Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
CRISIS DE LA DEUDA EUROPEA

Rajoy prepara “medidas contundentes” para espantar el fantasma del rescate

Guindos adelanta que el Gobierno ultima reformas de servicios públicos

“España tiene un problema de credibilidad”, afirman fuentes de Bruselas

El ministro de Economía, Luis de Guindos, el 28 de marzo durante la sesión de control al Gobierno en el Congreso.
El ministro de Economía, Luis de Guindos, el 28 de marzo durante la sesión de control al Gobierno en el Congreso.

Ha sido la semana en la que el Gobierno detalló el proyecto de Presupuestos de 2012, pieza clave del mayor ajuste de la democracia, con el objetivo de recuperar “la confianza de los inversores y las instituciones europeas”. Pero también ha sido la peor semana de la peor de las plazas financieras occidentales en lo que va de año, la Bolsa española. Y la ocasión para que los inversores de deuda pública vuelvan a enseñar los dientes. En definitiva, la primera vez que los mercados evidencian su desconfianza en España durante el breve mandato de Mariano Rajoy, un trago que ya amargó en 2011 al anterior Ejecutivo socialista. Un desafío al que Rajoy medita qué respuesta dar.

Fuentes gubernamentales aseguran que se anunciarán “nuevas medidas” en días, que serán propuestas “contundentes” para cortar una espiral que ha aupado la prima de riesgo (el diferencial con el rendimiento de la deuda pública alemana) a los 400 puntos básicos, un nivel récord en la incipiente legislatura.

El ministro de Economía y Competitividad, Luis de Guindos, dio el viernes, en una entrevista con el rotativo alemán Frankfurter Allgemeine, alguna pista de lo que vendrá: una “reforma de los servicios públicos, sobre todo en sanidad y educación”, nuevas normas para fomentar el alquiler y medidas para “liberalizar el comercio y los servicios profesionales”.

De lo anunciado por Guindos, solo las reformas de la sanidad y la educación pueden tener alguna incidencia en el ánimo de los inversores. La dificultad de los Gobiernos autónomos, gestores de las políticas sociales, para rebajar el déficit —no lo lograron en los dos últimos años— escama a los mercados. Varias comunidades han reclamado cambios en la legislación estatal que les permita reducir la cobertura de prestaciones sanitarias o aumentar las tasas universitarias. Y el Ejecutivo de Rajoy se apresta a allanarles el camino del ajuste.

Lo que más preocupa a la UE es el saneamiento del sector financiero

Las expectativas sobre otras actuaciones rápidas, que puedan ganarse el favor de los mercados, se agolpan en el sector financiero. Aquí los inversores, que castigan un día sí y otro también las cotizaciones de los bancos españoles, dictan sentencia: la reforma desarrollada por Economía, que incentiva las fusiones y obliga a las entidades a dotar más de 50.000 millones para sanear activos inmobiliarios, no es suficiente.

Guindos ya ha adelantado que Banco de Valencia y CatalunyaCaixa serán subastadas en cuestión de días, siguiendo la estela de CCM, Cajasur, CAM o Unnim. Y ha deslizado que espera “más concentraciones”. Economía debe resolver ya de dónde saldrá el dinero para apoyar nuevas operaciones: el fondo de garantía de depósitos, que nutren los bancos, está en las últimas.

El Ejecutivo ayudará a las comunidades a reducir gastos en sanidad y educación

En la reciente absorción de Caja España por Unicaja, el Gobierno se vio obligado a poner 450 millones, en contra de uno de sus mandamientos: no harás caer el coste de la reforma financiera en el contribuyente. Es una inyección que se financia con deuda pública. Y que ha reabierto el debate sobre la creación de un banco malo, una estructura pública que concentraría parcelas de suelo devaluadas, que penalizan los balances bancarios. La idea es que eso permitiría a las entidades volver a dar préstamos a empresas y familias. La contrapartida, otro empujón de deuda pública. Solo BFA, el banco matriz de Bankia, acumula 5.000 millones en estos activos tóxicos.

“Bankia es el gran gorila en la habitación, un monstruo de Frankenstein al que hay que dar una solución cuanto antes”, reclama Jesús Fernández-Villaverde, catedrático de Economía de la Universidad de Pensilvania (EE UU). El sector financiero es, a tenor del castigo continuo en Bolsa, uno de esos flancos débiles que sitúan a España en primera línea de la crisis europea. Y eso que la supuesta buena salud de la banca, ajena a las hipotecas subprime estadounidenses que llevaron al colapso financiero, se esgrimía, en los albores de la crisis, como una de las fortalezas de la economía española.

Sarkozy: “Nadie quiere lo que han vivido los griegos, y ahora los españoles”

Una a una, todas aquellas fortalezas se han ido derrumbando. La concentración de riesgos en el crédito a los promotores inmobiliarios —la subprime española— llenó de carcoma el sector financiero, donde la debacle de las cajas ha reducido a un tercio (de 45 a 15) el número de entidades. Bajo la que se aireaba como una de las mejores supervisiones financieras del mundo se dirigían entidades luego intervenidas o nacionalizadas. La última de las fortalezas en caer, esta semana, ha sido el ventajoso nivel de deuda pública.

En 2007, la deuda pública española estaba cerca del 36% del PIB, casi la mitad del nivel alemán, y casi un tercio del volumen acumulado por Italia. Muy pronto, en la prima de riesgo española empezó a cotizar otra cosa: la profecía de los analistas de que el enorme volumen de deuda acumulado por familias y empresas se filtraría al sector público; también el pronóstico de un crecimiento anémico, de un desempleo galopante, de un panorama desolador tras el estallido de la burbuja inmobiliaria. Lo que importa, machacaban, no es el nivel de partida de la deuda pública, sino lo rápido que crece.

