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Crítica:

El candado de la princesa

En un reino muy, muy lejano, un valiente caballero a lomos de su brioso corcel se obstinó durante años en pos de la salvación de una linda princesa, encerrada desde niña entre los muros de un castillo gobernado por un malvado brujo. Y tanto perseveró que, al conseguir liberar a la doncella de tan malsana reclusión, solicitó de su persona un humilde favor: "¿Y ahora, por qué no me comes la polla?".

Recuperado el aliento con el cambio de párrafo, dígame usted, querido lector: ¿tiene gracia el chiste? Quizá sí... siempre que no se repita cada dos por tres, porque la sorpresa dura apenas un segundo. Y he aquí precisamente la base y, al mismo tiempo, el error de Caballeros, princesas y otras bestias, comedia de David Gordon Green que pretende convertir en comedia lo que solo es un chascarrillo. Una bromita de caca, teta, culo, pedo, pis, ambientada en un medievo en el que, de cuando en cuando, y en medio del lenguaje almibarado de este tipo de fantasías, se sueltan perlas del estilo de la anterior. Como si los chicos de Porky's, Desmadre a la americana o American pie se hubiesen perdido en un cuento infantil, pero con infinita menos gracia.

CABALLEROS, PRINCESAS Y OTRAS BESTIAS

Dirección: David Gordon Green. Intérpretes: Danny McBride, James Franco, Natalie Portman.

Género: comedia. EE UU, 2011.

Duración: 105 minutos.

Desde luego, el que crea que va a encontrarse con una especie de La princesa prometida adaptada a los nuevos tiempos, que se vaya olvidando de ello. Aquí no hay ni la dulzura ni el romanticismo ni la inteligencia ni los grandes personajes de la obra maestra de Rob Reiner. Y tampoco es que la película juegue la carta de la parodia, porque Gordon Green, director de la sobrevalorada Superfumados, y su coguionista y protagonista, Danny McBride, se toman demasiado en serio la aventura que están contando cuando debería ser todo lo contrario. Estamos ante la tan firme como ingenua convicción de que una princesa con un candado entre las piernas es una grandiosa metáfora cómica sobre la virginidad, cuando en realidad no es más que la apoteosis de la imbecilidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 1 de julio de 2011