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EL HOMBRE QUE FUE JUEVES
Columna
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Forever George

Marcos Ordóñez

El documental de Scorsese sobre George Harrison me abduce y teletransporta por el túnel del tiempo, también llamado Magical Mistery Tour. Salivo con las filmaciones inéditas y caigo en la cuenta de esta paradoja cuántica: los Beatles hacen su catarata de obras maestras en apenas diez años y, una vez separados, con suerte componen (poniéndonos radicales) un único buen disco. ¿Cómo se explica eso? En el 71 McCartney planta Ram, Lennon responde con Imagine, y Ringo ni eso: pongamos que echa sobre el tapete un tercio de Sentimental Journey (que tenía mucho de bromazo nostálgico) y un tercio de Beaucoups of Blues, su viaje a Nashville. Eran tiempos de férreas elecciones: Keaton o Chaplin, Truffaut o Godard, Ram o Imagine. Pero Harrison, el caballo oscuro, el solista en la sombra, les ha ganado por la mano un año antes con la explosión de All Things Must Pass, el disco más profundamente beatle que cabía imaginar.

Scorsese elige a Harrison porque le recuerda al megacontrolador Robert De Niro en 'Casino'

El propio Phil Spector (otro golpe de genio: llamarle como productor) se queda pasmado ante la colección de grandes éxitos que Harrison guardaba en la olla desde mediados de los sesenta, canciones que ni John ni Paul le habían dejado colar en su repertorio. ¡Y era el hombre que les había dado Something, y While My Guitar Gently Weeps, y Here Comes the Sun, para citar solo unas pocas joyas! All Things podía haber sido un nuevo Doble Blanco (y más allá), o uno de los grandes dobles de la historia, de no ser por su tercera entrega, aquella jam tan incomprensible y autoindulgente como el Metal Machine Music de Lou Reed. ¿Cómo se le escapó a Spector aquella pedorrez? Gran misterio, que Scorsese se cuida muy mucho de indagar.

Otra pregunta y otra constatación: ¿por qué tuvieron tal megaéxito los Beatles, más allá de las canciones extraordinarias? ¿Cómo explicar las histerias colectivas, la sacudida sísmica? Tal vez porque eran unos críos gloriosos en un mundo de gente con traje gris; porque jugaban como críos e invitaron a jugar, repartieron juego cuando más falta hacía. Eso quizás explique las derivas posteriores: a su modo parecía que seguían jugando. El millonario McCartney juega a "Me voy al campo"; el no menos millonario Lennon juega a Black Panther y a "Imagina que no hay posesiones" (uno de los mejores chistes de la década). Ringo (el Dino de este Rat Pack, el más liberado de la carga del ego) jugó a hacer el cavernícola, a perseguir rubias y a pescar homéricas cogorzas con Harry Nilsson y Keith Moon. ¿George jugó a místico? No nos lo creíamos mucho entonces, y mira que tragábamos con cualquier cosa.

Vale, fue filántropo e introductor de orientalismos, y sus proclamas espirituales tenían diez veces más poderío que el Slow Train Coming de Dylan, pero ahora, al ver de nuevo la filmación del concierto por Bangladesh, veo lo que no pillé en su día: que pese al traje blanco y los mantras y el presunto aire de buen rollo, el amigo George está más crispado (responsabilidad, farlopazo) que los Stones en Altamont. Intuición a desarrollar: si Scorsese elige a Harrison es porque le recuerda, de algún modo, al megacontrolador De Niro de Casino. Luego se calmó, hasta cierto punto; bajó la ola y bajaron las tensiones, y encontró relajados compañeros de juego con los Travelling Wilburys, aunque nunca jamás volvió a hacer algo de la altura de All Things Must Pass. El viento no siempre sopla donde quiere, pero cada vez que arrancan las guitarras de wah-wah vuelve aquel vendaval, y es como si comenzara la secuencia más épica de Uno de los nuestros: Forever George.

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