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Reportaje:DE LOS 10 A LOS 40

Retrato del eterno adolescente

Los niños quieren dejar de serlo. Los adultos no se ven como tales. La infancia se acorta. La adolescencia se estira. La juventud se eterniza. Las fronteras entre edades se difuminan. Las nuevas tecnologías, la crisis económica, el aumento de la esperanza vital y el hedonista estilo de vida moderno redefinen las etapas de la existencia. Cada cual diseña su ciclo biográfico como quiere. O como puede. Hablamos con un puñado de adolescentes de todas las edades.

Un enjambre de helicópteros tele-dirigidos zumba entre las cabezas del personal en la típica nave diáfana de oficinas. Hace calor, y los bermudas, las minifaldas y las camisetas son lo más parecido a un uniforme. Proyectiles diversos -pelotillas, clips, bolígrafos- vuelan por doquier. Se diría que han soltado a un hatajo de mocosos. Pero no. En la productora 7 y Acción, lo s gamberros están en nómina. Son los más veteranos, respetados y mejor pagados del staff. Juan Ibáñez, Trancas; Damián Moyá, Barrancas, y el resto de treintañeros y cuarentones de El hormiguero, dirigidos por Pablo Motos, de 46 años, ya no son adolescentes. Pero lo parecen. Por su actitud, por su lenguaje, por sus pintas. Aunque superan varios lustros los años atribuidos a esa etapa entre la niñez y la edad adulta, no les molesta la etiqueta. Es más, la reivindican, y a mucha honra.

La provisionalidad y el juego no les son ajenos. Son sus señas de identidad

Ya no hay edades estanco sino edades yo-yó. Se va y se viene en la vida

En El hormiguero se trabaja a destajo. Aquí se concibe, se gesta y se pare un programa diario que acredita picos de audiencia del 23%. Pero no está mal visto hacer el tonto. Al contrario. De los juegos, las pullas, el vacile entre colegas surge la materia prima de su producto. Un talk-show basado en entrevistas graciosas, experimentos entre lo científico y lo circense y bromas de patio de colegio que lleva cinco años convocando a un público fiel entre los 5 y los 50 años. "El programa atrae a los críos porque se ríen. Y a los mayores porque hacemos cosas que les gustaría hacer pero no se atreven. Lo pasamos bomba, y se nota. Claro que el ambiente es de juego: no puedes escribir tonterías de 8 a 8 sin levantarte de la silla", justifica Juan Ibáñez, alma de la hormiga Trancas y uno de los pilotos de los helicópteros.

"Sé que ya soy mayorcito, pero no me veo como un adulto", reconoce Juan, Juanito para todos, camisa hawaiana, barba bíblica, rizos en coleta, 31 años cumplidos en agosto. "Relaciono la adultez con ser triste, tenerlo todo firmado, casarse, tener hijos, un chalé y un todoterreno, escribir listas y hacer la declaración de la renta. Así nos la han vendido: saber lo que vas a hacer todos los días, una cárcel vital. No hay necesidad de entrar en eso. Prefiero no ser adulto nunca".

No puede decirse que a Ibáñez, al que le quedan siete asignaturas para terminar Publicidad, sea un niñato que se niegue a crecer ni un tarambana o un desafortunado que no quiera, no sepa o no pueda buscarse la vida. Se la gana "de puta madre" trabajando en lo que le gusta desde los 20 años, se fue de casa a los 25 y vive con su novia en un piso recién comprado con una hipoteca a ni siquiera sabe cuántos años. Pero aunque se considera "hiperresponsable" en el trabajo, no quiere más obligaciones, no hace planes a más de dos meses vista, y su futuro son "las próximas vacaciones".

