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Crítica:Cine

La otra casa tomada

"Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada", escribió Julio Cortázar en las últimas líneas de Casa tomada, cuento sobrenatural que introducía un amenazador sentido político, lucha de clases incluida. Un aspecto político-social que también se desprende de El hombre de al lado, interesantísima propuesta de Mariano Cohn y Gastón Duprat, donde otra morada ejerce de eje, esta vez del duelo entre dos vecinos antagónicos separados por una pared medianera.

Película tan conceptual como las sillas de diseño construidas por su protagonista, El hombre de al lado se adueña de la cabeza del espectador como el martillo pilón que abre de forma minimalista y simbólica un metraje en el que solo chirrían las excesivas dosis de caricatura del retrato de la ultramoderna familia. Aunque estemos lejos de su tono, hay en el relato algo de De repente, un extraño y de aquellos thrillers psicológicos de los noventa, pero son las revueltas de la historia, con el elemento afectivo tornando a cada minuto, las que acaban remitiendo al oscuro psicologismo de lucha de clases de El sirviente (Joseph Losey, 1963).

EL HOMBRE DE AL LADO

Dirección: Mariano Cohn, Gastón Duprat. Intérpretes: Rafael Spregelburd, Daniel Aráoz, Eugenia Alonso, Inés Budassi. Género: comedia negra. Argentina, 2009. Duración: 109 minutos.

Cohn y Duprat logran así la carcajada de la comedia negra, de la estupefacción culpable, gracias a su escritura y al combate entre Rafael Spregelburd, joven estrella del teatro argentino, y Daniel Aráoz, un portento de cadencia en la réplica.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 22 de julio de 2011