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EDITORIAL

El área euro es una isla

Para que la economía mundial repunte es imprescindible que lo haga la europea

Desde la perspectiva del Fondo Monetario Internacional (FMI), la más perspicaz de cuantas intentan describir el estado de la crisis, la economía mundial se divide en áreas monetarias que han optado por políticas de relajación monetaria masiva (dólar, libra y yen) y otra que mantiene una prudente contención cohibida por el temor a la inflación (euro); y también en áreas que han puesto toda la carne en el asador para combatir el desempleo (dólar) y el euro, que sigue anclada en la idea de la austeridad (restricciones presupuestarias a ultranza para reducir el déficit). En cualquier división que se tome, el euro está solo. Alemania y la ortodoxia del Bundesbank siguen insistiendo en el ajuste como salida acertada de la crisis; Angela Merkel repite una y otra vez que la solución es el ahorro —afirmación cierta solo si se combina con otras decisiones políticas, cosa que no ocurre— y que el Estado de bienestar no puede financiarse con deuda. Como el ahorro fluye incesantemente desde los países en crisis del Sur hacia Alemania, las propuestas de los ortodoxos monetaristas alemanes se parecen cada vez más a correr en círculo dentro de un túnel cuando se pretende salir de él.

En economía las situaciones pueden alargarse, pero rara vez llegan a ser permanentes. El FMI, atento a las consecuencias de las recetas económicas aplicadas en Europa, ha advertido, sin caer en catastrofismos, de algunas amenazas nuevas que se derivan de una recesión prolongada. El argumento podría encadenarse así: las políticas de ajuste intensivo prolongan la recesión; sin crecimiento, y no lo habrá si la banca privada no recupera el pulso crediticio, no hay expectativas de que aumente la credibilidad sobre el pago de la deuda; por lo tanto, sumadas recesión más inestabilidad de las deudas externas, la crisis financiera puede convertirse en crónica; el resultado de esa situación sería la persistencia de sequía de crédito y más recesión, con lo cual la inhibición actual de los bancos acabaría por pasarles factura; y en algún momento de esa cadena de errores la deuda privada de los países afectados (que en España duplica la pública y alcanza los 1,7 billones de euros) entraría en una crisis similar a la de la deuda del Tesoro.

Una conclusión general lógica es que para que la economía mundial repunte es imprescindible que lo haga la europea. Pero, de nuevo, se vuelve al bucle fatídico. Alemania y el Bundesbank, poseedores de la última palabra en esta situación, tienen que decidir si las políticas de restricción presupuestaria y recorte del déficit en el corto plazo son las más adecuadas para producir un despegue económico entre 2013 y 2014 o si, por el contrario, como efecto fatal de su propia lógica, acabarán por deteriorar un poco más la situación del sistema financiero, que es el que se pretende proteger (el alemán en primer lugar, claro). Si la cuestión es política, es decir, los votantes alemanes no van a respaldar estrategias de relax monetario que favorezcan la inflación, la cuestión es distinta y así debería declararse abiertamente; en ese caso, habría que escuchar también a los votantes de España, Alemania, Irlanda, Grecia y Portugal. Pero que conste que la idea de que la salida de la crisis se conseguirá con austeridad presupuestaria y monetaria es pura ficción.