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Reportaje:PERSONAJES

Hombres, sexo, trabajo y arrugas

Cumbre de íntimas. Se aman, se detestan, se alaban, se despellejan. Bibiana Fernández y Loles León, amigas de tres décadas, charlan de lo humano y lo divino antes de batirse en duelo en el teatro. Vida de dos divas al borde de los 60.

Hay algo de redundante cuando te presentan a alguien tan popular. Aquí Bibi, aquí Loles. Pues claro, no hay más que verlas. Tienes la sensación de conocerlas de toda la vida. Porque estas dos mujeres que ofrecen su cara lavada al maquillador estrella Pablo Iglesias, única pero innegociable condición para dejarse retratar, son dos celebridades nacionales. De esas a las que todos identifican por su nombre, por el diminutivo incluso, sin más explicaciones. Su apellido van tan implícito como su pasado. Al menos el público. Porque estas dos imponentes señoras de más que mediana edad siguen siendo dos chicas Almodóvar para el mundo. Aunque haga lustros que trabajaron con el director y estén al filo de los 60. Bibi cumplió 57 en febrero. Loles hará 61 en agosto. El dato lo proporcionan ellas. Ni se ponen ni se quitan un día. Para qué. Su vida está en Google.

Bibi: "Me siento extraña. Ahora miro los escaparates y no a los hombres. A veces están delante y ni los veo"

Loles: "Yo no espero nada, nena. Vivo la vida, y si me sorprende y un día me enamoro, qué bien. Eso es el azar"

Bibi: "Yo aún no he notado la invisibilidad. No quiero jubilarme de estos taconazos hasta que no me caiga muerta"

Loles: "Sufrí con la menopausia. La libido no te da guerra si no la estimulas. Me estoy tratando, y lo pregono: no me resigno"

Dos mujeres hechas a sí mismas. Empezando de cero. De menos, incluso. Haciéndose día a día un cuerpo, un nombre, una vida a su medida, en el caso de Bibiana. Bregando sola con un hijo y pidiendo papeles a quien fuera menester tratando de no perder los suyos, en el de Loles. Buscándoselas siempre, las dos. No se les caen los anillos. "A mí nunca se me ha caído nada, nena, lo tengo todo bien sujeto", suelta la primera fresca Loles, haciendo honor a la reputación de deslenguada que le han reportado sus personajes. "Y yo qué te voy a contar", remacha Bibi con su chorro de voz: "Si algo se me ha caído, me he agachado y lo he recogido del suelo, o del váter. Yo meto la mano donde haga falta".

Lo dicen al mismo tiempo que rechazan cortés pero implacablemente casi todas las propuestas de la estilista, una cosa no quita la otra. La experta se ha esmerado eligiendo lo mejor de cada casa. Da igual. Ideal, pero no me veo, se excusa una. Precioso, pero no para mí, replica la otra. Monísimo, pero no, sentencian las dos. Menos mal que hay un plan B que, bien pensado, quizá fuera el A. Bibiana se ha traído un trolley con medio armario de casa. Adicta confesa a la moda -hay un vídeo en Youtube en el que se la ve haciendo cola para conseguir uno de los diseños de Lanvin para H&M-, Fernández despliega un surtido de modelazos con la firma de los grandes de la moda en el forro. Loles también va por libre. Así que se ponen lo que les da la gana y todos tan contentos. Y si no, también. Dos divas al borde de los 60, lo han dicho.

Cada una en su estilo, eso sí. Bibiana, con su metro noventa largo, su cuerpazo esculpido a conciencia y su melena platino desparramada a media espalda. Loles, con su metro sesenta escaso, sus redondeces amenazando con reventarle las costuras y su desfilado corte caoba camuflado bajo la peluca azabache de su próximo personaje. Las dos con sus evidentes retoques añadiendo volumen y tersura extra a unos rasgos familiares para tres generaciones de un público amplio y variopinto. Ese al que esperan convocar con La gran depresión, una función teatral creada para ellas por sus amigos Félix Sabroso y Dunia Ayaso y que estrenan el próximo 18 de mayo en Madrid. En la obra, dos amigas de toda la vida se reencuentran después de años de existencias paralelas. Como Bibiana y Loles, íntimas desde hace 30 años, sus personajes han podido perder el contacto, pero nunca se han perdido la pista. Como ellas, hablan y no paran. De hombres, de arrugas, de sexo, de trabajo, de soledad, de deseo, de vida. Ríen, lloran, susurran, gritan. Se aman, se detestan, se alaban, se despellejan. Dos mujeres que se conocen como si se hubieran parido hablando a tumba abierta de lo humano y lo divino. Bibi, torrencial, brillante, desbocada. Con el verbo hipnótico que la hace impagable como tertuliana, ya sea para analizar el último escándalo rosa en Telecinco o un fuera de juego en Onda Cero. Loles, concisa, con el peso del seny catalán lastrando sus sentencias y cierto mal disimulado punto de amargura. Félix Sabroso dice que oírlas es como ver gratis un dúo cómico. O trágico, depende del día. Una especie de Don Quijote y Sancho lidiando con los molinos sobre taconazos. Adivinar quién es quién es otra cosa. Las apariencias engañan y se intercambian los papeles según les dé el aire. Lo que está claro es que ninguna va de Dulcinea.

