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Elecciones municipales

Sermón de campaña

El bienestar de la ciudadanía se funda en la autonomía individual, en una sociedad decente en que las instituciones no humillen a los individuos, unas condiciones culturales y sociales que fomenten la polivalencia de las personas, una cultura del reconocimiento mutuo, básica para el aprendizaje de vivir juntos gente diferente, y una cierta capacidad de controlar el tiempo de nuestras vidas, sometidas actualmente a una cronometría delirante que no nos permite dedicar las cosas el tiempo que realmente requieren, en especial, las cosas más importantes, crear, pensar, amar.

Veremos estos días en los periódicos páginas y páginas con las últimas ocurrencias de los políticos, destinadas siempre a marcar el rostro del adversario, aunque sea con salsa de tomate, o a tratar de despertar los resentimientos y los racismos ordinarios que la bestia humana lleva dentro, por más que nos vistamos de civilizados. Y, sin embargo, la autonomía individual está en precario con las actuales tasas de paro y con las excepcionales desigualdades en un mundo que nada tiene que ver con la sociedad de productores libres que Adam Smith pregonaba como emblema del liberalismo republicano. El primer objetivo de las políticas públicas debería ser precisamente contribuir a crear las condiciones para que la autonomía individual sea real. Y, sin embargo, lo que el ciudadano recibe son dos exigencias y un ideal: las exigencias se llaman competitividad y productividad. El ideal es el mito del momento: el emprendedor. Es lo que Edgar Morin llama la barbarie glacial del cálculo y del provecho, que pretende que el único fin del hombre sea la cuenta de resultados.

La diferencia entre ser un sujeto autónomo o no es precisamente la capacidad de controlar el tiempo propio

Cada vez que oigan un discurso político cuenten cuántas veces sale esta palabra. Es el gadget ideológico del momento. Emprendedor, ser empresario de sí mismo. Y los demás, ¿qué? La política en su claudicación ante el dinero reniega de su responsabilidad principal: el interés general. ¿Menos sanidad, menos educación, menos infraestructuras, esta es la contribución de la política a la autonomía de los individuos?

Pero la autonomía de los ciudadanos empieza por el respeto. En una sociedad decente, las instituciones no pueden humillar a las personas y, sin embargo, es una práctica usual del modo burocrático de hacer las cosas: siempre se necesita un papel más, siempre se trata al ciudadano como si fuera sospechoso. El espectáculo teatral de la seguridad y la demagogia populista que pide un endurecimiento del código penal cada semana forma parte de esta cultura. El reglamentarismo y el código penal como manera de expresarse de unos políticos que tienen la sinvergüenza de llamarse liberales. El último -y ridículo- episodio: la prohibición de andar por Barcelona ligero de ropa. Quien menos prometa prohibir debería merecer premio en las urnas.

Naturalmente, la furia reglamentista y penalizadora tiene su complemento en la explotación del sadismo ordinario. Edgar Morin habla de barbarie interior: incomprensión del otro, indiferencia, rechazo. El dedo señala al Partido Popular, que ha traído todos los demonios de la extrema derecha a escena, para intentar ganar votos montándose sobre tacones de odio y desprecio al paria. No voy a perder el tiempo diciendo que negar el reconocimiento al otro es negárselo a sí mismo. Al PP solo le interesa la infamia y esto debería tenerse muy presente cuando se acuda a las urnas.

En fin, la crisis cultural que vive la sociedad actual tiene mucho que ver con la aceleración del tiempo que el desarrollo tecnológico y las nuevas relaciones sociales han impuesto. Al emprendedor, este protagonista de todas las promesas, se le exige que renuncie a cualquier tiempo propio, que lo ponga todo al servicio incondicional del triunfo profesional y que se instale en la cadena del estrés en que a nada se le concede el tiempo que realmente merece. Este descalabro civilizatorio afecta también a los sectores sociales más dados a la palabra: las gentes de cultura, a las que tan a menudo se les niega el tiempo necesario para crear y pensar. Una sociedad que no domina el tiempo es una sociedad de autómatas. La diferencia entre ser un sujeto autónomo o no es precisamente la capacidad de controlar el tiempo propio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de mayo de 2011