Juanito es, por talante y estilo de vida, un preadulto, un kidult, un miembro de la emerging adulthood -algo así como la nueva edad adulta-, según el término acuñado en 2000 por el psicólogo estadounidense Jeffrey Jensen Arnett en la revista American Psychologist para definir la nueva etapa vital que atraviesan muchas personas entre los 18 y los 40 años en los países desarrollados. El nuevo escenario social y económico -más esperanza de vida, prolongación de los estudios, dificultad para iniciar la vida laboral, eclosión de las nuevas tecnologías, cultura del hedonismo, mayor tolerancia familiar- determina que los hitos que marcaban el ingreso en la adultez -empezar a trabajar, irse de casa, casarse, tener hijos- se retrasen, de media, una década. Si es que se traspasan. Esos nuevos 10 o 15 años, de los 25 a los 40, plena madurez en el siglo XX, son los que muchos continúan dedicando en el XXI a la experimentación que solía asociarse con la adolescencia y la primera juventud. En todos los terrenos. Las relaciones personales, el trabajo, la propia imagen, la vida.

No es asunto exclusivo de una clase social, una cosa de pijos. Los nuevos adultos pueden estar en el paro o trabajando a tope como Ibáñez. Malviviendo de empleos precarios o estudiando el tercer máster costeado por papá. Viviendo con los padres, solos o compartiendo piso. Son mayores de hecho y derecho. Pero por obligación y/o por vocación, su ocio, su consumo, sus gustos en moda y su modo de vida se asemejan al de los adolescentes. La diversión, el juego, la provisionalidad, el ensayo y error, el vivir al minuto, no les son ajenos. Son sus señas de identidad. Puede que esa sea una de las claves del éxito de audiencia de El hormiguero.

Los mayores se resisten a dejar de ser niños. Y a la vez "los niños quieren dejar de parecer niños y hacer cosas de niños cada vez más niños", en palabras del antropólogo de la Universidad de Lleida Carles Feixa. Ya en 1982, el pensador Neil Postman profetizaba, en su obra El fin de la infancia, el acortamiento de la niñez con el cambio de siglo basándose en la influencia de la televisión en el consumo y el modo de vida de los pequeños. "Hoy vemos que se quedó corto, porque no previó el impacto de la revolución digital", explica Feixa, para quien las nuevas tecnologías "facilitan enormemente el proceso de semiemancipación infantil cada vez antes". Los publicistas llaman tweens a los críos de entre 8 y 12 años, un nuevo nicho de mercado que sabe lo que quiere, lo pide y lo compra. Si la idea de la juventud se estira, la de la infancia se acorta. La decisión de Sanidad de prescribir -y sufragar- la vacuna del papiloma a las niñas de 14 años, presuponiendo que a partir de esa edad es probable el inicio de las relaciones sexuales, es un síntoma. Tan gráfico como el hecho de que la consola Wii que anuncian los talluditos Trancas y Barrancas se despache por igual a clientes entre los 10 y los 40.

Alba Romero sí es una adolescente de libro. A sus 16 años, estudiante de bachillerato en un instituto público madrileño, Alba restalla de vida. Casi se ve emanar hormonas por sus poros. Lo dice ella: "Me noto el pavo encima. Hay veces que me siento tonta. Me río sola. Lloro. Tengo la emoción a flor de piel. Hay días que si me dices: 'Alba, tírate por la ventana', voy y me tiro. Y otros que no aguanto nada ni a nadie. Ni siquiera a mí". Diversión, locura, libertad, amistad, dudas, rayadas, risas, lloreras. Eso es la adolescencia, la suya, en sus palabras. Un estado que comenzó, recuerda, "en el verano de primero a segundo de la ESO, a los 12 o 13 años". "Sentía que ya no era una niña, que quería salir sola, que era yo misma y no la hija de mis padres". Se confiesa feliz. Debe de serlo: la mezcla de pasión, picardía y candidez con la que mira a los ojos no se finge.