En la obra hablan de salud, dinero y amor. De salud se las ve estupendas, en el trabajo estrenan función, ¿qué tal el amor?

Bibi. Sin noticias. Un día, de repente, es como si perdieras la fe. No lo sientes de la misma forma. No sé por qué, pero no está, se ha ido. O me he ido yo: es como si viviera en otro sitio, una sensación absolutamente nueva. Me siento extraña, como Bárbara Rey. Yo no digo que no me vaya a pasar otra vez, porque si algo no pierde nunca una es la esperanza. Pero antes, estar entre un amor y otro era como un viaje cuyo destino era un nuevo amor. Ya no. Antes era una mujer asomada a una ventana esperando el amor. Ahora miro los escaparates y no a los hombres. A veces los tengo delante y ni los veo.

Loles. Yo no me asomo a la ventana, tengo vértigo. No espero nada, nena. Vivo la vida, y si me sorprende y un día me enamoro, qué bien, es el azar. Puede que me quede atrapada por una mirada en una cola, eso me ha pasado, porque yo me enamoro cada poquito. Pero tendría que venir él, porque aquí donde me ves soy tímida, y no me atrevería jamás a entrarle a un tío.

¿Eso tiene que ver con la edad? ¿Siguen notando el deseo en los ojos de los demás?

Bibi. Yo aún no he notado la invisibilidad.

Loles. Pero es que tú eres un estandarte.

Bibi. Yo sí noto el deseo, lo que pasa es que no practico, y no sé medirlo, ni medirme. Porque eso solo se mide en el campo de batalla. Y yo ya no peleo. Digamos que he renunciado al amor. Aunque renunciar no es la palabra, porque si mañana me cayera, y me cayera desde donde yo lo vivía, volvería a vivirlo un millón de veces igual pese a los errores. Pero ya no lo vivo así.

Loles. Pues yo sí que me he sentido transparente. No por los demás, que me da igual, sino por mí. He sentido la transparencia, la indiferencia, que ya no intereso. Lo he vivido en un momento, con la menopausia, que no todas las mujeres lo sienten igual. A mí me ha afectado mucho. Y he sido yo la que me he excluido un tiempecito de eso. Es ahora cuando estoy renaciendo.

Tienen fama de apasionadas. ¿Este periodo de abstinencia es una novedad en su vida?

Loles. Absolutamente.

Bibi. Sí, pero te digo una cosa. El sexo es la hostia, pero está muy sobrevalorado. Yo he follado mucho con mucho plasta y me lo podía haber ahorrado. Lo hice pensando que iba a lograr no sé qué gloria, y aquella gloria no llegó. Ahora, cuando llegó, llegó. Gloria a Dios en las alturas y en la tierra a los hombres de buena voluntad.

Loles. La libido no te da guerra si no la estimulas. La mujer se queda tranquilita y ya. Pero yo no me resigno. Yo le hago caso a Palacios [Santiago Palacios, prestigioso ginecólogo], que me fichó como imagen de la menopausia. Yo no me callo. Lo reivindico, lo pregono y hago de docente. Primero me recetó las bolas chinas y ahora el consolador, aquí me tienes, abriendo camino.

