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Crítica:

Los choques de la vida

Lejos de los programas de reporterismo televisivo un tanto en decadencia a causa de la sobredosis, Tralas luces, dirigida por la gallega Sandra Fernández, es cine puro, pausado, cálido, reflexivo, elegante, demostrativo de que los documentales deben ser antes una búsqueda que un objetivo marcado de antemano.

Según cuenta la propia directora, lo que en principio iba a ser un retrato general del nomadismo de los feriantes se queda al final, que no es poco, en la desasosegante mirada a unas vidas particulares: los miembros de una familia gitana (padres jóvenes, en la treintena, y cuatro hijos, uno cerca de la mayoría de edad), propietarios de una pista de coches de choque, que deambulan por la existencia como una metáfora de su propio negocio pero sin perder la dignidad, la profesionalidad y, cada uno de un modo radicalmente opuesto, las ganas de ir tirando en busca de no se sabe qué.

TRALAS LUCES

Dirección: Sandra Sánchez.

Género: documental. España, 2011. Duración: 112 minutos.

Fernández aprovecha con su puesta en escena y con el montaje las diversas posibilidades simbólicas de cada toma y, sobre todo, atrapa la sinceridad de unos personajes potentísimos dramáticamente: desde la madre coraje que solo busca que llegue la noche para dormir, hasta el exalcohólico trabajador de la pista, un cowboy errante de crudo pasado e infernal futuro asolado por el cáncer. Mientras, entre drama y drama, entre risa y risa, un fondo musical de guitarra folk pone tono a unos interludios casi mágicos que, además, son una invitación para la reflexión y para el desconcierto. Tralas luces, luminosa y atroz, es la vida misma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 30 de septiembre de 2011