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Hartos como en Grecia

Recortar drásticamente el gasto cuando la economía está deprimida es muy mala idea

Pensionistas griegos reciben comida durante una protesta por los recortes celebrada el pasado miércoles en Atenas.
Pensionistas griegos reciben comida durante una protesta por los recortes celebrada el pasado miércoles en Atenas. AFP

La crisis fiscal griega estalló hace cinco años y sus consecuencias indirectas siguen causando daños inmensos a Europa y el resto del mundo. Pero no me refiero a las consecuencias que puede que tengan en mente (los efectos indirectos de una debacle griega de dimensiones similares a las de Gran Depresión, o el contagio financiero a otros deudores). No, la consecuencia verdaderamente desastrosa de la crisis griega ha sido el modo en que ha distorsionado la política económica, ya que ha hecho que gente supuestamente seria de todo el mundo se apresure a sacar conclusiones erróneas.

Ahora, parece que Grecia vuelve a estar en crisis. ¿Acertaremos con nuestras conclusiones esta vez?

Lo que pasó la vez anterior, como recordarán, fue que se aprovechó la desgracia de Grecia para cambiar de tema en el debate económico. De repente, se suponía que debíamos estar obsesionados con los déficits presupuestarios, aunque el precio de los préstamos estuviese más bajo que nunca, y con los recortes drásticos del gasto público, aunque hubiese un paro enorme. Porque, si no lo hacíamos, ya ven, podíamos convertirnos en Grecia en cualquier momento. “Grecia representa una advertencia de lo que le pasa a los países que pierden su credibilidad”, recitaba David Cameron, el primer ministro británico, al anunciar las políticas de austeridad en 2010. “Vamos por el mismo camino que Grecia”, afirmaba el representante Paul Ryan, quien pronto iba a convertirse en el presidente del Comité Presupuestario de la Cámara, ese mismo año.

En realidad, Gran Bretaña y Estados Unidos, que adquieren préstamos en sus propias monedas, no se parecían ni se parecen en nada a Grecia. Si alguien pensaba lo contrario en 2010, a estas alturas, los sucesivos años de tipos de interés increíblemente bajos y poca inflación deberían haberle convencido. Y la experiencia de Grecia y otros países europeos que se vieron obligados a adoptar unas medidas de austeridad radical también debería haberles convencido de que recortar drásticamente el gasto cuando la economía está deprimida es muy mala idea, si se puede evitar. Esto es válido incluso en los casos supuestamente exitosos: Irlanda, por ejemplo, al fin ha vuelto a crecer, pero sigue teniendo casi un 11% de paro, porcentaje que se duplica entre la población joven.

Y resulta impresionante contemplar la devastación de Grecia. Algunos informes de prensa que he visto indican que el país ha estado fingiendo sus males, para evitar las medidas drásticas que la situación exige. En realidad, ha hecho ajustes enormes: reducir drásticamente el empleo y los salarios públicos, recortar los programas sociales, subir los impuestos. Si quieren hacerse una idea de la escala de las medidas de austeridad, sería como si Estados Unidos hubiese aplicado unos recortes del gasto y unas subidas de impuestos equivalentes a más de un billón de dólares al año. Al mismo tiempo, los sueldos del sector privado se han desplomado. Pero la cuarta parte de los trabajadores griegos, y la mitad de los jóvenes, sigue en paro.

Mientras tanto, la situación de la deuda no ha hecho más que empeorar, porque la relación entre deuda pública y el PIB ha alcanzado una cifra de récord —sobre todo por la bajada del PIB, no por el aumento de la deuda— y porque ha surgido un gran problema de deuda privada, a causa de la deflación y la depresión. Hay algunos aspectos positivos; la economía está creciendo un poco, por fin, gracias en gran medida a la recuperación del turismo. Pero, en general, han sido muchos años de sufrimiento para obtener una recompensa muy pequeña.

Lo llamativo, teniendo todo eso en cuenta, ha sido la buena disposición de la ciudadanía griega a asumirlo, a aceptar las afirmaciones de la élite política sobre que el dolor era necesario y que, al final, conduciría a la recuperación. Y la noticia que ha agitado a Europa estos últimos días es que los griegos podrían haber llegado a su límite. Los detalles son complejos, pero en esencia, el actual Gobierno está intentando recurrir a una maniobra política bastante desesperada para posponer las elecciones generales. Y, si fracasa, es probable que las elecciones las gane Syriza, un partido de izquierdas que ha exigido una renegociación del plan de austeridad, lo que podría llevar a un enfrentamiento con Alemania y a una salida del euro.

Lo importante aquí es que los griegos no son los únicos que están hartos de lo que pasa en Hellas (el nombre de su país en griego) y no van a seguir soportándolo. Fíjense en Francia, donde Marine Le Pen, la dirigente del partido anti-inmigración Frente Nacional, supera en los sondeos a los principales candidatos de la izquierda y la derecha. Fíjense en Italia, donde alrededor de la mitad de los votantes apoya a partidos radicales como la Liga Norte y el Movimiento Cinco Estrellas. Fíjense en Gran Bretaña, donde los políticos anti-inmigración y los separatistas escoceses ponen en peligro el orden político.

Sería terrible que cualquiera de estos grupos —a excepción, sorprendentemente, de Syriza, que parece relativamente benigno— llegase al poder. Pero hay una razón por la que están en auge. Esto es lo que pasa cuando una élite se arroga el derecho de gobernar basándose en sus supuestos conocimientos, su comprensión de lo que se debe hacer, y luego demuestra que, en realidad, no sabe lo que hace y es demasiado inflexible ideológicamente para aprender de sus errores.

No tengo ni idea de cómo terminarán los acontecimientos de Grecia. Pero hay una lección práctica en esta agitación política que es mucho más importante que la falsa conclusión a la que muchos llegaron a partir de sus problemas fiscales especiales.

Paul Krugman es profesor de Economía de la Universidad de Princeton y Nobel de Economía 2008.

Traducción de News Clips.

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