Este verano probó por primera vez la independencia, y la "adoró". Una semana sola en la playa con amigos. "Me quedaron dos para septiembre, pero mis padres me dejaron ir, como prueba de confianza. Me rayan mucho con lo de mi futuro y todo eso. Tienen razón, pero en el momento no lo entiendo y discutimos. Aun así, he tenido mucha suerte con ellos", dice de sus progenitores, periodista y ama de casa. Los estudios y la hora de llegada -"las 10, y si tengo una fiesta, negociamos"- son las causas más frecuentes de sus broncas. No ha tenido novio, todavía. "Algún lío sí, claro, pero no he encontrado a quien me provoque maripositas en la tripa". No podría, sin embargo, vivir sin sus amigos. Diez en su pandilla. Más de 1.000 en Tuenti. "Soy muy sociable", presume. Y coqueta, no hace falta que lo jure. Tarda una hora en plancharse la melena. Y se deja buena parte de su paga -20 euros semanales, móvil aparte- en ropa. "Amo la moda", declama esta asidua de Bershka, Stradivarius, Blanco y demás franquicias juveniles donde se visten mujeres de 10 a 70 años.

Aun así, su posesión más preciada es su iPhone. Toda su vida está ahí dentro. Como muchos de sus coetáneos, Alba documenta con profusión de posados y posturitas sus entradas y salidas. "Nunca haces suficientes fotos. Te permiten revivir momentos, comentarlos, compartirlos, llorar, reírte". No es que sea muy madura, admite. Ya tendrá tiempo hasta los 25, edad a la que, opina, se empieza a ser adulto. De mayor quiere ser actriz, trabajar y tener tres hijos. No tiene prisa por crecer. Pero ya nota a su hermana Tania, de 12 años, pisándole los talones. "Está cambiando mucho antes que yo. Este año empieza el instituto, así que tendré que estar encima. No veas cómo vienen los niños", denuncia, juiciosa, la hermana mayor.

La casa de Rosa Anuedo en el barrio de Gracia de Barcelona parece un híbrido entre una cabina de discoteca y un patio de recreo. El Pioneer DJ Kids ha quedado para ensayar en su terraza. La formación, que triunfó el pasado junio en el festival Sónar, es el único grupo de dj menores de 18 de Europa y puede que del mundo. Aquí están Oriol, Víctor, Joan, Miquel, Abel, Françesc y Jadim. Chavales entre los 12 y los 15 años, alumnos del instituto Secretari Coloma, que han escogido como extraescolar las clases de pinchadiscos que imparte Anuedo, de 46, una de las primeras mujeres dj del club Otto Zutz de Barcelona en los ochenta. "Mis hijas, de 11 y 17 años, son alumnas, lo propuse a la asociación de padres, y llevamos cuatro años con bastante éxito de convocatoria", dice la profesora, a la que los chicos se dirigen con una curiosa mezcla de respeto y colegueo.

"Se lo toman muy en serio", explica. "Es la primera generación que ve esto como un arte, sin prejuicios. Y no les distrae de los estudios en absoluto. Los que sacaban buenas notas siguen sacándolas, y los que no, tampoco han mejorado", ríe mientras sus discípulos parlotean entre ellos o se aplican a sus cacharros -todo el arsenal de i-artilugios, pantallas y cascos- sin prestar mucha atención a las preguntas de la desconocida. Esto debe de ser el llamado choque generacional. De uno en uno, aún; juntos, no hay quien los aborde, son un mundo aparte. Sí, les apasiona la música electrónica. No, no hacen botellón. Les encanta Fuckkk-off. Aborrecen a Justin Beaver. Se ríen con Trancas, de El hormiguero, aunque les gusta más Berto, del programa de Buenafuente. De mayores quieren ser músicos, o dj, o no saben, ya verán. ¿Ya vale? Lo dicho: adolescentes de manual, aunque algunos sean impúberes. Sí coinciden en una cosa: el paso de primaria a la ESO fue la frontera: "Coges conciencia de que te haces mayor, es otro nivel".

Fernando Quesada era poco mayor que los DJ Kids cuando dejó los estudios en "tercero o cuarto de la ESO". "Quería trabajar, tener mi dinero, entrar y salir". Era época de vacas gordas y no le costó encontrar empleo. Hoy, a los 25 años, después de una década de trabajos variopintos -reponedor, dependiente, camarero-, algún periodo de paro con subsidio y últimamente paro a secas, ha vuelto a clase. Quiere hacer un curso de especialista en alta montaña, donde, cree, hay futuro. "Vuelvo al cole, sí, pero no me arrepiento de haberlo dejado. La vida está para vivirla, hay que perderse para encontrarse", dice sin pizca de pedantería, como una constatación de los hechos.

