos y por reducir la ratio de apalancamiento: la deuda en función de los activos.

El FMI destacaba en 2013 que el uso de esas medidas hubiese permitido reducir a cero el coste de la recapitalización bancaria en España.

Las reglas forman parte de una especie de promesa: “Esa crisis no volverá a suceder”. Pero los analistas desconfían. “Está claro que el sector se opone a más microrregulación porque, por ejemplo, fuerza a las entidades a ser más pequeñas, algo que odian. Quizá por eso quieran medidas macro, para librarse de las micro”, apunta Charles Wyplosz. John Lanchester, autor de Cómo hablar de dinero, dice que la banca ha tenido un éxito “ridículamente vergonzoso” a la hora de retrasar y diluir la normativa. Y Ben Bernanke defiende reglas más intrusivas (“la capacidad del sector para controlar sus riesgos no está a la altura”, argumenta), aunque en Mis años en la Fed admite que las crisis “siempre nos acompañarán; probablemente son inevitables”.

“El sistema es nuestro mayor riesgo. Ser el mejor banco en un sistema que falla es como tener la suite presidencial en el Titanic”, asegura un ejecutivo de una de las entidades firmantes (ninguna española). Destacan, además de los grandes bancos UBS y HSBC, Blackrock (la mayor gestora de fondos del mundo), las aseguradoras Generali y Zurich, la entidad italiana Intesa Sanpaolo o el grupo financiero mexicano Banorte.

En contraste con lo sucedido en los últimos años en que las prácticas financieras —y la negligencia de los reguladores— fueron la principal causa de la debacle, el sector da muestras de un interés por reforzar la regulación “para limitar los riesgos para el sistema” y “reducir ineficiencias como el exceso de euforia vinculado a algunos activos, por ejemplo en el mercado inmobiliario”, que hizo estallar burbujas en países como EE UU o España, según el documento de ocho páginas coordinado por el Foro de Davos y la consultora Oliver Wyman, firma que asesoró al Gobierno español en 2012 en la reestructuración del sistema financiero.

La gran cuestión es qué hacer con las burbujas. Las soluciones utilizadas hasta ahora no han funcionado: ignorarlas y limpiar los destrozos después alumbró durante dos décadas la superburbuja que estalló en 2008. Cada vez que el sistema se metía en problemas por un aumento del crédito, los bancos centrales intervenían y encontraban formas de estimular la economía. Esa era acabó con esta crisis y, con ella, ha cambiado un paradigma: junto con la política monetaria y la regulación y supervisión tradicionales, los reguladores apuntan hacia una nueva ortodoxia en la que tendrán un papel estelar las políticas basadas en proteger a la economía del sistema financiero y viceversa.

Señales de alerta adecuadas

En conversación con este diario, Douglas Flint, presidente del HSBC, asegura que los reguladores ya no pueden mirar a cada entidad: “Decisiones de estrategia que pueden ser óptimas para un solo banco pueden ser muy peligrosas y afectar al conjunto de la economía cuando las toman todas las entidades a la vez. Para ello, los reguladores deben tener señales de alerta adecuadas y medidas macroprudenciales para gestionar los riesgos del conjunto del sistema”.

El informe no apunta a medidas concretas, pero Flint asegura que las entidades que apoyan esa estrategia “están a favor de dar más transparencia al mercado de derivados, de evitar la banca en la sombra y de ver cómo se limitan las ratios de endeudamiento; en general, los bancos están abiertos a cualquier receta que permita estabilizar el sistema”.

Eso sí, el documento pide “un equilibrio adecuado entre estabilidad financiera y crecimiento económico” —como si fueran excluyentes— y reclama un uso comedido de esas herramientas. “No está clara su efectividad para limitar los riesgos sistémicos ni su impacto sobre la economía real”, reza; “si se diseñan incorrectamente, pueden provocar incluso más riesgos”, advierte Michel Liès, primer ejecutivo de Swiss Re. Axel Weber, expresidente del Bundesbank y ahora en UBS, añade que las políticas macroprudenciales “podrían desempeñar un rol fundamental para dar estabilidad, pero siempre que su gobernanza y sus efectos secundarios potenciales se manejen adecuadamente”.

Los grandes defienden esa regulación, pero con cuidado. Aducen que estas políticas son más un arte que una ciencia, están dando sus primeros pasos y eso hace contraproducente un uso demasiado ambicioso. “El mensaje a los políticos es que sigan ese camino, pero con prudencia”, avisa Liès, que apunta que el sector quiere participar en su diseño. “El peligro es un mal diseño de incentivos que lleve a las entidades a invertir en unos activos y no en otros y acabe provocando el mismo riesgo de burbujas que quiere evitar y una mala asignación de los recursos”, concluye Flint.

Sobre la firma

Claudi Pérez

Director adjunto de EL PAíS. Excorresponsal político y económico, exredactor jefe de política nacional, excorresponsal en Bruselas durante toda la crisis del euro y anteriormente especialista en asuntos económicos internacionales. Premio Salvador de Madariaga. Madrid, y antes Bruselas, y aún antes Barcelona.

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