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MANERAS DE VIVIR COLUMNA i

Los ángeles del parque del Retiro

El periodista Pablo Lizcano solía decir que las personas ofrecemos una serie bastante limitada de tipos humanos, hasta el punto de que en cualquier grupo reunido al azar y de una extensión mediana, unos doscientos individuos, por ejemplo, podías encontrar todos los modelos humanos, todas las maneras posibles del ser. Y como muestra citaba su barracón de la mili, de cuando el servicio militar era obligatorio: "Allí veías al tímido, al sinvergüenza, al bravucón, al neurótico, al dubitativo, al dogmático... Allí y en cualquiera de los otros barracones. Los modelos volvían a repetirse". Siempre me pareció una observación curiosa y bastante atinada, porque es cierto que las personas nos parecemos muchísimo (claro que también es verdadera la afirmación contraria: de alguna manera cada individuo es único).

"Estos dos centauros en sus sillas de ruedas me mostraron un destello de la eternidad"

He vuelto a recordar las palabras de Pablo ahora, porque en los últimos meses me he hecho asidua del parque del Retiro de Madrid. ¡Y qué lugar increíble es ese parque! Es un mundo en sí mismo, un universo entero en miniatura. No sé si en el barracón de la mili cabían todas las formas posibles del ser, pero de lo que estoy segura es de que en el Retiro sí que podemos encontrar el catálogo completo de la humanidad, desde los modelos más convencionales hasta los sujetos más estrafalarios. He visto a un rollizo chino cincuentón totalmente en cueros, salvo un minúsculo tanga rojo brillante, haciendo taichí sobre la hierba; he visto camellos de aspecto amedrentador dando tiernamente de comer a las palomas; he visto ancianos caminando penosamente con andadores y vertiginosos acróbatas bailando sobre zancos. He visto de todo, en fin. Incluso ángeles.

Pobres ángeles: están en franca decadencia. La palabra misma suena fatal; suena cursi y fofa, suena a chiflado con alucinaciones metafísicas o a esa apestosa moda de los querubines de purpurina. Pero el caso es que los ángeles existen. Me refiero a los inocentes; a los seres puros. A cierto tipo de discapacitados. A los aquejados por el síndrome de Down, por ejemplo, siempre luminosos; o a quienes sufren precisamente el síndrome de Angelman ("hombre ángel"), que es una grave y rara enfermedad neurogenética. Los afectados padecen retraso, dificultades motrices, no llegan a aprender a hablar y, según dice la Wikipedia, "muestran un estado aparente permanente de alegría, con risas y sonrisas en todo momento". Un regocijo mudo. Así de extrañas son las maneras que escoge el dolor para manifestarse. O quizá la felicidad, ¿quién sabe? Puede que, en efecto, vivan en una sublime bienaventuranza.

En estos últimos meses me han rozado dos veces los ángeles en el Retiro. En ambas ocasiones sucedió en torno a las nueve de la mañana, cuando el parque está recién regado y casi se diría que recién pintado. En el primer encuentro caminaba delante de mí y lo vi de espaldas; era un niño muy pequeño, como mucho tres años, aunque quizá tuviera más y su dolencia le achicara. Iba sentado en una silla de ruedas minúscula, la silla de ruedas más primorosa y diminuta que he visto jamás; el niño estiraba su brazo derecho hacia arriba y casi colgaba de la mano de un hombre joven alto y fuerte, quizá el padre, y era este joven quien impulsaba al crío al llevarlo agarrado. Paseaban los dos plácidamente por la avenida arbolada, la manita en el puño, toda esa enorme indefensión y esa absoluta confianza, y de cuando en cuando el niño levantaba la cara y miraba al hombre con la expresión más radiante y dichosa que jamás he visto. Era una sonrisa que detenía el mundo.

Al otro me lo he encontrado varias veces. También está en silla de ruedas, pero es un hombre muy mayor. Cuando hace bueno, un cuidador lo lleva a determinada zona del Retiro y lo deja aparcado junto a un banco. He pasado junto a él varias veces, siempre por detrás, no le he visto la cara; tampoco le vi nunca ni moverse ni hablar. Desplomado sobre sí mismo, parecía un anciano medio muerto. Pero un día, cuando crucé por su lugar habitual, lo encontré casualmente solo, sin su cuidador. Se hallaba de espaldas, como siempre, en mitad de una pradera que las hojas de los árboles moteaban de sol; pero en esta ocasión estaba erguido muy derecho en su silla y con el brazo izquierdo totalmente extendido en el aire, y alrededor de él, revoloteando y en el suelo, había por lo menos un centenar de gorriones que acudían a comer de su mano. Un inesperado golpe de vida.

Los ángeles son, tradicionalmente, espíritus intermediarios entre este mundo y el celestial. Yo soy agnóstica y no creo en el cielo, pero estos dos centauros en sus sillas de ruedas me mostraron un destello de la eternidad. Por eso he sabido que son ángeles. No creo que hubiera humanos de este tipo en los barracones de la mili. Aunque quizá sí; una nunca sabe por dónde puede irrumpir la belleza.

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* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de julio de 2011