Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Brasil, a contracorriente

En un contexto de política monetaria expansiva a nivel mundial, con varios bancos centrales relevantes aumentando el tamaño de su balance mediante la compra a vencimiento de activos de renta fija (Quantitative Easing), sorprenden las decisiones del Banco de Brasil, que esta semana ha vuelto a subir los tipos de interés.

En concreto, ha elevado el SELIC (tipo de intervención del Banco Central) en 50 puntos básicos, hasta el 13,25%, lo que supone el quinto endurecimiento consecutivo. Y no se puede vincular a un contexto de mejora del crecimiento económico que podría hacerlo recomendable. Todo lo contrario. Brasil está acumulando recortes en la previsión de avance del PIB, de tal forma que este año podría sufrir una contracción del orden del 1%. Todo ello después de la decepción del pasado año (0,1%), que no es más que la continuación de un lustro de crecimiento muy por debajo de lo esperado.

Brasil no está cumpliendo las expectativas que apuntaban a cierta capacidad de relevo de China como motor de crecimiento dentro del bloque BRIC (sí lo está consiguiendo India). Una de las claves de esta decepción es la incapacidad que está mostrando su banco central a la hora de contener las expectativas de inflación y situarlas en línea con las de sus competidores comerciales, que por lo general se mueven dentro de su rango objetivo.

La posible pérdida del grado de inversión de la deuda resume el reto que tiene por delante el país

La rigidez del mercado laboral provoca que la elevada inflación tenga un traslado significativo a los salarios, provocando una pérdida de competitividad del país que se agrava por unas condiciones financieras diferencialmente duras derivadas de los desequilibrios que arrastra la economía. Como no podía ser de otra forma, este deterioro de la capacidad competitiva provoca una reducción de la inversión extranjera directa, tan importante para un país que presenta un déficit por cuenta corriente que alcanza ya un nivel equivalente al 4% del PIB.

Adicionalmente, la normalización de las condiciones monetarias en EE UU podría precipitar la salida de flujos de inversión durante el tramo final del año. Las dificultades para cubrir las necesidades de financiación provocan una depreciación del real brasileño que, a su vez, impulsa al alza la inflación. Círculo vicioso que el banco central trata de resolver, hasta ahora sin éxito, mediante la ortodoxia monetaria. Hace bien en no recurrir a métodos no convencionales que, como se constata en otros países de Latinoamérica, no solo no resuelven el problema de pérdida de competitividad, sino que lo deterioran al generar mayores tasas de inflación.

Ahora bien, como es habitual en estos casos, la duda es hasta qué nivel el banco central debe subir tipos de interés sin ahogar excesivamente el crecimiento económico. Más aún si tenemos en cuenta el poco espacio fiscal que tiene el Gobierno. El déficit público equivale ya al 5% del PIB y el saldo de deuda pública se eleva hasta el 66%, en un contexto en el que el temor es que se tengan que destinar fondos para recapitalizar Petrobras. La amenaza de las agencias de rating sobre una potencial pérdida del grado de inversión es todo un resumen del reto que tiene por delante Brasil.

David Cano y Juan Navarro son profesores de Afi, Escuela de Finanzas Aplicadas

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