Bibi. Nunca mejor dicho, niña. A mí todo eso se me ha ido yendo. Y te lo digo yo, que milité en la idea de la cacería. El placer de cazar la presa era más importante que comérmela. Pero de repente ya no lo echas en falta. Hay cosas más importantes que el sexo. Echo más en falta los besos. Y eso que yo siempre dije que no había tenido relaciones con mujeres porque me gusta la penetración. La frase no es mía, se la leí a Maruja Torres. Los besos, el que te toquen una mano y tú sepas adónde perteneces, eso sí lo extraño. Pero lo que es puramente sexo es como las dietas: te olvidas. La libido se duerme, aunque luego despierte hecha una fiera.

Loles. Pues entonces usas el consolador que te ha recetado Palacios.

Bibi. No es lo mismo, que diría Alejandro Sanz, pero a falta de pan...

Fueron las más modernas de los ochenta. ¿Se puede ser moderna a los 60?

Loles. Nunca dejas de serlo. Ya nos lo decía Pedro: habéis nacido modernas. Es nuestra condición.

Bibi. A mí ahora lo que me gusta es ser clásica, porque al hacerte mayor ves que las modas pasan. Cada generación sublima sus ruidos, sus ídolos, sus cacharros. Y hay cosas en las que te quedas al margen, y me parece bien. Yo no quiero tener otra vez 20 años, qué cojones, quiero vivir como me dé la gana, lo importante es la libertad, elegir, aunque sea el vicio. No se trata de querer ser moderna por cojones. Yo el Facebook lo detesto, yo soy del face-to-face.

Loles. Mira esta. Yo es que no soy moderna por cojones, sino por naturaleza. Tu intelecto y tu concepto de vida te hacen estar a la última intuitivamente. No es que te lo propongas, tu cabeza está siempre evolucionando.

Bibi. Cambian las piedras, las fronteras, el mundo a tu alrededor. Y yo he cambiado con él, sí. Unas veces a favor y otras en contra. He nadado a contracorriente, como las truchas.

Loles. Como los salmones, nena, tú sí que eres trucha. Una cambia, pero el esquema de lo que yo soy como persona, como mujer, como madre, como actriz y como todo no ha cambiado. Es el que me hice cuando tuve uso de razón y sabía que iba a ser una mujer libre, independiente, luchadora, feminista y de izquierdas.

Las mujeres de su generación fueron pioneras. Ustedes, además, por sus circunstancias, rompieron moldes sociales. ¿Pesa esa mochila?

Bibi. Para nada, yo sigo buscando moldes, no sé si este me viene bien, a veces no quepo. Y aún estoy dispuesta a cambiar, porque todo lo que hice antes fue para tratar de ser un poco más feliz. Vivir más contenta, estar más de acuerdo con lo que vives, a eso no voy a renunciar. Ya he renunciado al amor, pero a eso no.

Loles. Yo fui madre soltera, una familia monoparental antes de que se inventara la palabra. Y sí, ha pesado mucho, porque yo he cruzado el desierto con mi hijo y sin agua. Pero una vez que he llegado y me he hidratado, voy a vivir mi vida. No se olvida, pero rompes ciertos cordones umbilicales. Mi hijo tiene 35 años, pero es que ahora son adolescentes toda la vida.

Bibi. Los hombres son siempre adolescentes.

Imagino que han tenido que pagar ciertos peajes para vivir a su manera.

Loles. Claro. Eso lo sientes, lo peleas y lo pagas. Yo he pagado muchos. Y esta ni te cuento.

Bibi: A mí todos los peajes, cuando llego a los destinos que quiero, me parecen baratos. Si los pagué es porque pude. Y no hablo de dinero, o no solo. Hablo de esfuerzo, de renuncias.

Loles. Y de marcas en el corazón y en el alma, de heridas. Son pagos en especie.

Bibi. Pero ese dolor, si lo puedo pagar para llegar al puerto que quiero, lo pago encantada. Las cosas que yo quisiera adquirir ahora: una madre, un hijo, no las podría pagar con nada.

Pues la gente cree que lo han pasado bomba.

Loles. Y tanto, yo no me he perdido nada.

Bibi. Yo me lo he comido todo. Como cantaba Lolita: "No renunciaré a tu risa ni a tu pelo ni a tu boca". No he renunciado a nada, esa es la vida que quería, y claro que lo pagué, pero me divertí, y cómo. Todavía vivo lo más cerca posible de lo que quiero. Lo que pasa es que ahora, de mayor, tengo menos claro lo que quiero y mucho más lo que no. Y eso a veces es un lastre. Soy curiosa, y ya no dejas que la vida te sorprenda.