En Bruselas se critica que el grueso del ajuste se haya hecho en inversión

“Tenemos una deuda pública muy inferior a la de nuestros socios europeos; los intereses que pagamos nos cuestan menos que a Alemania o Francia”, se defendía el anterior presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, ante el acoso de los mercados. El argumento fue repetido incluso por el nuevo Ejecutivo del PP al llegar a La Moncloa. Ya no. El Presupuesto anticipa que la deuda pública, el 68,5% al cierre de 2011, escalará este año al 80%, un nivel muy similar al alemán, dos tercios del italiano. El coste de pagar la deuda (un 2,75% del PIB) será más oneroso que el que soportan las arcas alemanas o francesas.

El mandato de Rajoy nació bajo la influencia benigna de las dos gigantescas inyecciones de liquidez (en diciembre y febrero) con las que el BCE inoculó un billón de euros a la banca. Pero los efectos de esa avalancha de liquidez, que las entidades españolas usan en buena parte para comprar bonos del Tesoro han dejado de pesar en el ánimo de los inversores.

“Las subastas de liquidez son un apaño para salir del apuro, la arquitectura del euro sigue sin arreglarse”, avisa Fernández-Villaverde. La percepción de que Europa, enfangada en un rescate sin fin para Grecia, no hace lo suficiente gravita otra vez sobre las primas de riesgo de España e Italia, las dos economías con tamaño y flaquezas suficientes para desbordar el proyecto europeo.

De Europa, en el mejor de los casos, el Ejecutivo de Rajoy debe esperar poco o nada, congelada como está por el calendario electoral (elecciones francesas y griegas, comicios en el land de Renania del Norte-Westfalia, el más poblado de Alemania) hasta mediados de mayo. En el peor de los casos puede esperar que la sucesión de declaraciones que ponen a España en el centro de la diana siga su escalada. “No hay un francés que quiera la situación que han vivido los griegos, que viven ahora los españoles”, dijo este jueves el líder francés, Nicolas Sarkozy.

En los mercados se ha reactivado el mecanismo de la profecía autocumplida, esa versión del castizo “tanto va el cántaro a la fuente”. Una exigencia continua de medidas para evitar el rescate, hasta que llega el rescate. Pasó con Grecia, con Portugal y con Irlanda: la diferencia es que esta vez pasa con España, la cuarta economía de la eurozona: caza mayor, el efecto contagio sería devastador. Los inversores retoman la línea argumental, en parte, porque les viene bien: eso hará ganar unos buenos euros a algunos. Y en parte porque hay razones para pensar que la banca está peor de lo que se creía.

“Mucho de lo que pasa es fruto de un movimiento pendular tras meses de mejora “, matiza el analista Juan Ignacio Crespo. “Toca alarmarse por información conocida, que España decrecerá este año. ¿Y quién inicia esa oscilación del péndulo? Parte de los que compraron deuda española, que han decidido venderla para materializar plusvalías”, añade. Crespo cree que para frenar la escalada bastaría con que “Mario Draghi o Angela Merkel recordaran que hay todavía mucha liquidez de las subastas, tres cuartos de billón depositados en el BCE”. Pero ni el presidente del eurobanco ni la canciller alemana están por la labor.

La Comisión y el BCE han sucumbido a la tentación de dejar que el nuevo Gobierno sienta la presión de los mercados, de dejar suelta durante unos días a la fiera de la especulación. En Bruselas creen que a España le viene bien la penitencia por el desafío del déficit, aquel que llevó a Rajoy a plantear un ajuste más suave de lo pactado con la “soberanía nacional” por delante. El látigo de los mercados, según las tesis alemanas, es la mejor manera de conseguir que los países díscolos hagan reformas y recortes.

A falta del juicio oficial sobre el drástico ajuste presupuestario, en Bruselas ya hay voces críticas. Se entiende poco que el grueso de los recortes haya caído sobre la inversión —“el principal riesgo parece ser que el Gobierno se haya pasado de largo con la tijera”, aseguran fuentes europeas—, que se justifique el aumento del gasto corriente en las transferencias a las comunidades. O que se recurra a la amnistía fiscal para generar ingresos, no por motivos éticos, sino porque es como lanzar una moneda al aire. En suma, que no haya nada de lo que aconseja la ortodoxia —subida del IVA, recorte del sueldo de los funcionarios, menos pensiones—, una receta que sí aplicó Zapatero en 2010. Que aquel remedio sirviera de poco es, a los ojos de Bruselas, señal de que fue insuficiente, no de que sea peor que la enfermedad.

El gran problema es que el Ejecutivo de Rajoy, tras atrasar la presentación de los Presupuestos por un cálculo político —las elecciones andaluzas— no consigue despejar las dudas. “España tiene un problema grave de credibilidad”, señala una alta fuente comunitaria, que atribuye a la discutible gestión del Gobierno una parte de la presión que acosa a la economía española. El sentir general es que España no ha cooperado lo suficiente con Bruselas, y que el ajuste, pese a ser drástico, no va a permitir alcanzar los objetivos de déficit, precisamente porque Rajoy ha evitado las medidas con mayor coste político.

Esa fue la conclusión mayoritaria en los encuentros que han tenido lugar en los últimos días en Bruselas, en los que España ha sido tema preferente para expertos, altos funcionarios y primeros espadas como el economista jefe del FMI, Olivier Blanchard, o el director general de Asuntos Económicos de la Comisión, Marco Buti, según explicaron varios de los asistentes. Todos miran con lupa el siguiente movimiento de Rajoy para evitar la zona de rescate, un territorio resbaladizo, limitado por fronteras estadísticas (500 puntos básicos en la prima de riesgo), donde las fieras de la especulación campan a sus anchas.