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COLUMNA

El talento no tiene edad

Alfred Hitchcock, aquel hombre que sabía todo del cine, aconsejaba a los aspirantes a directores que no trabajaran nunca con niños, ni con perros, ni con Charles Laughton. Imagino que a los perros les dirige su adiestrador. Su aversión hacia Laughton supongo que era un problema de egos descomunales entre dos hombres gordos, feos y geniales. Además, Laughton demostró detrás de la cámara en la maravillosa La noche del cazador que podía contar historias tan angustiosas y extrañas como las de su paisano. Respecto a su aversión a dirigir criaturas, hay que agradecer a muchos directores que no tomaran en serio su advertencia. De haberla seguido nos hubieran privado de algunos de los momentos más conmovedores de la historia del cine. No hubiéramos sabido de la existencia de Jackie Coogan en El chico, aquel precioso golfillo que gemía desconsolado cuando la policía pretendía separarlo de Charlot, del hombre que le había adoptado. También nos hubieran privado de la gracia y el encanto de Tatum O'Neal en Luna de papel, los misteriosos ojos de Ana Torrent en El espíritu de la colmena, el desarmante desparpajo de Drew Barrymore en E. T., el extraterrestre, los entusiastas gritos iniciales de Abigail Breslin y su subversivo baile final en Pequeña Miss Sunshine, la inocencia y el asombro de Anna Paquin en El piano, el maquiavelismo y la capacidad para la mentira de los niños de Viento en las velas, la épica y dolorosa supervivencia de Christian Bale en El imperio del sol, la agreste y adorable hija del abogado Atticus Finch en Matar un ruiseñor. Tampoco hubiéramos disfrutado del precoz e inmenso talento de Jodie Foster y de Judy Garland. La lista sería exhaustiva. Y, evidentemente, también han aparecido múltiples niños en la pantalla que por culpa del director, de lo que tienen que hacer y decir o de su personalidad despiertan instintos asesinos. Y doblados, más.

Han eliminado de los Goya a los niños por razones legalistas y dadaístas

Si el arte es reconocido con premios, sería absurdo hacer distinciones entre niños, adultos y viejos. De las mejores cosas que le han ocurrido al cine español de los últimos años es la frescura, la complejidad, el dramatismo, la ternura, la imaginación, la credibilidad o el desamparo que le han aportado actores y actrices infantiles de los que no sabíamos nada, de los que se han enamorado la cámara y el público. Consecuentemente, se ha galardonado su trabajo con goyas a interpretaciones que suponen una revelación muy grata. Ocurrió, entre otros y otras, con Juan José Ballesta, Andoni Erburu, Nerea Camacho, Marieta Orozco, Ivana Baquero, Marina Comas y Francesc Colomer.

Pero han decidido por razones entre legalistas y dadaístas suprimir los premios a los histriones infantiles. ¿O tal vez se debe al muy humano mosqueo de actores adultos, que a pesar de llevar toda su existencia en la profesión no logran jamás ser una impresionante revelación para los votantes de la Academia? Y entiendes que gente sabia y con múltiples conocimientos de psicología infantil debe velar porque las vulnerables criaturas no se vuelvan locas a edad tan temprana con eso tan seductor de la fama, la adulación y el dinero. Que el repentino estrellato puede alterar la evolución sensata de niños que deben hacer las cosas que hacen los niños. Que transformarse en una mina de oro puede alentar la codicia de agentes y familiares. Que puede resultar insano pasar la edad de la inocencia delante de los focos y representando a otros. Que debe ser muy duro enfrentarse de adulto al fracaso cuando todo ha sido triunfo y popularidad en la niñez.

Pero mientras haya historias cinematográficas que hablan de la infancia se necesitarán actores y actrices de esa edad. Y entrarán en un mundo competitivo. Negarles los premios porque son pequeños resulta mezquino, paternalista, anacrónico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 24 de junio de 2011