Muchas actrices de 40 se quejan de que no hay papeles para ellas. ¿Y las de 60?

Bibi. Está difícil, sí.

Loles. ¿Difícil? Está jodidamente complicado. No hay nada. En teatro aún, pero en el cine y la televisión no está para nada considerada esta edad. Prefieren contratar a desconocidas por cuatro perras que a actrices con experiencia.

Bibi. Eso pasa en todo. A las jubiladas no las tiene consideradas la sociedad. A las aceituneras tampoco, porque ya no se pueden agachar.

Loles. Anda esta, pero yo no soy aceitunera, soy actriz. Aquí no se escriben papeles para señoras mayores, cosa que en Europa sí.

Bibi. Ahora, con la jubilación anticipada, hay gente que se retira a los 62. Y yo comprando tacones para los 94. Yo no me voy a jubilar de estos taconazos hasta que no me caiga muerta. La vida te va jubilando sola de muchas cosas, te va apartando de un modo natural. Pero hay un acto de militancia del que nadie te va a jubilar, y es de tu manera de vivir, de ser quien eres, que es el único logro del que me siento satisfecha. Me he hecho a imagen y semejanza de lo que quería, pagando el precio que tuviera que pagar. Y esto no es una obra que se acaba, es una casa que está siempre en construcción, mientras viva. Y cuando muera, que me tiren al río.

Estamos delante del espejo. ¿Les gusta verse?

Loles. A mí no. Incluso así, divina, maquillada, no. Me gustaría estar delgada, y no puedo.

Bibi. Pero eso es porque comes, y para estar delgada tienes que dejar de comer.

Loles. Si miro atrás, siempre me recuerdo con hambre y queriendo comer. Y una se cansa, y dices, bueno, ya tengo una edad y puedo estar gorda, pero no me gusta.

Hay quien cae en el patetismo tratando de parecer una jovencita pasados los 50.

Bibi. Tu cuerpo cambia y tienes derecho a buscar tu imagen. Para mí, la moda es una pasión que, como todas, tiene algo de compulsión. He cambiado a los hombres por los vestidos, la materia viva por la materia muerta. Pero me dan los mismos quebraderos de cabeza. Y placeres distintos, pero placer. Cuando comes, experimentas placer. O con el sexo. O como cuando algunas se emparejan con un tío que no les interesa por su posición social y eso las pone muchísimo, eso también es placer, y bendito sea.

Loles. ¿Cómo que algunas, nena? Casi todas.

Hay actrices como Nicole Kidman que dicen haberse pasado con el bótox. ¿La entienden?

Bibi. A buenas horas, mangas verdes. De eso no te puedes arrepentir. Hay una presión brutal por la imagen, y para nosotras más. Nos comunicamos por pantallas. Yo, para tener un Facebook, tendría que tener una peluquera, como Lana Turner. Te pones a hablar con alguien y tienes que estar divina porque si no te ve todo Dios con la coleta. El otro día leí una cosa de la telomerasa relacionada con el cáncer. Pues la telomerasa ya se vende en Estados Unidos para parar el envejecimiento. Nos la terminaremos poniendo. Yo creo en el futuro, en la ciencia-ficción, todo eso ya está aquí.

Loles. Pues yo me arreglaré, como siempre, pero sin ponerme nada, tirando con lo que hay.

Acaba la sesión. Bibiana y Loles salen escopetadas hacia los últimos ensayos. Cada una en su taxi. Bibi coge el primero ante la mirada alelada del conductor. Antes de abordar el suyo, Loles tiene que pararse a atender a una familia que la reconoce: "Hola, guapa, qué ilusión verte, nos encanta tu serie", la jalean, refiriéndose a Aquí no hay quien viva, un programa de televisión donde actuó hace casi una década. El público las reconoce. En todos los sentidos. Sesenta años parece una cifra redonda para hacer balance. ¿Nostalgia del pasado? "No sé quién decía que de todo hace ya 20 años, pero en mi caso hace 30. Estoy contenta con mi vida, soy una mujer que me asumo con sus cosas buenas y malas", dice Bibiana. "Nostalgia, la justa. Es como un área de descanso. Un lugar donde parar a recrearte y recargar pilas, nunca para instalarte". "Pues yo no descanso", replica Loles. "Nostalgia, nunca. Siempre he tenido algo que ir a buscar y no he tenido tiempo para tonterías".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 15 de mayo de 2011