El de Quesada es uno de los rostros tras la cifra del 45% de paro juvenil. Uno entre el 74% de los menores de 30 años que siguen viviendo con sus padres. Pero la realidad no es tan simple. Fernando sí trabaja, sin papeles, en lo que le sale, cuando le sale. Esta noche, por ejemplo, servirá copas a tanto la hora en un bar. Y vive con su madre separada y sus dos hermanas mayores, sí. Pero ha vuelto al nido después de haberse emancipado un año y se ha traído con él a su novia. Mamá paga casa y suministros. Y él se hace cargo de "sus gastos": "móvil, Internet, salir, comida y ropa", enumera, por este orden. Salir, admite, es una de sus prioridades. "De día estás con tu familia, tienes que ser comedido, aguantar el tipo. La noche es tu territorio. Donde soy más yo". Con sus cinco lustros a cuestas, Quesada no se percibe como un adulto. "Ser adulto es preocuparte por las cosas, casarte, tener hijos, estar pillado por los huevos. No digo que yo no lo vaya a estar, pero a su tiempo. Me preocupa el futuro, pero siempre he salido adelante. Prefiero vivir y no pensar".

Fernando es lo que Eduardo Verdú llamaría un adultescente. Verdú, periodista de 36 años, escribió hace 10 años un libro con ese título (Adultescentes, Espasa, 2001), inspirándose en su vida y la de sus amigos. "Éramos la primera generación nacida en democracia. Fuimos todos a la Universidad, y llegó el colapso. Teníamos 25 tacos y nos veíamos cenando en McDonald's, acostándonos con la novia en el coche, estudiando eternamente sin poder irnos de casa, prisioneros de una adolescencia que ya no nos tocaba. Pero tenías buen rollo con tus padres, y no vivías mal. El ocio era la vía de escape. Te vengabas de tu trabajo de mierda o de tus estudios inútiles con el alcohol y el desfase. No nos rebelamos. Aceptábamos el sistema. Cada uno luchaba para salvar su culo y ser feliz. Los jóvenes de hoy están aún más puteados, en una situación límite, y el 15-M es su grito". Hoy, Verdú se gana bien la vida y reside con su pareja, pero aún se siente adultescente. Si antes lo era por obligación, ahora lo es por vocación. "Yo aún no me veo tan mayor como para tener hijos. Creo que eso, los hijos, es lo que marca el fin del peterpanismo y que por eso, aparte de la economía, muchos retrasamos el tenerlos".

El antropólogo Feixa cree que, más que una moda, asistimos a un cambio en el ciclo vital. Ya no hay edades estanco, sino edades yoyó, sostiene: se va y se viene. "Las etapas de la vida se estiran o contraen dependiendo de la economía y el talante de cada cual. Las transiciones entre edades se difuminan y diversifican. Uno puede irse de casa y volver. Dejar de estudiar y reengancharse. Emparejarse y separase. Hay itinerarios diversos: gente que con 22 años trabaja y vive sola, y otra que a los 40 sigue con los padres. Cada uno escribe su biografía como quiere. O como puede. Esto no es bueno ni malo. Los jóvenes no son culpables del nuevo estado de cosas. Lo que tiene que hacer el Estado del bienestar es reaccionar para no crear una generación frustrada. Es necesaria una conciliación entre generaciones, no solo entre géneros. Y el 15-M es una prueba de que los jóvenes son capaces de innovar en política".

Gabriel Alconchel, director del Instituto de la Juventud, tiene 33 años y se autoincluye en el diagnóstico. "Es un error etiquetar a los jóvenes. Ni todos son eternos adolescentes, ni todos ni-nis, ni todos del 15-M. Hay más pluralidad que nunca. Cada uno se las busca como puede. Hoy hay el triple de jóvenes compartiendo piso que hace 10 años. El desplome del empleo juvenil es un factor determinante, pero no el único. Y el 15-M ha sido una inyección de autoestima, una especie de empoderamiento de los jóvenes que no tiene marcha atrás".

"Hay que ser muy responsable para ser una adolescente de 36 años". Lo dice Diana Aller, autora del blog del mismo nombre (lo-dice-diana-aller.blogspot.com), un espacio donde esta filósofa, periodista, pedagoga, cantante, guionista y lo que se tercie -"estudié e hice tantas cosas porque le tenía pánico a una vida aburrida"- habla de lo que le da la gana y, de paso, congrega a una nutrida parroquia entre lo más granado de la pomada adultescente del país. Aller, que no aparenta su edad -"intento no tener aspecto de señora, aunque a veces me lo llaman y me ofende muchísimo"-, confiesa que fue una adulta "felicísima" hasta que decidió dejar de serlo y convertirse en una "adolescente militante". Para entonces ya se había casado por la Iglesia a los 27 años y tenido dos hijos que hoy cuentan siete y cinco años y viven una semana con ella y otra con su padre. "Con el segundo me asusté. Vi que no podía ni quería llevar esa vida, saber cada día lo que vas a hacer mañana. Sabía que no iba a ser feliz". Y huyó hacia atrás. O adelante, según se mire.

Dejó la estabilidad del matrimonio y volvió al mercado. A todos los mercados. Ha trabajado de camarera, publicista, guionista de televisión -su último trabajo fue Alaska y Mario, un reality sobre la vida de los ¿adultescentes? Olvido Gara y Mario Vaquerizo para la cadena MTV-, y en el momento de esta entrevista llevaba cinco meses en paro. Si estaba preocupada, lo disimulaba. "Sé que de hambre no vamos a morir ni yo ni mis hijos. He rechazado contratos fijos porque no me veía en el empleo, y me han llamado loca. Quiero obtener, y dar, todo lo que pueda de la vida, eso comporta riesgo, y lo pago. Es duro criar a dos hijos sin pareja ni empleo estable. Pero quiero ser adolescente, sí, y no me importa las horas que tenga que trabajar para lograrlo. Vivo al día".

Y a la noche. Diana exprime su semana sin niños para salir con su novio, nueve años más joven, y sus amigos, "de botellón o lo que surja". Ese lo que surja es la esencia de su idea de la adolescencia y de su apuesta por ella: "El deseo de divertirte, la capacidad de improvisación, el jugártela, la vulnerabilidad, el no saber a quién vas a conocer hoy, el hacer de cada día una aventura". Solo se autoprohíbe una cosa: que sus niños -Jacobo Leopoldo Elvis, "por Elvis Presley", y Lucas Kurt, "por Kurt Kobain"- la vean cansada o apática. "Soy su madre, y mi responsabilidad es educarlos, darles armas para manejarse en el mundo que se van a encontrar, que no es fácil, pero es el que es. Mis resacones me los como yo. No me quejo, esto es lo que quiero, yo me lo he buscado".

Es sábado, y el centro comercial Splau, un mamotreto cercado por autopistas en Cornellà del Vallès, en la periferia de Barcelona, bulle de vida. Hordas de clientes abarrotan tiendas y locales de ocio. Los adolescentes son, de lejos, la especie dominante. Jessica Redondo y María Moreno, íntimas desde el instituto, han quedado en la cafetería donde trabaja la primera -1.000 euros por servir donuts- para pasar la tarde. Splau es su segunda casa: "Aquí está todo lo que necesitas para divertirte". A pesar de todo el maquillaje y la quincalla que llevan encima, piercings y tatuajes incluidos, no aparentan los 20 años que tienen. Tampoco se sienten veinteañeras. Los peluches y las Barbies de su niñez aún velan su sueño en sus cuartos.

"Unos días me siento una niña, y otros, una chica joven, pero mujer-mujer, no", dice Jessica. "Mujeres son nuestras madres, o esas señoras pijas que van superarregladas", corrobora María. Jessi y Mari son dos chicas de barrio. Sus padres, trabajadores extremeños y manchegos, emigraron a Barcelona en los ochenta. Ninguna de las dos terminó la ESO por parecidas razones: "Si tengo que madrugar, prefiero que sea para ganar dinero", resume Mari. Así que, como en casa no sobra, las dos trabajan en lo que les sale. Mari hace refuerzos en la fábrica de bolsos donde trabaja su madre y se saca unos "700-800 euros" al mes. Justo para echar una mano en casa y pagar sus gastos. El móvil, el mantenimiento de su tinte platino, la renovación de su vestuario y salir de fiesta son las partidas más importantes. Jessi, además, intenta ahorrar para irse a vivir con su novio. "Tiene 30 años, pero es más niño que yo. Con decirte que nos conocimos en la cola del casting de Fama", ríe. "No le cogieron, pero cada uno tiene derecho a perseguir su sueño", concluye. Aunque Mari no tiene novio, ambas se ven "casadas y con hijos" antes de los 30. Quieren ser madres jóvenes. "No como esas que parecen más abuelas que mamás". A los 40, vienen a decir, ya tiene uno que tener todo eso hecho. A esas alturas aún no se es del todo viejo, opinan, "pero casi".

El pasado 16 de septiembre, Jota celebró por todo lo alto su 40 cumpleaños. Llevaba sin hacerlo desde los 28, pero pensó que un número tan redondo bien merecía una fiesta. Aunque para él todos los días lo son. Cotizado diseñador gráfico, dj y organizador y animador de eventos, Jota se define como un ave nocturna. Y un espíritu libre. "Llevo la misma vida que a los 16 años. Ha sido algo elegido, pero no premeditado. Simplemente, no me apetece madurar como se supone que debo hacerlo. ¿Síndrome de Peter Pan? Vale, tengo ese punto de no querer crecer, pero sin ser ni una patología ni un drama. Solo un modo de vida ". Hijo de una familia conservadora de Valencia, Jota cree que, de haber seguido la senda que se le ofrecía, "hoy sería un cuarentón separado y padre de dos niños, como mis amigos del colegio. Ellos solos se buscan obligaciones. Los respeto muchísimo, pero yo no, gracias".

El hecho de ser gay, opina, no influye en su apuesta vital. "A priori puede ser que no tener cargas familiares la facilite, pero son opciones personales". Es evidente que Jota cuida su imagen, pero no pretende parecer lo que no es, asegura. "No voy de jovencito. Me gusta la gente joven, eso sí; me parece más interesante, más divertida. Todos mis novios han sido menores que yo. El de ahora tiene 27 años. Prefiero ser profesor que alumno. Me gusta ser Pigmalión: yo les enseño y ellos me contagian su juventud", ríe. La libertad, la novedad y el estar abierto a nuevas experiencias son los atributos de la adolescencia que Jota se empeña en conservar a pesar de que, "si quiere", puede ser "el más maduro del mundo". Su futuro es mañana. Lo de pasado ya es otro asunto: "No me apetece envejecer, me da pereza. Creo que debería morir entre los 60 y los 70", suelta sin ápice de ironía. ¿Y si llega a esa edad? "Pregúntamelo entonces".

La deiciseisañera Alba Romero y el treintañero Juan Ibáñez charlan de sus vacaciones mientras posan para las fotos en una hamburguesería de ambiente cincuentero. En la revista Cuore, que Alba ha comprado porque sale su ídolo, el actor Maxi Iglesias, también hay fotos de Juan y el resto de músicos de El Hombre Linterna, el grupo que ha formado con sus colegas de El hormiguero. Ahí están Trancas y Barrancas lanzándose en bomba al agua en alguna playa. Ibáñez ha pasado el verano de gira por centros comerciales con un repertorio muy particular. Marco, La abeja Maya, La bola del dragón y otras canciones de dibujos animados. "El hit es Oliver y Benji, tía", le dice Juan a Alba, y se ponen los dos a corearla. "Debería de ser el himno nacional", propone Juanito, "se la sabe todo Dios. Son como niños".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de octubre de 2011